“Siddhartha Gautama, el Buda, dibujó un círculo con una tiza roja y dijo: Cuando los hombres, aunque sea sin saberlo, se tengan que encontrar un día, le pase lo que pase a cada uno, por muchos caminos que tomen, ese día, inevitablemente se juntarán en el círculo rojo"
Esta enseñanza de Buda, recogida en los textos budistas tempranos, es también el inicio de la película “Le Cercle Rouge” (El Círculo Rojo), dirigida por el director galo Jean Pierre Melville, precursor de la Nouvelle Vague.
El largometraje, obra maestra del cine negro, relata la historia de un atracador recién salido de prisión, un gangster huido de la justicia y un policía alcohólico, corrupto y apartado del servicio que planean un atraco a una joyería de lujo. Los tres son perseguidos por un policía astuto que no suelta presa.
Alain Delon, Gian María Volonté, Yves Montand y Bourvil en el rol del comisario, son los cuatro actores principales que bordan sus papeles en esta trama que resulta ser una suerte de reflexión fatalista de la vida. Melville describe, con maestría, un pedazo vida en el que se entrelazan varias existencias aparentemente inconexas. Es la imposible (¿o será improbable?) conexión entre varios intérpretes de una loca existencia
El precursor de la Nouvelle Vague se retranquea en un concepto en el que el ser humano poco puede hacer en el empeño de hacer algo en su contrario.
Como canta mi querido Renaud en Malone, tema que le dedica a su hijo:
“La vida es un gran río
Tranquilo o lamentable.
Los seres humanos hacen
lo que pueden
El destino hace el resto”.
Carentes de creencias divinas, estas letras juntadas, como quien torpemente hilvana este “A Quemarropa”, desconocemos si un rayo celestial es el que decide dónde está el Sur, y por dónde viene el Levante. Sea como fuese, resulta llamativo que un curioso “Cercle Rouge” envuelva a quienes se encuentran buscando ese cierto Sur siempre envueltos en un Levante rebelde. ¿Para qué? Para qie continuemos caminando hacia un horizonte que se desplaza para empujarnos a seguir avanzando, como bien dice Fernando Birri.
Al margen de los Odines y Apolos de guardia, y sea cierta o no la reflexión de Buda, la realidad es que el círculo en sí parece tener visos de verosimilitud. Llámele afinidad, necesidad de encontrar a alguien que también reme a contracorriente o tan simplemente hallar la paz mental de sentirse acompañado en un trozo del camino.
En ninguna época pensar a sotavento se considera óptimo para las diferentes capas del poder, y por ello se actúa en consecuencia. El temor de quién manda no es la “masa”, esa se puede dirigir sin problema según interese.
Lo que de verdad supone un problema para las élites es la unión de unidades pensantes o librepensantes que se suelen unir en ese “Cercle Rouge” profetizado por Buda y utilizado por Melville.
Evidentemente, no es nada fácil mantenerse en los límites que delimita el trazo rojo, máxime cuando éste marca la diferencia entre el ser y el pensar con el estar u obedecer. Aquí cada cual debe saber en qué posición se encuentra y la capacidad que tiene de mirarse al espejo sin avergonzarse.
El problema es que este “Cercle Rouge” se está estrechando cada vez más. Debe ser algo cíclico que, cuando “alguien” o “alguienes” consideran que en ese círculo coinciden demasiadas unidades pensantes, se proceda a reducir el diámetro del mismo. Llegado ese punto, no queda espacio de librepensamiento ni en el interior por aniquilación, ni en el exterior por aborregamiento.
¿Cuál es entonces la solución?
Que en lugar de permitir que se restrinja el “Círculo Rojo”, trabajar algunos para que sea cada vez más grande ese lugar en que inevitablemente vamos a coincidir por la simple razón de que cada vez somos más.
Mi Mañica preferida siempre decía que ir a contracorriente representaba un problema para los que no seguían el camino trazado porque siempre te ibas tropezando, en el mejor de los casos, con la incomprensión y la mayoría de las ocasiones con el desprecio que solo son capaces de generar los esclavos que se creen libres.
Entonces, ¿dentro o fuera del “Cercle Rouge”?
No obstante, una vez más, la reflexión es suya.
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