La clave que explica la coherencia entre sus juiciosos análisis y su conducta familiar, profesional y social, constituye la mejor –la única- manera de explicar cómo su calidad humana cimentada en las convicciones éticas, en el rechazo de las imposiciones arbitrarias y en su capacidad ilimitada para, conversar, dialogar y debatir los asuntos importantes, buscar consensos y alcanzar acuerdos.
Sus líneas vitales dibujan el perfil de un profesor que, contra los vientos de las convenciones tradicionalistas y contra las mareas de las corrientes pseudoprogresistas, se propuso saltar todas las barreras artificiales que impedían consumar su crecimiento personal o que frenaban el cumplimiento de las tareas ineludibles exigidas por sus dotes intelectuales y reclamadas por su conciencia moral.
Sencillo y esperanzado, Sebastián es un perspicaz observador de la vida, un ameno conversador y un contador de deliciosas historias capaces de trasladarnos en el tiempo hacia adelante y hacia atrás. Sus relatos, salpicados de referencias apoyadas en datos concretos y en fechas exactas, brillan con exactitud de un cronista riguroso.
Amable y, a veces, impaciente, con sus observaciones cargadas de chispa y de razón, nos enseña a valorar y a vivir la vida, a hacer las cosas bien, a despojarnos de poses ridículas, de fórmulas estereotipadas, de posturas artificiales porque –como él afirma- “las máscaras no ocultan nuestra radical pequeñez”.
Sebastián constituye una de las pruebas más contundentes de la inagotable capacidad que poseen los seres humanos para seguir creciendo y produciendo frutos, para, acrecentando la conciencia del tiempo y del espacio en los que viven, hacer más habitable el entorno familiar y para construir una sociedad más solidaria.
Culto, atento, observador y de palabra fácil, es enemigo de las ambigüedades y de los circunloquios, y asume la vida como un horizonte abierto a experiencias siempre inéditas y como una rica cadena de oportunidades para seguir aprendiendo. Estoy convencido de que uno de sus motores más activos es el profundo amor al pueblo y a su pueblo. Quizás aquí radique el secreto de su notable habilidad para tratar con respeto a los hombres sencillos y para relacionarse con naturalidad con la gente ilustrada. La claridad de sus palabras, fieles trasuntos de la claridad de sus ideas, constituye la manifestación directa de su sólida formación humanista.






