“Claro, sí, debe de ser de verdad porque si no el perro no reconoce el olor y no lo marca”, explicaba el brigada Torres segundos después de que Apol, uno de los canes de los Equipos Cinológicos de la UME, indicara que justo en ese lugar había una persona atrapada sin posibilidad de salir por sus propios medios. A unos metros tres militares de los equipos de Rescate abrían un gran agujero de forma triangular después de, gracias al uso de la ‘SearchCam’ con la que captan imágenes y sonidos a través de pequeños orificios, localizasen el paradero exacto de una persona atrapada en el interior. “Gracias a esas cámaras se sabe dónde está la víctima para realizar el acceso en un lugar donde no le vayan a caer escombros ni vaya a resultar herido”, explicaba Torres. Y mientras se terminaba esa operación, las comunicaciones internas alertaban de un nuevo suceso.
Hasta nueve momentos así se vivieron a lo largo de la jornada. Prácticamente una carrera a contrarreloj que pretendía asemejarse lo más posible a una realidad que, todos coincidían, ojalá no se repita. Porque, por muchos simulacros que se hagan, una tragedia de grandes dimensiones como la planteada por el ANUBIS siempre sería mucho más dura. Los nervios, cuando Ceuta se rompe, existen. Pero si se está rompiendo (de mentira) al final todo concluye con una sonrisa.
¿2.500 personas?
Antes de que me saquen la calculadora, les doy la razón. Sí, ya sé que si sumamos a todos los escolares que ayer participaron en las siete u ocho evacuaciones de sus respectivos colegios, más sus maestros, más los bedeles, más ese largo etcétera con el que podría rellenar todo este espacio, posiblemente los números cuadren. Más de 2.500 personas implicadas en la realización de un gran ejercicio para ponernos a prueba y demostrar a los ceutíes que, si se da el caso (esperemos que no) de vivir en nuestras carnes un terremoto de 7,6º, contamos con los medios necesarios, la preparación y la coordinación óptima para lamentar el menor número de víctimas posible.
Esa era la hipótesis de partida, pero se les olvidó un pequeño detalle. Como desde hace tres días, cuando la consejera Bel nos convocó para transmitir tranquilidad a la ciudadanía y pedirles disculpas anticipadas por las molestias que ocasionaría el ANUBIS, los medios de comunicación habrían de ser ayer, más que nunca, nuestros amigos. Esos que se encargarían de proyectar la imagen extraordinaria y de tranquilidad que queríamos transmitir. Quienes buscarían los mejores encuadres. Quienes estarían en el lugar indicado en el momento justo. Pero, de otro lado, todo debía ser secreto y parecer real. Así que, por lo visto, como los periodistas no entendemos de discrección y nos íbamos a dedicar a poner en sobreaviso a los bomberos, a la UME, a la Guardia Civil, a los voluntarios de Cruz Roja (etc, etc, etc...) el listado de ‘sucesos’ se redujo a tres. “¿Cómo les vamos a dar el listado con toda la planificación y ya, que en función de sus intereses, prioricen o se distribuyan el trabajo como les parezca más oportuno?”, pensó quien tomó la decisión. No apunto a nadie.
Desconozco quién lo consideró eso así y, sinceramente, no me importa. Sólo digo que fue un error. Porque quizás a mí me interesaba más ver la reacción de un niño de cinco años al tener que salir precipitadamente de su aula a presenciar tres veces cómo los bomberos, la UME y Cruz Roja excarcelaban a un muchacho. Igual, sólo igual, con una me hubiera bastado. Y así lo mismo no me habría tocado presenciar más de una vez (fueron tres si mal no recuerdo) a los efectivos del 061 abandonando el suceso ‘de mentira’ para atender una emergencia ‘de verdad’. Y eso, cuando estás en lo alto del monte de La Tortuga, toca un poquito la moral, se lo aseguro. ¿Es que nadie lo pensó?
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