El otro día me comentaba un compañero si era contraproducente dar tanto protagonismo al espectáculo que se produce en los plenos. Ya saben, cuando quienes están para sacar adelante propuestas por el bien de Ceuta dan un ejemplo grotesco y se transforman en díscolos niños chicos entregados al pique del ‘y tú más’. Sí, es necesario, porque obviarlo supone ser cómplice de lo que tiene que pasar a la historia como un bochorno, de lo que tiene que ser la constatación del nivel al que se ha llegado y del que todos, quizá en parte, somos culpables.
Quienes están en el foro asambleario tienen la representación que el pueblo les ha dado. Ha podido haber algún que otro engañado en el voto, pero en general son representantes de un pensamiento que nos genera crispación o incluso asco, pero que está ahí.
Eso es lo que nos debería preocupar. Que cuando alguien considera que en Ceuta hay gente que sobra, cuando considera que no todos somos iguales o cuando duda de la valía de la persona o su españolidad por el dios al que reza, tenemos un serio problema que no se soluciona llevándonos las manos a la cabeza por las actitudes de cuatro chulos de discoteca con opción a dar el espectáculo, sino que requiere de un pararse en seco, reflexionar y analizar qué está pasando en esta tierra y si realmente queremos arreglarlo.
En la barra del bar, en la cafetería o en las redes sociales llenas de trolls no se ganan los cambios, ni las mejoras, ni se consigue una ciudad sana. Ahí solo se albergan enfrentamientos provocados que no hacen sino generar mayor distanciamiento. La vía inteligente pasa por eso, por saber pararse, por saber diferenciar a unos y otros para, después, obrar en consecuencia.
Si al vecino de toda la vida lo desprecian porque reza a otro dios o tiene otras costumbres mal vamos, sencillamente porque lo que hoy le pase a tu vecino mañana te puede pasar a ti porque formes parte de un grupo que no guste, por tu orientación sexual, por tu forma de pensamiento o por tu profesión. Entonces seguro que ya la tortilla da la vuelta y no hacen gracia los cuatro payasos cuya obsesión no va más allá de abordar siempre los mismos temas para debatir siempre sobre los mismos asuntos para obtener siempre las mismas respuestas y, de regalo, llevarnos el show a casa.
A mí los 4 payasos ni me interesan, pueden ladrar lo que quieran. Me importa más el que con su silencio transforma en normal lo que no es. Y sinceramente, lo que está pasando en Ceuta de un tiempo para acá no es ni normal, ni aceptable. Pero eso ya depende de nosotros, de usted.






