"En España, en tiempos de oscuridad, siempre hubo hombres buenos que, orientados por la razón, lucharon por traer a sus compatriotas las luces y el progreso. Y no faltaron quienes intentaban impedirlo". Esa breve reseña condensa la trama de la última novela de Arturo Pérez-Reverte, editada por Alfaguara y en los estantes de las librerías desde mañana.
Jubilado de forma anticipada del periodismo –con controvertido testamento profesional en Territorio comanche–, literato forjador de best-sellers, alumbrador de la saga de desventuras espadachinas de Alatriste, académico de la Lengua, twittero compulsivo, agitador de polémicas por obra y gracia de una lengua siempre desbordada... Todo eso, y más, esconde la figura del que quizás sea el escritor nacional más afamado –ojo, distíngase popularidad de brillantez, que diría aquél– del último cuarto de siglo. Y también, para qué negarlo, un recuperador de pasajes históricos de la España patria, desde las renegadas costas de Trafalgar hasta las malolientes tabernas de un Madrid decante o el mil veces maldito polvo de Flandes que desangró y cavó la tumba del sueño imperial de los Austria.
Ese cerebro privilegiado –igual intercala entre sus páginas a Quevedo que patina con bochorno sonrojante cuando ridiculiza a un ministro por emocionarse en público– acaba de embarcar en su última aventura, ubicada a finales del Siglo XVIII, a dos miembros de la Real Academia Española: un bibliotecario bautizado como Hermógenes Molina y el almirante Pedro Zárate. Juntos viajarán al París en el que se cocinaba la Revolución para hacerse, con nocturnidad y clandestinidad, con el templo del saber de antaño: la Enciclopedia que compendió el saber emanado de Diderot y D'Alembert, dos de las plumas que contribuyeron a doblegar a la por entonces rancia aristocracia del Antiguo Régimen con el simple y noble argumento de la razón frente a la fuerza de la monarquía de origen divino, la división de poderes frente a la hegemonía totalitaria. La semilla de la Ilustración.
Contra ellos, en un cóctel de intrigas y aventuras, Pérez-Reverte dibuja el perfil de varios villanos. Y a uno de ellos, Pascual Raposo, lo hace pasear por Ceuta. En concreto, por el presidio, donde reza en Hombres buenos que se curtió un sicario de 43 años que fue soldado en Caballería y también colaboró con las fuerzas del orden durante la expulsión de los jesuitas... Un hombre de "pelo rizado y espesas patillas negras en boca de hacha" que "lleva calzón de ante y no usa medias y zapatos de calle sino botas rústicas con polainas" al que, asegura, "no le queda mal" la edad...
A partir de ahí, los protagonistas desfilarán por cafés parisinos, por tertulias que fraguan levantamientos populares, por confabulaciones de cleros y noblezas recelosos del abandono del poder, o por un Madrid en el que Carlos III, que ya se había ganado el título de "el mejor alcalde, el Rey" apuraba corona porque, para su tranquilidad, prefirió morir un año antes de que los desharrapados tomasen la Bastilla.
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