Ceuta nunca ha estado tan sucia. No es una exageración ni una queja puntual: es una realidad que salta a la vista en cada rincón de la ciudad. Los contenedores de reciclaje rebosan durante días sin ser vaciados, los de residuos sólidos se vacían a medias, y las calles —desde las barriadas hasta el mismo centro— acumulan manchas y olores que delatan la ausencia de baldeo con agua y zotal. La imagen que proyectamos no solo es indigna, sino preocupante.
La falta de urbanidad de algunos vecinos, que depositan las bolsas de basura fuera de los contenedores, agrava aún más el problema. Pero no podemos cargar toda la culpa sobre la ciudadanía. La raíz del desastre está en la gestión del servicio de limpieza, que ha demostrado ser ineficaz, desorganizada y carente de previsión.
SERVILIMPCE, la empresa pública encargada de la limpieza viaria y la recogida domiciliaria, atraviesa una crisis operativa que se ha convertido en crónica. Los nuevos vehículos adquiridos por la Ciudad no están listos para incorporarse al servicio, justo cuando los camiones actuales sufren averías constantes y las bajas laborales entre los empleados se multiplican. ¿Resultado? Un servicio paralizado, una ciudad abandonada y una ciudadanía indignada.
Este caos coincide con el primer año en que la gestión del servicio ha pasado a manos de la Ciudad. ¿Dónde están los planes de contingencia? ¿Dónde está la voluntad política de actuar con firmeza y responsabilidad? Porque si algo queda claro es que la limpieza no puede depender de la improvisación ni de la esperanza de que “mañana será mejor”.
Los barrios están alzando la voz. Y si los responsables políticos no escuchan ahora, lo harán en las urnas. La limpieza urbana no es un lujo, es una necesidad básica. Y cuando se descuida, no solo se deteriora el paisaje: se erosiona la confianza en quienes deben velar por el bienestar común.
Ceuta merece estar limpia. Y los ceutíes merecen respeto.






