Escribo estas líneas desde el cariño y la preocupación por mi ciudad natal, Ceuta, una ciudad que conozco y siento profundamente y cuya historia está marcada, por encima de todo, por la convivencia, la hospitalidad y la solidaridad.
Ceuta ha sido siempre una ciudad de acogida. Una ciudad que ha sabido tender la mano cuando otros la necesitaban, que ha compartido sus valores de hermandad, fraternidad y solidaridad incluso en los momentos en los que sus propios ciudadanos atravesaban dificultades.
Nuestra ciudad se ha solidarizado con las causas, las crisis y las desgracias humanas, ya fueran consecuencia de guerras, catástrofes naturales o desplazamientos y situaciones de refugio. Y lo ha hecho sin preguntar de dónde venía quien necesitaba ayuda.
Y cuando hablamos de la solidaridad de Ceuta con Marruecos, no debería existir ninguna deuda que saldar ni ninguna duda que alimentar. Las hemerotecas están llenas de ejemplos. Basta recordar, entre otros, el terremoto de Alhucemas o, más recientemente, el terrible terremoto de la región de Al Haouz. En esos momentos, Ceuta estuvo ahí, como tantas otras veces, demostrando que la solidaridad no entiende de fronteras.
Precisamente por eso creo que hoy debemos hablar con serenidad, pero también con claridad.
Ceuta está llegando al límite de su capacidad de aguante y de la paciencia de sus ciudadanos.
Y negar esta realidad no ayuda a nadie. Tampoco ayuda convertir una preocupación legítima de los ceutíes en un enfrentamiento entre comunidades, pueblos o culturas. Ceuta ha demostrado durante décadas que la convivencia es posible y que sus ciudadanos saben vivir juntos desde el respeto.
Pero la convivencia necesita reglas, responsabilidad y, sobre todo, instituciones capaces de ofrecer respuestas.
La situación actual debe ser abordada cuanto antes entre España y Marruecos, con responsabilidad política y con una visión que vaya más allá de las urgencias del día a día. Es necesario sentar las bases de un acuerdo de devolución que sea claro, efectivo y, sobre todo, que ofrezca garantías y respete plenamente los derechos y la dignidad de las personas.
Pero quizá haya algo todavía más urgente que resolver.
Hay que recuperar la confianza de los ciudadanos.
La confianza en las instituciones está profundamente deteriorada a ambos lados de la frontera. Y cuando las instituciones pierden credibilidad, el espacio que dejan vacío lo ocupan quienes viven de la frustración, del miedo y de las falsas expectativas.
Ahí aparecen los vendedores de humo.
Personas que prometen a gente desesperada una Ceuta que no existe. Una Ceuta imaginaria que solucionará de un día para otro todos sus problemas, que abrirá puertas ilimitadas y que podrá ofrecer oportunidades que sencillamente no están al alcance de nadie.
Y esa mentira es especialmente cruel cuando se dirige a personas desamparadas que solo buscan una oportunidad para vivir mejor.
Pero tampoco podemos responder a esa desesperación con indiferencia.
Ceuta no necesita más discursos incendiarios. Necesita verdad.
Necesita que se diga qué se puede hacer y qué no se puede hacer. Necesita que España y Marruecos asuman conjuntamente sus responsabilidades. Necesita que las decisiones se tomen con planificación, con recursos y con garantías. Y necesita que los ceutíes vuelvan a sentir que las instituciones escuchan sus preocupaciones y están a la altura de la situación.
Defender Ceuta no significa levantar muros entre las personas.
Defender Ceuta significa defender su convivencia, su seguridad, su dignidad y también los valores de solidaridad que siempre la han caracterizado.
Porque una cosa no debería estar reñida con la otra.
Podemos seguir siendo una ciudad hospitalaria y solidaria y, al mismo tiempo, exigir que exista una política migratoria ordenada, responsable y sostenible.
Podemos tender la mano y, al mismo tiempo, pedir que se cumplan las normas.
Podemos respetar profundamente a nuestros vecinos marroquíes y, al mismo tiempo, exigir a sus instituciones y a las nuestras que cumplan con sus responsabilidades.
Y podemos defender la convivencia sin aceptar que la convivencia se utilice como excusa para ignorar los problemas reales que hoy preocupan a los ceutíes.
Ceuta ha dado mucho. Ceuta ha ayudado mucho. Ceuta ha demostrado muchas veces su humanidad.
Ahora necesita también sentirse protegida, escuchada y comprendida.
No es el momento de buscar culpables entre quienes más vulnerables son. Tampoco de alimentar enfrentamientos entre las dos orillas.
Es el momento de que quienes tienen capacidad para decidir estén a la altura.
España y Marruecos deben sentarse, hablar y alcanzar acuerdos que permitan afrontar esta situación con responsabilidad y con garantías. Porque mientras las instituciones dudan o aplazan las decisiones, crece la frustración en ambas orillas y se abre camino el discurso fácil de quienes prometen soluciones imposibles.
Ceuta no necesita que le prometan una ciudad que no existe. Necesita que se proteja y se fortalezca la ciudad que sí existe.
Una ciudad plural.
Una ciudad de convivencia.
Una ciudad solidaria.
Una ciudad intercultural y cosmopolita, situada en África, que durante generaciones ha demostrado que personas de distintas culturas y confesiones pueden compartir una misma tierra y una misma vida.
No dejemos que la desconfianza destruya aquello que durante tanto tiempo hemos sabido construir.
Porque Ceuta merece soluciones, no consignas.
Merece responsabilidad, no improvisación.
Merece verdad, no humo.
Y, sobre todo, merece recuperar la confianza de sus ciudadanos sin dejar de ser la ciudad hospitalaria, fraterna y solidaria que siempre ha sido.
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