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El cabo republicano de Ceuta que ideó un atentado contra la vida de Franco

José Rico: "Juré defender una España democrática; los traidores sois vosotros"

“Juré defender una España democrática y lo hago porque soy español; los traidores a la patria sois vosotros”. Son las últimas palabras que pronunció José Rico antes de firmar su sentencia final en 1936. Su vida fue el precio a pagar por tratar de acabar con la de Francisco Franco en Ceuta.

Destinado en la ciudad, el militar e idealista republicano, no quiso quedarse de brazos cruzados el 18 de julio de ese año. Él y Pedro Veintemillas se percataron de que en la madrugada de ese día se cocía el fin del régimen que conocían hasta ahora.

Patrullas falangistas se adueñaron de las calles. Detuvieron civiles y asaltaron las sedes de los partidos políticos. Marcaron las paredes para anunciar al pueblo que estaba en estado de guerra. Ya impuesta su voluntad y presencia, prohibieron las reuniones.

Las acciones fueron fruto de las directrices trasladadas por el teniente coronel Juan Yagüe, que ordenó al Batallón de Cazadores del Serrallo nº 8 de salir a las calles y controlar la población.

Parar el golpe

Ante la amenaza, Rico, su compañero de ronda y los veteranos Anselmo Carrasco y Pablo frutos se reunieron. Juntos, a la lumbre de una habitación pequeño, trazaron sobre la mesa un plan para evitar el avance del bando nacional.

“Durante varias horas estudiaron cómo frustrar el golpe de sus jefes, pero, por el momento, no vieron la forma de pararlos”, cuenta Agustina, sobrina del difunto protagonista de esta historia en una entrevista en 2008.

Sin embargo, finalmente les llegó un plan. Los republicanos se reunieron de nuevo en una segunda ocasión esa misma jornada veraniega. Fue el propio José Rico el que explicó cómo acabarían con el futuro dictador. Sería con un gesto sencillo y simple: un tiro directo hacia él al entrar al patio central del acuartelamiento para revisar las tropas.

Disparos

“Era la única solución que veía para desbaratar el golpe”, relata la mujer en el texto publicado por Salvador López Arnal. Sin embargo, no bastaba con un solo hombre para detener el arraigo del bando nacional en Ceuta. Era necesario que el resto de implicados en los encuentros apuntaran con los cañones de sus armas a los militares para impedir su rección.

Una vez ejecutados los presentes, otro grupo de soldados fieles a la República tendrían que ir a la ciudad para informar del atentado contra los sublevados y buscar el apoyo de los vecinos.

La idea quedó frustrada y ni si quiera llegó al intento. Horas antes de la acción fueron delatados y ejecutados. No fueron los únicos que pagaron el precio ante el desembarco de los falangistas. Le siguieron muchos otros. “La represión fue dura en la ciudad. Se cobró 268 víctimas entre 1936 y 1944”, comenta.

Confesiones

Al menos, sí que pudieron llevar a cabo el inicio. Rico pidió entrar de guardia en la puerta principal del cuartel. Lo hizo para estar al tanto de su llegada. Logró acceder a esa posición.

“Compartió vigilancia con el cabo Rodríguez, quien confesó después en el consejo de guerra que mi tío le había preguntado qué le parecía ‘el movimiento’, la revuelta. Le contestó que ‘llevaba dos días de servicio y que no se había informado’”, especifica Agustina.

“Fue entonces cuando le comentó que el movimiento militar iba contra el Gobierno y que eran hombres dignos deberían ponerse a favor de la República y en contra tanto de sus oficiales como de los jefes”, añade.

Le informó sobre la implicación de seis centinelas “y que cuando se iniciaran los disparos tenía que responder a las órdenes de Anselmo Carrasco y Pedro Veintemillas”. Los responsables del plan lo componían cabos y soldados fundamentalmente. No había apenas entre sus filas oficiales de mayor rango.

Detenciones

“Sabían que Franco aterrizaría en Tetuán en la mañana de 19 de julio y que pocas horas más tarde estaría allí”, detalla. A pesar de tener todo sujeto y de estar ojo avizor para empezar el ataque, alguien los delató antes de tiempo.

“Fueron detenidos todos los organizadores del complot. Los arrestos se ejecutaron con rapidez”, indican. Acusaron a cuarenta personas. A poco de entrar Franco a Ceuta, el golpe fue frustrado.

La Guardia Civil se encargó de los arrestados, que fueron custodiados por la Legión hasta unos viejos barracones en los que les tomaron declaración. Allí permanecieron hasta las tres de la madrugada del 20 de julio. Más tarde, subieron a un camión donde los colocaron de rodillas hasta llevarlos a la fortaleza del Hacho.

La sobrina de Rico recuerda el testimonio de uno de los supervivientes, un miembro de la CNT ceutí, Téllez. “Entré en un pequeño despacho sin ventanas y uno me tomó la filiación y empezó a interrogarme. Aún no había terminado la primera pregunta cuando sobre mi espalda sentí un golpe de vergajo. Para que me recuperara me echaban agua de un botijo, pero yo lo negaba todo”, replicó años después el implicado en los hechos.

Consejo de guerra

Los autos del procesamiento arrancaron el 26 de julio. El juez instructor dictaminó que “según se desprende de lo actuado entre algunos cabos y soldados del Batallón Cazadores número ocho, existía complicidad para la organización de un movimiento sedicioso con el fin de atentar contra la vida del excelentísimo señor jefe de las Fuerzas Militares, Francisco Franco Bahamonte”.

No todos consiguieron estar ante el tribunal. La madrugada del 21 de enero de 1937, cuando aún no se había celebrado el consejo de guerra, una patrulla de falangistas interrumpió el descanso en las celdas del Hacho y se apoderaron de los cabos Veintemillas y Marcos. Fueron hallados sin vida en el depósito de cadáveres del cementerio con un tiro en la cabeza.

Dos meses más tardes los prisioneros fueron desplazados al Cuartel de Sanidad para dar comienzo al consejo. “Téllez recuerda que, cuando se les leyó la sentencia, el juez se levantó de su asiento para decirles ‘no sois españoles, sois todos unos cobardes traidores a la patria’. Ahí fue cuando José Rico pronunció ‘juré defender una España democrática y la defiendo porque soy español; los traidores a la patria sois vosotros’. Es impresionante y admirable el coraje de aquel soldado de solo 21 años”.

Después de diez meses de interrogatorios y trabajos forzados, el 17 de abril de 1937 dictó la pena de muerte para 37 militares y dos civiles por organización del complot contra el generalísimo. Solo once fueron absueltos. Trece fueron aprisionados y ocho condenados a cadena perpetua. José Rico fue uno de los que acabaron su página en esta historia con un disparo.

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