Algo había en la imponente figura del letrado Juan Luis Muñoz Cervantes, tristemente fallecido en su querida ciudad de Ceuta, por cuyo buen nombre tanto contribuyó a lo largo de una brillante, dilatada y reconocida trayectoria profesional, así como en el conjunto de su vida, allá donde estuviera, que hacía recordar a esos insignes personajes amplios e infinitos de la literatura clásica francesa, a uno de los grandes hombres de Flaubert, Balzac o Stendhal, existencias ricas pero que lejos de contradecirse y mostrarse complejas, constituyen sin embargo realidades limpias y llanas: la sencillez de la humildad, el brillo de la ilustración, el calor de la bondad.
Educado, reflexivo, sagaz, socarrón, de trato paternal, ya te lo encontraras un domingo paseando en La Marina junto a su mujer, por la que sentía auténtica devoción, acompañados de su perrito y ataviados ambos en riguroso chándal, como marca la tradición caballa para el séptimo día de la semana; tomando café en El Quijote, frente a su despacho; o entrando por el pasillo de los Juzgados del Ceuta Center, gabardina y maletín en mano, justo en la antesala de la celebración de una vista, su garganta grave, que acompasaba con su mirada clara y bonachona, siempre guardaba palabras que emanaban directamente del corazón, su órgano más orondo y visible: aliento para el encausado (y llegado el caso, Concepción Arenal en vena: odia el delito, compadece al delincuente), esmeros para con sus colegas, cercanía con los bedeles, guardas o miembros de las Fuerzas de Seguridad del Estado o con el personal de limpieza de la sede judicial y complicidad con nuestro querido y entrañable Reduan Ben Zakour, a quien cariñosamente llamaba 'Felipe', cuando se dejaba caer por allí con su mítica mochila a cuestas, y también con aquel periodista flaco que entonces tenía el privilegio y el honor de acudir cada mañana a los Juzgados en representación del decano de la prensa ceutí -"¿Qué lees hoy? ¿A Camus?", y una palmada en la espalda, y que haya buen día- y que tan grato recuerdo conserva aún hoy, cuando teclea estas líneas in memoriam, años después, de aquella experiencia que fue más de vida que de oficio.
Abogado humanista, preocupado en el por qué de los sucesos y el cómo de las consecuencias, y hombre familiar, su mayor orgullo lo constituían su mujer y sus hijos, David, Juan Luis y Ana, a los que dio profundo amor e inculcó valores elevados, guió en el estudio docente, animó a acercarse y dominar lenguas extranjeras como puente para el desarrollo profesional y vital y a conocer culturas diversas, verdadero crisol de culturas, desde el respeto y con los brazos abiertos como señal primera e imprescindible de aprendizaje, riqueza y convivencia, un legado notable para una familia buena y prolífica de la ciudad que hoy llora pero que seguirá felizmente unida durante esta travesía de la vida y la muerte que constituye la propia existencia. Como ocurre con la eternidad de los clásicos universales de la literatura francesa, o sea: bon boyage!







Que reflexión más hermosa y bonita has hecho de José Luis, el desde el cielo te lo agradece. Sont les mots qui vont tres bien ensemble , tres bien ensemble. D E P