Pobre Ceuta: tan lejos de Dinamarca y tan cerca de Marruecos!”. Al oírme, mi hermana Carmen, orgullosa caballa, puntualiza que de Marruecos está más cerca hoy Pedro Sánchez que los ceutíes, que se asemejan, en su civismo y paciencia, a una democracia escandinava y no a la cleptocracia marroquí, el Majzén, una implacable elite extractiva.
Mis hermanos Carmen y Vicente nacieron en la plaza de África y fueron bautizados en la catedral de la Asunción. Ahora envían mensajes de apoyo a sus paisanos ceutíes. Carmen ha publicado una opinión en El Faro de Ceuta, que dirigió nuestro padre, quien, para explicar la política de Rabat, nos citaba a un funcionario marroquí, tan agresivo con él como amable con otros más influyentes: “Besa la mano –le dijo– que no puedas morder”.
Y Rabat besa hoy la mano de Trump, tras bautizar con su nombre una gran autopista, para morder sin miedo la de Pedro Sánchez. El texto de Carmen recuerda que los ceutíes no quieren ser marroquíes; que los 80.000 marroquíes que se lanzaron al agua jugándose la vida y los que la perdieron, tampoco. Fueron utilizados por la elite extractiva que los exprime para seguir exprimiéndolos.Ceuta era y es un puerto franco y cosmopolita donde conviven ceutíes de origen cristiano, judío, hindú, asiático y musulmán. No quieren verse reducidos a ser un pueblo pobre más del norte marroquí.
Rabat besa hoy la mano de Trump, tras bautizar con su nombre una gran autopista, para morder sin miedo la de Pedro Sánchez.
Y pide, en fin, que esa voluntad soberana inequívoca y mayoritaria de los ceutíes y su europeísmo prevalezca, gracias a la democracia de la que nos hemos dotado, sobre cualquier consideración táctica.
Marruecos ha progresado y los ceutíes lo celebran, pero lamentan que esa prosperidad no sea compartida sino acaparada por el Majzén. No existe allí una clase media ni esperanza de serlo algún día para la mayoría de nuestros vecinos. Cualquiera que los visite, sobre todo en el norte, comprobará su penuria.
Por eso, los ceutíes saben que seguirán soportando la presión migratoria mientras Rabat no proporcione a sus jóvenes un futuro mejor que el de un chapuzón mortal. Nuestros gobiernos no deberían ni morder ni lamer, sino ser tan firmes en defender nuestra soberanía como en favorecer la de los marroquíes que quieren escapar de la miseria sin huir nadando de ella.
Y ahora el interés de un partido es resistir, aguantar, dejar que pase la oleada. Y el de sus oponentes, subirse a ella para liquidarlo. Pero el interés compartido, más allá del último susto para un gobierno zombi, es ganar el desafío de prosperar juntos para varias generaciones de marroquíes y de las nuestras. Y mejor si todos pueden elegir quedarse en su país.
Publicado en “La Vanguardia” el 4 de septiembre de 2026
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