Hay personajes que, al menos en mi percepción, parecen vivir en un universo propio, regido por leyes lógicas alternativas, donde la inferencia no es un método racional sino un estado de ánimo, y la deducción, más que un proceso, una voluntad. A ese territorio mental, llamémosle, por cortesía, Balas y su mundo, solo se accede aceptando que la realidad no siempre se observa. A veces se intuye. Y cuando no encaja, se “interpreta holísticamente”, expresión que, en mi opinión, funciona como una forma elegante de decir que uno decide que los hechos deben ajustarse al relato, y no al revés.
Balas, figura recurrente en varios procedimientos mediáticos, ha convertido este modo de razonar en un estilo propio. No afirmo que manipule hechos ni que invente datos; simplemente describo, desde mi punto de vista, una forma de redactar informes que se acerca más a la narración que al análisis. No es que deduzca, sugiere. No es que pruebe, insinúa. Y todo ello dentro de un marco que, en mi valoración, prioriza la intuición sobre la evidencia.
Su técnica, tal como la percibo, es conocida: se parte de una hipótesis, se la eleva a certeza emocional y luego se buscan, o se fuerzan, los indicios que permitan sostenerla. Si no aparecen, se recurre a la “inferencia”. Y si la inferencia no basta, se invoca la “visión holística”. Y si tampoco, se desliza que “alguien del entorno” pudo ser. No digo que esto sea incorrecto jurídicamente; digo que, a mi juicio, es un método que confunde sospecha con conclusión.
En el juicio al Fiscal General del Estado, Balas firmó uno de esos informes que ya son marca de la casa. Su razonamiento partía de una premisa que trataba como certeza: si la información salió, alguien la filtró; si alguien la filtró, debía ser quien la conocía; si la conocía el fiscal, pues… blanco y en botella. No afirmo que mintiera ni que actuara de mala fe; solo señalo que, en mi opinión, es un razonamiento circular que cualquier estudiante de primero de Derecho reconocería como tal.
En el caso del hermano del presidente del Gobierno, Balas volvió a desplegar su repertorio. Para contradecir al fiscal del caso y a los testigos, recurrió a una “visión holística” del asunto. Un término que, en ciencia, tiene su dignidad, pero que en su informe parece funcionar como comodín. Una forma de decir que, aunque los hechos no digan lo que él quiere que digan, el conjunto, ese conjunto que solo él ve, apunta en la dirección adecuada.
La holística de Balas, tal como la percibo, no se apoya en datos sino en impresiones. No se construye desde la evidencia sino desde la sospecha. Es una holística de autor, como los vinos de maceración carbónica, pero sin fruta y sin frescura.
Lo más llamativo, en mi opinión, es su concepto de “inferencia”. En ciencia, inferir es extraer una conclusión razonable a partir de datos suficientes. En el mundo de Balas, inferir parece significar rellenar los huecos con lo que uno cree que debería haber pasado. No digo que sea ilícito; digo que es un método creativo, pero difícil de digerir para quienes aún creemos que el rigor no es un capricho, sino una obligación.
La inferencia balasiana funciona así, según mi lectura. Se parte de una sospecha, se la eleva a hipótesis, se la trata como hecho y luego se concluye que el hecho confirma la sospecha. Un círculo perfecto. Un círculo literario. Un círculo vicioso.
Balas no es un escritor frustrado ni un detective de novela negra. Es un mando de la UCO cuyos informes tienen consecuencias reales sobre personas reales. Y ahí, en mi opinión, está el problema. Cuando la literatura se cuela en la instrucción penal, la justicia deja de ser un proceso y se convierte en un relato.
Un relato donde las inferencias sustituyen a las pruebas, las deducciones sustituyen a los hechos y las sospechas sustituyen a la verdad. Y donde la “visión holística” sirve para justificar cualquier salto mortal.
Quizá algún día alguien escriba una novela sobre este personaje y su peculiar forma de entender la investigación. Tendría todos los ingredientes: misterio, intriga, giros inesperados y un protagonista convencido de que su intuición vale más que cualquier dato.
Pero mientras tanto, quienes creemos en el Estado de Derecho tenemos la obligación de recordar, y esto es una opinión, no una acusación, que la justicia no es literatura. Y que los informes policiales no son cuentos. Son herramientas que deben basarse en hechos, no en ficciones.
Porque si no, acabaremos viviendo todos en Balas y su mundo, un lugar donde la realidad es opcional y la inferencia, ilimitada.






