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B de Banzai, B de Bansky

Empezaba la década de los ochenta del siglo pasado y España intentaba sacudirse, definitivamente y a duras penas, los demasiados años de una dictadura que aún tenía mucha vigencia. En 1981, con el telón de fondo de un golpe de estado nunca aclarado en su totalidad, el artista granadino Miguel Ríos lanzaba al mercado el álbum “Extraños en el escaparate”. En él se incluía, entre otros temas, la canción que daba título al trabajo y otro temazo que representaba, en sí, todo un grito de guerra: BANZAI.

La letra de Banzai, muy “a lo Miguel Ríos”, fue toda una declaración de intenciones en unos tiempos en los que criminales descerebrados (de estos, nunca faltan), decían matar en nombre de una supuesta libertad. El asesinato es asesinato y punto. Como afirmaba el pensador anarquista Malatesta, si, para que prevalezca una idea, hace falta matar, esa idea ya no es válida en ninguno de sus aspectos. Suscribo.

En ese contexto post intentona golpista, y en mitad de las mareas de sangre de la banda terrorista ETA, Miguel Ríos propone, en Banzai, una lucha frontal no violenta contra cualquier sistema opresor:

 

“En el mercado de robots, acero y hormigón.

La máquina que piensa escupe confusión.

Cerebros programados hacen el amor.

Pero alguien en la calle siempre dirá no, no, no.

Se transformará en un kamikaze,

En un kamikaze.

  

Se rebelará como un kamikaze,

Como un kamikaze.

¡banzai!, ¡banzai!

Con su propia fuerza lo hará.

 

¡banzai!, ¡banzai!, ¡banzai!,

Cambia las tinieblas

Por imaginación.

 

El granadino universal, magistral y siempre avanzado a su tiempo, no podía imaginar entonces que, años más tarde, un artista inglés iba a tomarse la canción Banzai como un muro de contención contra la injusticia. Y nunca mejor dicho.

Banksy, que nace muy pocos años antes del lanzamiento de la canción de Ríos, es un artista cuya vida está rodeada de un cierto halo de misterio. Se cree que nació en Bristol y, aunque no se conoce su identidad ni su lugar de residencia, sus obras se cotizan en millones de euros. Banksy, que no acepta intermediarios y lo gestiona todo mediante una entidad de su propiedad, empieza a finales de los 80 a pintar en las calles de Bristol, un movimiento que se denomina el “boom de los aerosoles”.

Pero Banksy decide ir más allá, siempre un poco más lejos en sus exposiciones callejeras como sólo lo saber hacer un librepensador. Así, transforma sus creaciones en una “revolución de las paredes” a base de unidades de color (CIELAB, para los entendidos). El genio, que tiene una especial predilección por denuncias satíricas (o no tan satíricas), se centra en combatir el racismo, la autoridad, la moralidad mal entendida y, sobre todo, la violencia y la guerra.

En este sentido, su famosísimo graffiti en un muro de Gaza ya es parte de la historia del arte. Representa a un joven manifestante, con un pañuelo tapándole la cara, lanzando un ramo de flores a modo de cóctel molotov y es, sin duda alguna, todo un símbolo de lo que propone Banksy y, mire usted por donde, idéntico a lo que proponía Miguel Ríos en Banzai: “contra las tinieblas, imaginación”.

Banksy entiende muy pronto que esa imaginación cargada de sátira, o de dolor, es la mejor arma contra la opresión. Sus murales lloran dando vida a refugiados y a quienes, por una razón o por otra, forman/formamos parte de los excluidos.

¿Y si Miguel Ríos, Banksy y Malatesta tuviesen definitivamente razón y a la violencia sólo se la puede combatir con la imaginación?

¿Y si una simple pintada pudiese oxidar los grilletes?

¿Y si un solo verso fuese capaz de derribar murallas?

¿Y si una película resultase suficiente para concienciar de un genocidio?

¿Y si pensar que otro mundo es posible representase el inicio de nuevos tiempos?

Como diría mi mañica preferida, no se puede apagar el fuego con fuego, pero sí se pueden sepultar las armas con libros. Axioma.

Llegados a este punto, toca decidir si preferimos la obra de Banksy a las acciones terroristas (incluidas las de Estado).

Este A QUEMARROPA ya se posicionó hace tiempo. Ahora, después de mirarse atentamente en el espejo, le va a tocar a usted elegir sendero. ¡BANZAI!

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