Comienza la Selectividad. La prueba para acceder a la Universidad se instauró en España en el curso 1974-1975. El primer examen oficial a nivel nacional se celebró en junio de 1975, la friolera de 51 años.
La Selectividad ha ido evolucionando o involucionando según la perspectiva con la que se mire. Cambios en los temarios, en la estructura, en la optatividad de los ejercicios, en las materias y en la opcionalidad.
Hablar de justicia equitativa en la Selectividad son palabras mayores pues cada comunidad diseña sus pruebas en base a los currículos de las comunidades y en nuestro país unificar criterios es como buscar la cuadratura del círculo. La nota conseguida valdrá para optar a cualquier universidad y de ahí viene el agravio comparativo.
La vida evoluciona y ahora nos enfrentamos al monstruo en el que se puede volver la tecnología si hacemos mal uso de ella o si la utilizamos en beneficio propio saltándonos los derechos de los demás.
Las chuletas siempre existieron desde que hay alumnos en la faz de la tierra, pero la evolución de éstas ha sufrido un giro copernicano que va superándose día a día.
El término “chuleta” para referirse a los apuntes de copiar, tiene una historia. Originalmente, una “chuleta” era un trozo de madera o material que se utilizaba como añadido o parche para disimular un defecto, rellenar un hueco y hacer que la obra quedara perfecta. Los estudiantes adoptaron la palabra porque el papelito con información oculta sirve metafóricamente para lo mismo: parchear una falta de conocimiento y “rellenar” la memoria para recordar cualquier olvido. Era una especie de “apuntador” en el teatro.
Escribir en la mesa, en las manos, brazos o piernas, sacar un papelillo con las fórmulas, un texto o las desinencias de una declinación. Luego se dio el cambiazo hasta que los profesores sellaron los folios.
Chuletas pergamino, embutidas en un bolígrafo, marcadas en goma de borrar e incluso chuletones gigantes en plan sándwich (meter el chuletón en un bocata de folios).
En ocasiones apuntábamos datos en la pizarra con la esperanza de que el profe no se diera cuenta e incluso en el reverso de una estampita de la virgen; ahí pillé a una alumna con un resumen de Zarathustra de Nietzsche.
El diablo nos trajo los móviles, relojes inteligentes y gafas que lo saben todo; las chuletas de antaño pasaron a la historia del copieteo.
En estos tiempos los profesores ya no luchamos en contra de las chuletas sino que vamos a la caza de la pieza entera: exámenes perfectos, textos que parecen ser redactados por Platón, ejercicios de inglés que ni el mismísimo William Shakespeare hubiera sido capaz de realizarlo, comentarios del Quijote que ya quisiera Cervantes, traducciones de textos griegos, problemas de química, matemáticas o economía propios de premios Nobel o de los “Siete sabios de Grecia”.
Si no los viste copiar no hay un “ tararí que te vi” los tienes que aprobar aunque no sepan hacer la ‘o’ con un canuto, confundan la gimnasia con el magnesio e ignoren si la guerra fue en las Galias o en las galaxias.
No todas, pero ya hay algunas universidades que se pertrechan con detectores de frecuencias.
Varias comunidades autónomas utilizarán equipos para rastrear el espectro electromagnético en las aulas, su objetivo es localizar señales de teléfonos móviles ocultos o el uso de Inteligencia Artificial.
Los localizadores de nanopinganillos identificarán auriculares invisibles que introducen en el oído, así como relojes inteligentes o cámaras ocultas. También es típica la Inspección visual exhaustiva: Los tribunales revisan los accesorios de los estudiantes, como auriculares o gafas. Etc...
Así y todo nos la darán con queso.
Los correctores deberemos ser funcionarios de prisiones o policías de aduanas para que “la droga del copieteo” sea detectada.
El cañonazo da algunas ideas:
Perros detectores, cacheo al alumno en pelotas, radiografías varias o el sonido de una alarma cuando entren utensilios no compatibles con la prueba. Entran en el aula y allí se les da examen y bolígrafos.
Ahora hablan de personas que se entrenan para la telepatía y es que cada vez la vida se complica.
Hace unos días un alumno tuvo que visitar al otorrino pues no podía extraer un pinganillo del oído. La doctora, con una gracia y una ironía que ni el mismo Sócrates le dijo: “ Si Yo hubiera hecho lo mismo, quién te hubiera sacado el pinganillo”.
En el último ejercicio de Ortega y Gasset escuché una voz metalizada y subida de volumen que me hizo brincar (no sé si fue el terremoto o el sonido). “Yo soy Yo y mi circunstancia”. Si Ortega levantara la cabeza ..






