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Aurora, una “mujer de la vida...”

Nadie podía decir nada en su contra, aunque tampoco a su favor. Las vecinas trataban de poner distancia con ella en la vida cotidiana, y Aurora lo advertía con tristeza, esforzándose aún más en disimular el oficio que en ocasiones no controlaba

Por Maribel Lázaro
27/01/2019 - 09:04

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Solo tenías que doblar la esquina para verla en el fondo del patio: una mujer alta, grande, entrada en carnes, con coloretes rosáceos y labios rojos desde el amanecer, el pelo corto y rizado, con poco volumen, pintado de rubio con tinte barato y administrado por ella misma a retazos, interrumpida por sus idas y venidas, sus hijos, y las labores de la casa, compartidas siempre con aquella otra que le aportaba el sustento diario para la supervivencia familiar. Se llamaba Aurora, y era una mujer “de la vida” - se solía decir -, que se las administraba a solas sin más compañía que aquellos hijos larguiruchos y secos, aún adolescentes, que nunca dejaron asomar el carácter del mote de “caníbales”, que el vecindario les asignó por su consideración de niños “malos”, aunque nunca mostraron esta cualidad en aquel recinto del patio. Ella era una buena mujer, atenta con unos y con otros, comedida en sus palabras y modales, dispuesta a ayudar y arrimar el hombro con los vecinos. Junto a su perro, y al botijo de agua, que rellenaba de vino, solía sentarse Aurora en el escalón de su casa, desde el que departía buenas palabras con unos y con otros. Nadie entró nunca en aquella casa, excepto los clientes que, al anochecer, la buscaban discretamente, pegando en la puerta mansamente con los nudillos. A esa hora, con los hijos dormidos, y ávida de sacarse el sustento cotidiano, Aurora abría la puerta, tal vez sonriente y jubilosa, o quizás seria y triste, sumida en la aceptación de este trabajo suyo que la excluía de los demás y la dejaba apartada de la vida cotidiana del barrio. Una incógnita imposible de desvelar: pertenecía a la intimidad y a las componendas entretejidas entre ella y su clientela, sin más testigo que su perrito, cómplice en aquella oscuridad deshonesta en la que se dejaba cabecear sin emitir un solo ladrido. Sus clientes eran variopintos, normalmente anónimos, que cruzaban muy serios el patio hasta llegar a su domicilio. Otros eran más habituales, como Abselam, el vendedor de huevos, que cambiaba su mercancía por el placer de Aurora. También “Regalito”, apodo de un cliente muy especial que acudía con frecuencia al domicilio. A veces estos clientes se equivocaban de puerta, y llamaban a la de algún que otro vecino, irritando enormemente a la familia en cuestión y abriendo de nuevo la fractura latente del escándalo de albergar en el entorno a una mujer de mala vida. Era entonces cuando pasaban días discutiendo unos vecinos con otros, argumentando la necesidad de denunciar a Aurora, de desvelar que su discreción y naturalidad eran solo pura apariencia que no tenía más objetivo que pasar desapercibida en el desempeño de su profesión. Las mujeres, en particular, andaban alarmadas durante días, pero sus protestas se iban apagando poco a poco hasta disolverse en la simpatía soterrada hacia Aurora que, desde su mundo clandestino, se mostraba de nuevo sentada en el escalón de su casa, aturdida por el alcohol, sonriente y correcta con todo el que pasaba, preguntando a unos y a otros por la salud, o deseándoles una buena mañana. Simpatizaba muy especialmente con la chiquillería que jugaba o corría de un lado para otro, sin que jamás protestara o se quejara de sus alborotos. Nadie podía decir nada en su contra, aunque tampoco a su favor. Las vecinas trataban de poner distancia con ella en la vida cotidiana, y Aurora lo advertía con tristeza, esforzándose aún más en disimular el oficio que en ocasiones no controlaba. Con cierta frecuencia, los clientes asomaban de mañana, a la luz del día y de improviso, cuando menos se esperaba; entonces el escenario de su teatro cotidiano se adaptaba a las circunstancias. Los hijos, que cazcaleaban aún por la casa, servían de atrezo en el escenario de la improvisada sesión matinal; mientras Aurora cumplía con el acto profesional, los muchachos, cómplices de la actuación materna, se las ingeniaban para mitigar los ecos que llegaban del dormitorio matrimonial a fin de que las voces no alcanzaran los oídos vecinos. Y en la sordidez del oficio, Aurora se adaptaba a lo que cayese, cobrando por su trabajo en dinero o en especies, porque había que comer y mantener a los suyos. La vida siempre pendiente del hilo de las circunstancias, del alcohol, de los hijos, de los clientes, del barrio, del chucho, pegado siempre a su falda. De un día para otro, la vida de Aurora cambió: aquel perrito de salud y complicidad admirables se tornó flacucho y lleno de heridas; era la sarna, sin duda, a decir de los vecinos. Sonaron todas las alarmas, y temiendo por la salud general, se decidió acabar de una vez con aquel canino sarnoso, que pasó a mejor vida en manos de la perrera municipal. Una herida en las entrañas de Aurora, que lloró la muerte del chucho durante largo tiempo, defraudada, además, con aquellos vecinos a los que había prodigado todas las simpatías de las que ella era capaz. Fue entonces cuando se sumergió en un mutismo feroz; apenas salía al patio, ni se apostaba en el escalón de su casa. Se dio un respiro, tratando de sanar la herida dentro de las cuatros paredes de su casa. Sus hijos tampoco asomaban. Un tiempo en el que los vecinos recogieron firmas para denunciar a Aurora, una queja colectiva, redactada por el policía del barrio. Pero nunca la cursaron. La mezcla de sentimientos encontrados hacían de Aurora una buena mujer de “mala vida”, difícil de juzgarla y expulsarla del vecindario en la ilegalidad de la prostitución en aquellos años sesenta.

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