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ARGELÈS

Pueblo de la Cataluña francesa, Argelès-sur-Mer está a pocos kilómetros de la frontera española y su término municipal se ve bañado por un mar Mediterráneo nada amable en los inicios de 1939.

Mi Yayo, y otros centenares de miles republicanos españoles, salen de una España que ya no se parece en nada a la que habían creado durante tres años. Llegan buscando refugio y asilo en el país de las Luces de la Revolución, de Rousseau, de Voltaire, de Louise Michel y de los Derechos Humanos.

En Argelès hace frío en invierno. Mucho frío. Tras varios días con la frontera cerrada, se da la orden y por fin los gendarmes de la República conducen a la larga columna de vencidos hacia un campamento de refugiados. La denominación de “campamento” le viene largo; allí no hay aseos, ni duchas, ni agua potable, ni comida, ni lugar donde poder dormir que no sea con la arena por colchón y el firmamento como manta estrellada.

La infraalimentación y el hecho de tener que beber agua de mar provoca que se disparen las muertes por desnutrición, disentería, gangrena, neumonía y un largo etcétera de enfermedades, a cuál más mortífera, a cuál más evitable.

Al respecto, la lectura del libro “Pasión y Muerte de los españoles en Francia”, de Federica Montseny, es más que recomendable.

El caso es que, para ponerle al asunto el broche adecuado, el “solidario y amable” presidente de la República Albert Lebrun, y su no menos “amable y humanitario” (nótense las comillas) primer ministro, Édouard Daladier (sí, el mismo que firmó los vergonzosos acuerdos de Munich), despliegan las tropas coloniales alrededor de los alambres de espina para vigilar a la masa de refugiados. A los soldados senegaleses se les da una consigna clara: disparar sobre cualquiera que pretenda escaparse o haga el amago de hacerlo.

Es una carnicería.

A las muertes por enfermedades hay que sumar centenares de cadáveres de españoles caídos bajo las balas francesas. La cosa tiene bemoles cuando sabemos que, semanas más tarde, esos mismos republicanos españoles que logran escaparse, la mayoría anarquistas, ingresan en las filas de los resistentes contra los nazis. Tras 3 años de guerra les esperan otros 4 años de lucha contra Hitler.

En Argelès, el número de asesinados es tan importante que las autoridades galas se ven obligadas a toman cartas en el asunto y los senegaleses son reconducidos en su actitud.

El recuerdo de esos campos de concentración aún pueblan la geografía francesa, y nombres como Argelés-sur-Mer, Bourg-Madame, Auch (donde nació mi Mañica Preferida), entre otros muchos, forman parte del recorrido de la vergüenza del hexágono y siempre acompañarán al nombre de Francia en su sistema concentracionario. Pero ahí no se queda la cosa.

A la llegada de las tropas nazis, la “noble” République Française entrega a los republicanos españoles al ejército alemán y son transferidos a campos de concentración alemanes. El de Mathausen-Gusen, con sus canteras de granito, es el que más presos españoles recibe…y, obviamente, en el que más mueren asesinados bajo los golpes de los kapos y de la SS. Al no ser reconocidos por Franco, esos compatriotas son considerados presos políticos apátridas, siendo su trato aún peor que el de los demás…que ya es decir.

Y en esas estamos, camino de Mathausen.

Dinamarca se despide de la Presidencia de turno de la UE a lo grande. A lo muy grande. Ha hecho promover unas medidas antiinmigración dignas del ala más ultraderechista del arco parlamentario de Estrasburgo. Nada menos.

La medida, de la que Copenhague ha sido máxima impulsora, no desmerece en absolutamente nada, lo llevado a cabo por Imperator Trump y sus paramilitares del ICE.

Así, la UE está preparando el camino para que se puedan establecer “centros de deportación” fuera del perímetro de la Unión, al tiempo que efectúa un duro giro ultraderechista para con la drástica reducción de la cuota anual de reubicación solidaria de demandantes de asilo. España es uno de los pocos países que se ha opuesto a esta medida. Al mismo tiempo, también se han rebajado las contribuciones económicas compensatorias de los países que prefieren pagar en lugar de aceptar la cifra de migrantes que les corresponde.

Dicho de otra forma, si hace unos meses lo propuesto por Meloni era un escándalo, hoy ya es perfectamente aceptable.

¿Cómo?

A efectos reglamentarios, se ha aprobado la propuesta de la Comisión Europea que reforma el concepto de “tercer país seguro”, que en román paladino significa que se va a facilitar la deportación a una nación a la del origen del migrante demandante de asilo rechazado por Europa.

Ello significa que Albania o Uganda, entre otras lindezas, pueden ser receptores de estos seres humanos, bien como lugar de tránsito hacia su país, bien como destino final. Todo un plan.

La táctica es evidente. Ante un auge de la extrema derecha, se juega la carta del “y yo más” para anular los mensajes ultranacionalistas en lugar de poner medios ante la brutal intoxicación fascista procedente del lejano Oeste o del siberiano Este.

Parece mentira que, tras todo lo caminado, aún no nos demos cuenta de que siempre se va a preferir al original antes que la copia. Por tanto, estas medidas antiinmigración lejos de aportar soluciones, lo único que van a lograr es reforzar las posturas y las políticas de Orbán, Abascal o Le Pen.

Mi Mañica preferida, que también sufrió los terribles campos de concentración, siempre recordaba esa inscripción encontrada en Auschwitz: “si existe un Dios, él tendrá que rogarme para que le perdone”.

Los masacrados de Argelès o Mathausen deben estar revolviéndose en sus tumbas viendo lo que ahora estamos permitiendo, 77 años más tarde.

Una vez más, la reflexión es suya.

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