Relegados a la condición de página negra de España y rehabilitados y desempolvados parte de sus protagonistas en los últimos años, los sucesos del 23 de julio de 1921 socavaron la credibilidad del Ejército africanista y alimentaron el terremoto que en las próximas décadas sacudiría los cimientos de todo un país.
Aquella jornada sirvió a Antonio Torres Colmenero como hilo conductor para dar forma a Dar Drius. El desastre de Annual, la primera obra de un militar en la reserva reciclado en escritor, una ocupación gracias a la que confiesa haberse topado con el “hobby perfecto”. Novela, que no ensayo histórico, la obra fue presentada ayer en la Biblioteca Pública. Allí el autor recordó cómo lo que en principio surgió casi como “una broma” acabó animándole a “liarse la manta a la cabeza” para intentar recrear cómo pudieron vivir aquel fatídico día los integrantes del Regimiento de Caballería Alcántara que, aun intuyendo que les aguardaba un final trágico, cargaron una y otra vez sobre el enemigo en apoyo de la Columna Navarro, que sufría un sangriento acoso de los rifeños. “Es un relato de ficción que acaba casi un siglo después”, definió ayer Torres Colmenero su primer libro. En él reconoce que ha preferido “eludir” los datos históricos “para no meter la pata”. Alejándose de la mera sucesión de acontecimientos ha intentado trazar una trama de “convicciones morales” que, asegura, se perciben y palpan a través de los personajes. Por esas páginas desfilan “el compañerismo, el deber, el honor...”. Y por encima de todos, “el altruismo”, pieza que considera clave en el engranaje de la trama. Ese mundo de sensaciones y emociones que cree haber provocado le ha llevado incluso a emocionarse durante el tiempo que duró su proceso creativo. “A veces dejaba de escribir y me ponía a llorar. Estoy en una fase de mi vida bastante blandita”, bromeaba ayer ante su auditorio, aunque para recalcar luego que el sentimiento era real. A ese nivel de complicidad le llevó el diseño de cada uno de los protagonistas, para los que asegura que no fue necesario dedicar capítulos individuales ni compartimentos estancos porque todos quedaban cobijados bajo un espacio común: desde el acto heroico al terror a la muerte, de la valentía al horror ante lo desconocido. Finiquitada el libro, se siente “orgulloso” del que es su estreno en el enjambre de las letras. Al segundo libro sólo se queda ser “redondeado”, el tercero anda en sus líneas maestras y el cuarto tendrá África como escenario. “Después de terminar Dar Drius mis amigas hasta me presentaba como escritor”, confesó. La nueva parcela en la que se ha sumergido es ya su “última gran pasión”, una senda que está dispuesto a recorrer porque se lo permite el placer de andar “desocupado, sin obligaciones”. Una “actividad ideal” en la que, intuye, se va a seguir “divirtiendo” porque le ha acercado a “personas entrañables”. Para los estantes de las bibliotecas quedan ya aquellos caballeros a los que su heroicidad, valedora ahora de la Laureada de San Fernando, dejó “a merced de los tiros de fusilería”. Aquel gesto, que en parte permitió salvar Melilla, es el pasaje que prefiere recordar por encima de las decisiones de un general Silvestre al que el campo de batalla quizás le vino tan grande como las estrellas que lucía.






