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Aquella excursión a la Mujer Muerta

Por Redacción
21/08/2016 - 06:36

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Un artículo acerca de aquella excursión que hicimos por primera vez con las niñas de quinto curso. En aquellos  años los sexos estaban segregados y era del todo imposible acercarse a las alumnas y menos hacer una excursión en grupo.

En aquellos años los niños y las niñas no compartían ni juegos, ni recreos, ni estudios, sólo alguna mirada furtiva y algún que otro sueño fuera del alcance de los mayores. En aquellos días, los sexos estaban separados por una barrera infranqueable, que hacía del todo imposible acercarse a esos seres de terciopelo y frágiles a las que llamábamos niñas…
 En nuestro Instituto, no había la más mínima posibilidad de encontrarte con ellas, tabiques y muros nos separaban y cualquier intento de acercamiento era mal visto y reprimido al instante sin la más mínima consideración. Pero como todo en la vida, siempre existen trucos o atajos que te hacen la vida más llevadera; y en nuestro caso, hallamos una manera de contrarrestar estas terribles medidas de aislamiento de los sexos. De tal suerte, que  algún chiquillo pudo comprobar, bien porque se quedara retrasado en el aula, o bien porque se quedara estudiando en el tiempo del recreo, que al otro lado de las ventanas, como un río de vida, las muchachas llegaban al patio  interior del Centro a disfrutar de su tiempo de recreo. Y aquello fue saltando de boca en boca, de tal manera, que cada vez éramos menos los que no llegábamos a nuestro patio de recreo, y en cambio, éramos más lo que aludiendo a un afán  de dedicarnos al estudio, nos quedábamos en nuestras aulas. Pero claro, tanto iba el cántaro a la fuente,  que al final se rompió; porque muchos de nosotros nos arremolinábamos tras los cristales de las ventanas para ver  los juegos y los paseos de las muchachas; y ellas al notar nuestra presencia, se reían y cuchicheaban acerca de nosotros, sus anónimos observadores… Y como es natural, algún profesor de guardia debió de darse cuenta y, al momento, dio orden a Moreno -nuestro omnipresente bedel- y a su varita mágica, que sacara del aula a aquellos alumnos tan aplicados, que preferían permanecer en clase repasando sus lecciones, que disfrutar de su tiempo de recreo…
Y encontrándonos rumiando nuestra mala estampa, por el apagón lúdico-visual que nos había decretado,  llegó Añón, nuestro delegado -era un delegado carismático, eterno, que de manera automática todos los años ocupaba la representación del alumnado, como si de un cargo vitalicio se tratara- y nos apuntó que había concertado una excursión con las niñas del 5º curso. ¡Ver para creer! ¡Con las niñas de 5º curso…!  Pues, sí, así era, con las niñas de 5º curso… Y, llegó el día, y quedamos en la parada de las camionetas “coloras”-los autobuses que iban a Benzú-, en la parada de las Puertas del Campo, lindando con la subida del jardín de Rosende. Y allí fuimos llegando los dos cursos de 5º, la primera vez que se encontraban los dos cursos -masculino y femenino-, y el primer intercambio cultural de  diferentes sexos que se daba en el Instituto. Añón, había hecho bien su trabajo y, nosotros, como era natural le estábamos agradecidos; así que si su liderato era ya indiscutible, ahora, con este encuentro, su acreditación y su fama podía situarse, como un emperador romano, en el olimpo de los dioses.
 Las muchachas fueron cantando canciones a lo largo de la carrera de la camioneta, hasta que llegamos al final del trayecto en la parada de Benzú. Nos bajamos, y después de agruparnos dispusimos la marcha hasta el puesto fronterizo de la Guardia Civil y el posterior de Marruecos. Los profesores fueron a hablar con los guardias para pedir autorización para adentrarnos en la zona y permanecer unas horas de excursión; luego de un rato de discusión que se temía lo peor, por fin les autorizaron y comenzamos, llenos de alegría, aquel primer encuentro de muchachos, como cantaban “Los Bravos” en su famosa canción “Los Chicos con las Chicas”…
Los profesores abrían la marcha con un grupo de alumnos que le hacían continuas preguntas acerca de aquella naturaleza tan extraordinaria que se columbraba a nuestro paso. No recuerdo el nombre de la docente de la niñas, pero me llamaba la atención su jovialidad y el grado de amistad con  sus alumnas, que daba la sensación de ser la hermana  mayor de ellas, dado el grado de confidencias que parecían  darse.  De nuestro profesor puedo apuntar, que era un hombre con aires de “gentleman” británico, ensimismado en sus propias cavilaciones cuando se llegaba o abandonaba el Instituto; andaba de una manera característica, pronunciando muchos los pasos, que pareciera que anduviera a intermitencias en una suerte de pequeñas ondulaciones arriba y abajo: y, acompañado, siempre, de una enorme maleta negra;   decían que era un erudito, que sabía siete u ocho idiomas, y que aún se dejaba las pestañas estudiando otras lenguas a cual más desconocida… Algunos de mis compañeros le llamaban  “supino”, qué quizás fuera por su gusto por  esta forma verbal  en sus clases de latín; sin embargo, a mi parecer, este profesor representaba la cultura en su forma más exacta  y representativa, a saber: él era la misma cultura concretada en la erudición de un ser humano.
  Y a ratos en grupo, a ratos a solas; ora observando la silueta de piedras gris, granítica, de la Mujer Muerta; ora mirando aquí y allá, las pequeñas casas blancas de  los campesinos, con sus pequeños huertos labrados de hortalizas y árboles frutales, íbamos  andando aquellos caminos de tierra roja, de una mañana de noviembre, de aquel curso del 67…
 A cada paso,  la Mujer Muerta,  se agigantaba como una estatua colosal  que abarcara toda la altura  del horizonte  entre el mar -sus pies- y el cielo, más allá de las nubes -sus labios, sus ojos y su frente-. Todos los que hemos nacido en Ceuta, llevamos a esta mujer en el corazón; es nuestra amada, y cada uno de nosotros, somos su amado… No podemos negarlo, porque a cada llegada y a cada partida, ella nos abraza o nos despide, con el susurro de su largo sueño eterno…
 Y pasada la garganta, pasada la última casita, se adivinaba un camino en zigzag que alcanzaba la cumbre. Un camino como los que cantara Antonio Machado: «El camino que serpea y débilmente blanquea se enturbia y desaparece…»  Efectivamente, aquel camino, como en los versos del poeta, también, antes de alcanzar la cumbre se enturbiaba y desaparecía…;  y nos hacía desear ascender por él, hasta poder rozar con nuestros dedos, el paso de las nubes que se allegaban  en pelotón, blancas, grises, llenas de agua, desde poniente…
    Como siempre ocurre,  desde que el tiempo es tiempo,  las miradas se cruzan, y no se sabe por qué; hay miradas que se quedan entretenidas entre las tuyas,  y las mías, las nuestras, ¡ay!, todos quisiéramos que se quedasen, dormidas, entre las suyas…
   Sí, es verdad, las miradas pueden enamorar, y no hay mal en ello, pues al mirar deseamos los que los sueños nos dictan y nuestro corazón lleva tiempo esperando…Y de aquel camino, de aquella mañana, algunos quedamos, sin saberlo, prisioneros en el tiempo, de alguna de aquellas miradas…
    Y llegamos al pie de un acantilado, donde la antigua ballenera se situaba a pico; donde a lo lejos, a levante, al fondo, se adivinaba, como una ensoñación mitológica,  “la playa de las barcas” pintada de mar añil y abrasada de  arena.  Y tal vez, en este instante fue el momento donde los recuerdos se hacen imperecederos y las horas se graban indelebles en el alma para siempre. Transcurre el tiempo con sus horas cargadas de recuerdos ya olvidados; sin embargo, hay instantes, que la rueda del  tiempo no puede alejarlos, por más que la rueda gira  sin freno, mil veces mil… hasta que dejemos de contar. Y todavía hoy, ese instante, aún perdura, como si fuese ayer…
Punta Leona, se prolongaba al norte y a poniente, como un sortilegio atávico, unido al misterio;  algunos, trajeron la noticia de la Isla del Perejil. Dudamos de bajar a la planicie, que diríase  arada por gruesos surcos que se alargaban  hasta besar el mar; sin embargo, algunos no pudimos evitarlo y, como sustraídos en nuestra voluntad,   nos adentramos es ese espacio de piedra desnuda,  que desde la distancia y el asombro, se tiene la sensación de que un Atlante ha labrado las pétreas besanas, para luego inmortalizarlas en un mar de rocas blancas, blancas y redondas…
Regresamos… Regresamos dejando nuestras huellas en la arena de las “Playa de las Barcas”. Regresamos dejando la mirada en las siluetas increíbles, mitológicas, de las peñas de esta playa. Regresamos con el ocaso, cayendo el sol tras nosotros, dejando su pintura de sangre en el cielo y trazando  de violeta a la tarde…
Regresamos….Y regresa mi alma enamorada a ese lugar, a  ese tiempo, al pie mismo donde nacen los sentimientos… Junto a vosotros, compañeros, mis compañeros de 5º curso…

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