Hay personas que nunca terminan de irse de los lugares donde fueron felices. Aunque la vida las lleve lejos, aunque el calendario acumule años sin volver, siguen habitando esos rincones a través de la memoria. A Antonio Arroyo Mateo le ocurre exactamente eso con Ceuta. Tiene 29 años, nació en Málaga y desarrolla su carrera científica en la Universidad de Málaga, pero basta escucharle unos minutos para comprender que media alma suya sigue paseando por la calle Real iluminada en Navidad, mirando el mar desde Benzú o jugando en las pistas de la Marina.
Antonio se define con una sonrisa como “medio boquerón y medio caballa”. Su padre es malagueño; su madre, Rosa María Mateo Medina, ceutí. Sus abuelos maternos, Antonio Mateo Godino y María Medina Casas, fueron el gran vínculo emocional que lo unió desde niño a la ciudad autónoma. Y aunque lleva años sin cruzar el Estrecho, Ceuta sigue siendo para él mucho más que un lugar al que volver: es una forma de entender la vida.
“Para mí Ceuta es un recuerdo muy bonito de mi infancia, de mis abuelos y de mi familia”, explica durante la conversación mantenida con este periódico. “Siempre he sentido que parte de mí está allí”.
Sus recuerdos tienen nombre y paisaje. Villajovita, donde vivía su abuela; el Chorrillo y Calamocarro, donde pasó incontables veranos; Benzú y aquellas tardes tomando té frente al mar mientras su abuelo le hablaba de una ballena que un día murió en la orilla; las luces de Navidad en la calle Real; las vistas del Monte Hacho; la plaza de África. Fragmentos de infancia que permanecen intactos pese al paso del tiempo.
Antonio recuerda especialmente la imagen de su abuelo esperando desde la azotea de casa, prismáticos en mano, intentando divisar el barco en el que llegaba la familia desde la Península. “Eso lo tengo grabado”, confiesa. “Son recuerdos que no se borran”.
Pero Ceuta, para él, no es solo nostalgia. También es una lección vital. Quizá la más importante que ha aprendido.
“Ceuta enseña algo que no existe en muchos lugares”, reflexiona. “Es un espacio pequeñísimo donde conviven varias culturas y religiones desde hace muchísimos años. Ese respeto y esa interculturalidad te marcan para siempre”.
Esa idea de diversidad, de convivencia y de entendimiento entre personas distintas, asegura, ha influido incluso en su manera de mirar el mundo y de afrontar la ciencia. Porque Antonio es investigador en la Universidad de Málaga y acaba de publicar dos artículos científicos en revistas internacionales de prestigio, centrados en el estudio de una bacteria que afecta gravemente a cultivos como el olivo y la adelfa.
Aunque habla con humildad constante -“yo no soy nadie del otro mundo”, repite varias veces-, lo cierto es que su trabajo forma parte de una investigación importante dentro del ámbito de la biotecnología vegetal.
Graduado en Biología, con un máster en Biotecnología Avanzada y a punto de finalizar su doctorado, Antonio trabaja investigando la bacteria Pseudomonas savastanoi, un patógeno vegetal capaz de producir tumores en árboles como el olivo.
Explicarlo de forma sencilla no es fácil, pero él lo intenta con pasión pedagógica.
“La bacteria tiene una especie de navaja suiza llena de herramientas para atacar la planta”, explica. “Nosotros estudiamos cuáles son esas armas, cómo consigue superar las defensas del vegetal y establecerse dentro para producir esos tumores tan característicos”.
La investigación que desarrolla junto a su equipo pertenece al ámbito de la ciencia básica. Es decir, no busca una solución inmediata para el agricultor, sino comprender los mecanismos internos que utiliza la bacteria. Y ese conocimiento, en el futuro, permitirá desarrollar estrategias de protección más eficaces para los cultivos.
“No damos soluciones directas”, aclara. “Lo que hacemos es entender cómo funciona el problema desde dentro. A partir de ahí es cuando pueden surgir aplicaciones prácticas”.
El trabajo no ha sido sencillo. La carrera científica en España, reconoce, exige sacrificio, paciencia y mucha vocación.
“Es un camino duro”, admite. “Aquí se hace muy buena ciencia con muy pocos recursos. Si alguien busca dinero, este no es el camino. Pero si realmente te apasiona, merece absolutamente la pena”.
Por eso, cuando piensa en los jóvenes ceutíes que sueñan con dedicarse a la investigación, su mensaje es claro: perseverar.
“Que hagan introspección y descubran si realmente es lo que quieren. Porque es difícil, sí, pero trabajar para entender la vida y poder aportar algo bueno al mundo es un privilegio enorme”.
Antonio habla de ciencia con el mismo brillo con el que recuerda las tardes en Calamocarro. Quizá porque ambas cosas –su profesión y su infancia– forman parte de la misma identidad.
Y en medio de todo eso también aparece el fútbol. Porque, como buen caballa, sigue con pasión el histórico momento que atraviesa la AD Ceuta FC. Cada fin de semana celebra los triunfos del equipo desde la distancia, consciente de que está viviendo algo que jamás había visto.
“Tengo 29 años y nunca había visto al Ceuta en el fútbol profesional”, comenta emocionado. “Con el Málaga sí he vivido ascensos, Primera División y hasta competiciones europeas. Pero con el Ceuta nunca. Esto es histórico”.
La casualidad ha querido además que este mismo fin de semana el Málaga y el Ceuta se enfrenten sobre el césped. Y Antonio lo resume con sinceridad: “El corazón está dividido”.
Aunque lleva entre cinco y siete años sin regresar a Ceuta, reconoce que siente una necesidad creciente de volver. Incluso durante la entrevista descubre que los residentes tienen descuento en el helicóptero que conecta Algeciras y la ciudad autónoma, una posibilidad que ya contempla seriamente junto a su pareja.
“Tengo muchísimas ganas de volver”, dice. “Porque Ceuta forma parte de mi infancia y eso siempre se queda dentro”.
Cuando se le pregunta qué significa ser caballa desde fuera de Ceuta, Antonio guarda silencio unos segundos. No parece una pregunta fácil. Quizá porque hay sentimientos imposibles de resumir. Finalmente responde desde la emoción más sencilla y verdadera.
“Me gustaría que cualquier joven caballa que lea esta entrevista se sintiera orgulloso de su tierra”.
Y probablemente ahí esté la clave de todo.
Porque Antonio Arroyo Mateo no solo investiga bacterias, publica artículos científicos o construye una carrera prometedora en la universidad. También representa algo mucho más humano: la certeza de que los lugares donde crecimos nunca dejan de acompañarnos.
A veces viven en una fotografía antigua. Otras, en el olor de un verano junto al mar. Y otras, como le ocurre a este joven científico medio malagueño y medio ceutí, sobreviven en cada paso que uno da lejos de casa.
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