Los herederos del mañana están a expensas de que sus gobernantes, esta vez, inviertan en pan en vez de en circo. Las vacaciones de verano dejan a cientos de niños al cuidado de unos tutores masacrados por las consecuencias del desempleo.
Ahora con calor y en casa a muchos padres se les van los pocos números que manejan, los que determinarán si sus hijos podrán hacer al menos tres comidas diarias. La infancia se enfrenta a un reto cercano a la ficción, pero tan real como la existencia de aproximadamente 7.000 ceutíes que tienen carencias básicas, según los datos aportados por la Consejera de Asuntos Sociales.
El subdesarrollo que hasta hace unos años lo asociábamos a países lejanos en regímenes casi absolutistas, hoy nos mira con ojos hambrientos desde la acera de enfrente. Son nuestros vecinos de bloque, los amigos de nuestros hijos o los parientes más cercanos. Aquellos que sienten que esta vida se les va de las manos. La educación dadas las circunstancias ha asumido el papel que debe, el de salvaguardar los derechos básicos de los niños. No se puede correr el riesgo de ver como las cifras de pobreza infantil se humanizan en rostros más que conocidos. Consentir que el sector más vulnerable de la sociedad padezca los males originados por las grandes corporaciones y el Estado, sería dinamitar los pocos derechos que aún nos quedan. Nuestras peores pesadillas hechas realidad, galopar sobre el lomo de la historia más vergonzante.
La lucha no siempre es vacua. Tras las movilizaciones ciudadanas y con el apoyo de algunos políticos, que con o sin intereses, han presionado, los centros escolares abrirán en verano y darán de comer a aquellos que no tienen culpa de los errores de adultos codiciosos. Desde la semana que viene y hasta el próximo 30 de septiembre los comedores de los CEIP ‘Federico García Lorca’, ‘Ortega y Gasset’, ‘Andrés Manjón’, ‘Príncipe Felipe’, ‘Reina Sofía’, ‘Pablo Ruiz Picasso’ y ‘Ramón y Cajal’ darán almuerzo y merienda hasta un millar de niños en riesgo de pobreza, como publica este periódico. Se sumarán actividades extraescolares vinculadas a la informática y la lectura destinadas a todo el alumnado. Acción decisiva para que no se hagan distinciones sino una apuesta inclusiva por la amistad y no por el rechazo. Sin embargo, Antonio Palomo, director del centro ‘Federico García Lorca’, entiende que “se debería dar la posibilidad a todos los niños haya o no comedor en sus colegios”.
La decisión ha costado el debate continuado entre el Consejo de Gobierno de Ceuta, el Ministerio de Educación, la oposición y los sindicatos. La iniciativa llama al aplauso, pero no hay que olvidar las pegas que durante semanas se han dado. El coste ascenderá a 540.000 euros, financiados con fondos propios y con 1,3 millones del fondo especial de Atención a la Pobreza Infantil del Estado. A muchos puede parecer una alta inversión, sin embargo hay que mirar a los ojos a una situación ingente. Garantizar las condiciones básicas de la infancia no tiene precio, más cuando vivimos en un país que salva bancos y traspasa altos cargos a empresas privadas que acabarán con el estado del bienestar. Quizás no son nuestros hijos, pero podrían serlo. ¿Les gustaría?
Si profundizamos más vemos como 300.000 euros se irán en sueldos a cocineros, monitores, personal de sala… El dinero llama al dinero, lo que supone que en las casas de las personas que trabajen en el proyecto entrará una retribución que ayudará a que la cadena no se agrande. Resulta esperpéntico el temor a la inversión en alimentar a los hijos de los parados, de todos los desempleados que el Estado consiente que sientan hambre. Es denigrante para un ser humano tener la posibilidad de acabar con la malnutrición infantil y no hacerlo. Leía hace unos días que para Carracao, esta era una cuestión básica, incluso por encima del “grave problema del desempleo”. No, señor. El desempleo es el mal que condena a hombres y mujeres, a un precipicio inimaginable para el que no lo sufre. Sin trabajo no hay sueldo y sin este no hay dinero. Sin dinero nos dirá a dónde vamos. Ciudadanos abocados a una pena mayor que la cárcel, a decirle a sus hijos “esta noche no podemos cenar”.
MARÍA GARCÍA (Periodista independiente)





