En mi artículo anterior, del que el presente es continuación, me referí, principalmente, a los motivos por los que nací en Mérida, en lugar de haberlo hecho en Mirandilla, que era lo que yo más hubiese deseado. No lice, por el hecho de que, primero, mis abuelos maternos acogieron durante tres meses a toda una familia en su casa cuando la misma, huyendo de los terribles bombardeos de Mérida, en los albores de la Guerra Civil 1936-1939, pidieron refugio a mis abuelos, que desinteresadamente les acogieron durante tres meses; de manera que, después, cuando mi madre en 1942 iba a darme a mí a luz, pues resulta que dicha familia, muy agradecida por su anterior acogida por mis abuelos y en lógica reciprocidad, no permitieron que mi madre me tuviera en el pueblo, y se empeñaron en que se fuera a tenerme a Mérida, a su casa, en cuya ciudad podríamos ser madre e hijo, mejor atendidos en la ciudad que en el pueblo, si el parto se complicaba, aunque luego no necesitara mejorar la asistencia, porque me presenté al mundo sin ningún problema, sino sano y hermoso.
Los tropiezos vinieron después, tras haber cumplido mi primer añito, que caí muy enfermo, hasta el extremo de que los médicos me tuvieron desahuciado y a mis padres con la “mortaja” preparada esperando que mi fatal desenlace se produjera, como los facultativos me habían pronosticado, aunque ellos seguían sin perder las esperanzas de que su hijo Antonio consiguiera superar tan adversa situación, haciendo todo lo posible por salvarme hasta que, movidos por su fe y con su inmenso amor paternal, lo consiguieron.
Y es que, uno de los médicos había prescrito a mis progenitores que padecía de un empacho y que me tuvieran una semana sólo a pan y agua, sin que mi madre me amamantara ni me dieran el biberón; mientras que yo no hacía más que llorar y llorar cuando sentía el estómago de hacerme cosquillas. Y, mis padres, era un sinvivir, verme llorar tanto. De manera que ambos se conjuraron bajo su exclusiva responsabilidad, para darme leche de burra, que las abuelas más mayores del pueblo les dijeron que eso sería como “la mano de un santo”. Y, efectivamente, eso fue lo que me salvó, porque lo que en realidad padecía era de fuerte inanición; vaya que estaba muriéndome de hambre por ver seguido la rígida dieta de aquel médico que les aconsejó.
Por eso, en vida de mis padres, les dediqué un poema que creo era atinente al caso, y que les rimé así: Mis padres un día me trajeron a la vida/ de ellos soy su primera criatura nacida/ fruto de su amor compartido/ sangre de su sangre en mis venas llevo/ unidos a mi nombre sus apellidos tengo/ soy rama que de su tronco vengo/ que de ellos brotó en árbol extremeño/ mis padres, por mí se sacrificaron muchas veces/ sé que sufrieron un dolor muy fuerte/ al ver a su primer hijo/ que se debatí entre la vida y la muerte/ cuántos desvelos y malas noches les di/ cuántas veces mi madre rezaría por mí/ cuántos sueños ellos pasaron para poderme dormir/ qué buenos cuidados de ellos recibí/ con ese amor tan verdadero y grande/ que sólo una madre por su hijo siente/ mi padre me dejó buenos ejemplos que imitar/ su único vicio fue honradamente trabajar y trabajar/ para a sus cuatro hijos poder criar / siempre guiándonos hacia el bien y alejándonos del mal / sólo cuando se llega a ser también padre / se sabe bien lo que a los hijos se quiere / la enorme ilusión que en ellos se pone/ y el deseo de que bien colocados se queden/ por eso no habrá ingratitud mayor/ que la del hijo que tenga tan mal corazón/ que de sus padres no se sienta deudor/ ¡padres!, alzad vuestros ojos al cielo / que habiendo sido con vuestros cuatro hijos tan buenos/ la gloria os esperan en el paraíso eterno / el día lejano que Dios quiera recogeros.
De modo que, por todo eso y por mucho más, no es sólo que yo quiera ser de Mirandilla; es que soy de ella, porque así es como lo he vivido y así es como de verdad lo siento. Pero es que, además, a medida que fui teniendo uso de razón, me fui dando cuenta de lo bonito que es mi pueblo, como si el mismo hubiera sido un capricho de la naturaleza que se hubiera querido recrear en él. Parece estar recostado y descansando sobre un extenso y amplio valle que se extiende hasta allá en la lejanía donde la mirada se pierde y parecen juntarse la tierra; tiene una claridad nítida y cristalina, cuyos rayos solares, desde que el astro sol sale por lo alto de la sierra, abriéndose a la contemplación y pareciendo reflejarse a modo de como si la estuvieran suavemente acariciando los olivares por la falda de la sierra, encontrándola suave, tranquila y serena en el otoño y en la primavera, hasta allá próximo a ponerse el crepúsculo, cuando los rayo luminosos comienza a descender hasta irse introduciéndose poco a poco en la penumbra de la noche con su preciosa puesta de sol.
Pero hasta en por las noches aparece mi pueblo bonito y placentero, cuando la luna llena asoma por lo alto de la sierra, que toda henchida y resplandeciente alumbra sus olivares y al propio pueblo, que parece que llega acompañada de todo su cortejo celestial de estrellas, para pasar por lo alto del pueblo, como si por él pasaran contentas y relucientes con cara de alegría, al ver desde lo alto del cielo que en Mirandilla hay y vive la mejor gente.
Pues, siendo yo niño en mi pueblo, y sigo soñando con todas las cosas allí vividas en mi niñez, de haber correteado mucho por sus calles, eras y regatos, de haber ido con mis amigos de la infancia a pescar ranas en el regato de Santiago, de haber gateado por las encinas en las dehesas en busca de nidos de pájaros, de haber cazado con los cepos conejos, con las “jusillas” lagartos por las rendijas de los canchos y de haber rebuscado por los campos, haber rebuscado por los campos romazas, cardillos, criadillas y espárragos, de jugar con mis amigos a la peonza o “repión”, a la picota, a la billarda, a antera y a montar en zancos; recuerdo mucho también a quiénes fueron mis compañeros de las Escuelas Públicas; igualmente, a mis maestros de la década de los años de 1950, don Ramón, don Félix y don Víctor, excelentes profesionales de la docencia que nos enseñaron las que entonces se llamaban las “cuatro reglas”: sumar, restar, multiplicar y dividir, que era casi a lo más que en el pueblo se podía aspirar. Y también nos enseñaban aquellos probos maestros lo que ahora a nivel general no se enseña, pero que entiendo que sería muy bueno y fundamental, como eran: respeto de unos hacia otros, cortesía, urbanidad, tolerancia y pudiendo vivir todos en paz y buena armonía
En mi caso concreto, ni siquiera pude obtener en dichas Escuelas el Certificado de Estudios Primarios, porque había que ir a examinarse a Mérida, cuando ya con 16 años se me ocurrió emigrar, nada más y nada menos que a Ceuta, que no conocía, pero que entonces se decía que estaba allá en África, como si se tratara del fin del mundo. Y allí, a Ceuta, emigré en 1958. Nada más verla, me quedé prendada de ella, al darme cuenta de que es una preciosa y linda ciudad, con gente muy amable y acogedora, crisol de razas, encuentro de culturas y religiones: la cristiana, la musulmana, la hebrea y la hindú; cruce de caminos y de dos mundos: oriental y occidental. Hasta 27 años permanecí en Ceuta, en las cuatro veces que como funcionario siempre quise ir voluntario destinado a ella.
En aquella época, las madres de los quintos a los que les tocaba marcharse a Ceuta por reemplazo para cumplir con la vieja “mili, cuando se enteraban de que sus hijos iban destinados a Ceuta, allá a África, muchas hasta se ponían luto, porque les parecía que Ceuta estaba allá en lo más lejos del mundo, donde se solía siempre estar en guerra con los moros, aunque en cuanto se llegaba a ella, se daba uno cuenta que era una linda y preciosa ciudad española, con gente muy amable y acogedora, donde yo siempre tuve motivos de satisfacción.
“Hasta 27 años permanecí en Ceuta, en las cuatro veces que como funcionario siempre quise ir voluntario destinado a ella”
Recuerdo que llegué a Ceuta, con aspecto pueblerino, con mis expresiones y dejes extremeños, con talante rural, chapado a la antigua, propio de ser originario de pueblo, con poca cultura y sin apenas haber tenido vivencias propias de la mundología ciudadana; aunque, eso sí, con plena conciencia de mi prematura madurez, con seriedad, responsabilidad, con la cabeza bien amueblada sobre mis hombros y pisando con los pies en el suelo.
Rápidamente me di cuenta, de que me quedaba un largo camino y mucho que hacer por delante. Fui consciente, sobre todo, de mi precario y escaso nivel cultural. Y me prometí a mí mismo que haría todo cuanto estuviese en mi mano para poder quitarme de encima tal estigma. De manera que cuando allí me pagaron mi primera mensualidad de sólo unas 300 de las antiguas pesetas (menos de dos euros de la actual moneda), salí corriendo a gastármelos, pero no en capricho, sino en acudir al Instituto de Enseñanza de Ceuta y matricularme para poder cursar el Bachiller Nocturno, a pesar de que ya tenía cumplido mis 18 años y nunca antes había tenido la oportunidad de estudiar compatibilizando mi ansia de cultura con mi trabajo; que luego finalicé entre Ceuta y Madrid, examinándome por libre.
Una vez lo finalicé, ya me pude presentar en 1967 a la primera oposición que superé en el Ministerio de Hacienda, para el SVA. Continué estudiando mi primera carrera de Graduado Social en la Universidad de Granada, por libre; después, proseguí mis estudios de Derecho, que finalicé en 1975. Una vez que aprobé ambas carreras, con todas las asignaturas aprobadas y sin ningún suspenso, gané en 1976 las oposiciones para Inspector del indicado Organismo. En 1982, las de Inspector Jefe. Y, en 1990 las del Cuerpo Superior de Investigación (Grupo A1). O sea, me fui promocionando hasta la categoría funcionarial más alta y también a los Niveles de Puesto de Trabajo superiores.
Luego, mediante mi participación en los correspondientes concursos específicos de mérito y capacidad, fui accediendo a puestos de dirección y especial responsabilidad, como los de Jefe de la Brigada Móvil de Investigación regional para Andalucía, Jefe Provincial de Málaga, Jefe Regional de Galicia, Jefe Regional de Andalucía Oriental, Presidente del Tribunal Económico-Administrativo de Ceuta y también Presidente del Tribunal Económico-Administrativo de Melilla, en forma conjunta y con gestión simultánea.
En el ámbito de la docencia, durante ocho años, he impartido clases como profesor de Derecho Marítimo, de Hacienda Pública y Derecho Tributario en la Escuela de Hacienda Pública en Madrid. He permanecido seis años impartiendo clases en Ceuta, como Profesor-Tutor del Centro Asociado de la UNED, en las asignaturas de Hacienda Pública y Derecho Tributario. Esta plaza la gané entre 19 aspirantes a la misma. Durante seis años, me ficharon, también para impartir clases de Derecho Marítimo, Derecho Administrativo y Derecho Contable en la Escuela de Hacienda Pública a los funcionarios de nuevo ingreso del SVA. Tengo escritos 14 libros y numerosos trabajos publicados en el Boletín trimestral del SVA, además de unos 1500 artículos que aparecen todos los lunes en el periódico El Faro de Ceuta, en el que llevo publicándolos durante 24 años.
Casi a los 70 años de edad, me jubilé el 1 de mayo de 2011, tras haber servido en la Administración del Estado 50 años, 9 meses y 6 días. Los compañeros me rindieron dos homenajes, uno en Málaga, organizado por la Dirección del Organismo, al que asistieron los Jefes Regionales, Jefes Provinciales y compañeros, junto con la Presidenta del Tribunal Económico-Administrativo Central. Y el otro homenaje en Madrid, con la asistencia del Subsecretario de Hacienda, la misma Presidenta anterior, Subdirectores Generales, Jefes y compañeros, a cuya comida de despedida que me ofrecieron, asistieron 62 comensales.
Lo anterior, de ninguna forma lo expreso con presunción, ni vanidad, y menos por jactancia personal, habida cuenta de que, ya, desde el principio de este artículo y el anterior, siempre expongo claramente y sin ambages, mi condición modesta y los orígenes humildes de los que, tanto mi familia como yo, procedemos; sino que sólo se trata de rendir cuentas de lo que ha sido mi trayectoria personal, laboral, académica y social, ahora ya que tengo edad avanzada; habiendo tenido que partir de la nada y como prueba de que toda persona que se proponga superarse a sí mismo, si antepone estrega, trabajo, esfuerzos y sacrificios, seguro que consigue lo que se propone. En mi caso, no he sido ninguna excepción, pues conozco bien mis limitaciones, que no son pocas. No hay más que una consigna para lograrlo, constancia, perseverancia y noble afán de superación.
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