No se trata solo de dignidad. El debate es de mayor calado. Ayer, con muy buena fe, MDyC abordaba de nuevo en sesión plenaria la necesidad de disponer de cámaras congeladoras para mantener por más tiempo los cuerpos.
Con esa misma buena fe, la consejera Nabila Benzina exponía lo que se está haciendo y se puede hacer para cooperar en el mantenimiento de los cuerpos sin vida de inmigrantes que, en demasiadas ocasiones, tienen que ser enterrados sin haber sido identificados.
En este asunto hay algo más que dignidad, hay trámites burocráticos fáciles de solventar para que en la frontera sur no suceda lo de ahora: que unos padres no puedan cruzar para aportar su ADN a sabiendas de que el fallecido es su propio hijo.
O que no puedan asistir a su entierro en Ceuta porque ni siquiera les facilitan un pase de 24 horas.
Eso lo he visto yo, nadie me lo cuenta.
He visto cómo hay gente buena que se desvive en los entierros haciendo videollamadas para que, desde un lugar de Marruecos, una madre que no puede cruzar la frontera vea cómo entierran a su hijo.
También he visto cómo unos padres querían cruzar porque sabían que el fallecido era su vástago y no han podido hacerse pruebas en la propia frontera para agilizar las identificaciones.
No se trata solo de una cámara congeladora, no. Tampoco de dignidad. Se trata de que las autoridades competentes -y esto supera a Ceuta- hagan lo posible para que esto no pase, para que haya soluciones prontas cuando se trata de hechos tan trágicos como la pérdida de un familiar.
Se pueden hacer gestiones en frontera, se pueden establecer protocolos. Pero para eso hace falta algo más que dignidad. Se llama humanidad.






