La renuncia de Mariano Rajoy a presentar y defender en el Congreso de los Diputados su candidatura a presidente del Gobierno es un hecho noticioso porque en la situación política en la que nos encontramos, donde casi todo es nuevo, las constantes salidas del guión previsto sorprenden aunque no tengan trascendencia.
Hasta ahora resultaba impensable que el líder del partido ganador en unas elecciones generales rechazara el ofrecimiento del Rey a intentar formar y presidir el Gobierno de la nación. Sin embargo, en las actuales circunstancias, fruto del veredicto que arrojaron las urnas el 20D, resulta lo más sensato si el objetivo es contar cuanto antes con un nuevo Ejecutivo o con una nueva fecha en el calendario para repetir los comicios.
Por otra parte, desde el punto de vista político, la renuncia de Rajoy tiene todo su sentido ya que carece de lógica que el candidato popular se someta a la penitencia de una sesión de investidura donde sólo está garantizado el castigo que sin duda había previsto aplicarle la ‘mayoría absoluta’ que conforman los partidos que están en contra de que continúe en la Presidencia del Gobierno. En consecuencia, para evitar un desgaste político innecesario y para no ralentizar el proceso, lo más lógico parece su renuncia voluntaria. Es una renuncia que, de momento, se limita a aceptar someterse al debate de investidura. En absoluto significa, como podría pensarse al leer algunos primeros titulares, que Mariano Rajoy da un paso atrás para facilitar la propuesta de un nuevo candidato por parte de su partido.
El hecho noticioso se limita a que el Congreso de los Diputados no va a apoyar al líder popular no sólo porque Mariano Rajoy no ha conseguido el respaldo mayoritario de la Cámara sino porque, ahora también, éste no va a presentar su candidatura.
Se inicia así el ‘tiempo’ de Pedro Sánchez, que tratará de convencer a los pesos pesados de su partido de la conveniencia para el PSOE y para el país de un acuerdo de Gobierno con Podemos, que tomó ayer la iniciativa en la negociación con los socialistas al adelantarse poniendo encima de la mesa su propuesta. Sánchez no sólo tendrá que llegar con Pablo Iglesias a un pacto asumible por el Comité Federal del PSOE; también deberá sumar los apoyos de media docena de partidos en forma de respaldo explícito a su candidatura o de abstención.
En esencia, nos encontramos en una situación muy parecida a la de las últimas semanas con el hecho intrascendente (para el objetivo final de formar Gobierno) de la renuncia de Rajoy al ofrecimiento del Rey a someterse a un debate de investidura que, hoy por hoy, tenía perdido de antemano. Nunca antes había sucedido un hecho así; de ahí que sea noticioso, aunque no había ninguna duda de que el candidato del partido ganador de las elecciones ni iba a ser presidente tras esa primera sesión parlamentaria.
Ahorramos tiempo pasando por alto el preámbulo de Rajoy, que no ha tenido oportunidad de sentarse con nadie a negociar, y pasamos al primer capítulo con Pedro Sánchez y un Pablo Iglesias acostumbrado a robar protagonismo al PSOE. Lo hizo en la investidura de Patxi López como presidente del Congreso y lo volvió a hacer ayer en las audiencias con el Rey.
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