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Acceso cerrado, espigón desierto

“Ruina, ruina. No hay forma de pasar. Eso está blindado”. El conductor de un maltratado Fiat blanco con matrícula de Marruecos aventuraba poco antes de las 3 de la madrugada lo que estaba a punto de suceder un par de horas más tarde. Era uno de los pocos vehículos que, con cuentagotas, autorizaba Marruecos a emprender el trayecto de regreso hacia Ceuta ante la imposibilidad de continuar avanzado más allá de su frontera, tomada por los mehanis que se preparaban ya para contener la presumible primera oleada de la avalancha. El paso del Tarajal, cerrado a cal y canto, era desde la medianoche un muro infranqueable que solo podían sortear quienes volvían hacia la ciudad, pero vetado a los que pretendían acceder en sentido contrario a Marruecos.
“Hoy no vais a poder pasar. La cosa está complicada”, se encargaban de advertir los guardias civiles apostados al otro lado de la verja a los conductores, en su mayoría comerciantes, que pretendían acceder durante toda la noche al país vecino. A la media hora se aproximan otros  dos vehículos y un agente entreabre la puerta metálica para permitirles el paso a Ceuta, cerrándola de nuevo a sus espaldas. Ya en territorio español detiene la marcha y confirma que “es imposible avanzar”, que nunca había contemplado “tantos policías marroquíes juntos” y que, lo que más lamentaba, había perdido la jornada de compra de pescado. “No me quiero quedar bloqueado ni encontrarme en medio del follón. Mañana será otro día”, asumía con resignación protegiéndose del frío que comenzaba a soplar alrededor de las 4:00.
Del otro lado, y con el objetivo de emprender el camino inverso hacia Marruecos, los conductores comenzaban a acomodarse en los vehículos ante la previsión de una noche larga y tensa de accesos prohibidos. “Aguantamos un rato y si no nos vamos, qué vamos a hacer.  No dejan pasar. Me parece que el día está perdido”, intuía un comerciante ceutí que se comunicaba con uno de sus socios por móvil cada cuarto de hora.
A las 4:20 aparecen, caminando, las transfronterizas más madrugadoras. Una mujer de edad avanzada, con una bolsa en cada mano, detiene el paso y pronuncia un expresivo “puffff” cuando se le pregunta qué ocurre al otro lado. “Negros, muchos negros. Por el monte, por todos sitios”, anuncia.    
Poco antes de las 5:00 suenan todas las alarmas. Las sirenas de los vehículos marroquíes, al unísono, alertan de que la avalancha ha comenzado. Por la puerta de acceso del Tarajal ya habían desfilado un par de horas antes vehículos de la Policía Local, de la Policía Nacional y refuerzos de la Guardia Civil. Horas más tarde también aparecerían varias ambulancias. El ulular saca del letargo a los comerciantes y al resto de conductores que dormían en el interior de los vehículos, y también a quienes para matar el tiempo ante una previsible reapertura esperaban en los alrededores de la rotonda de acceso al paso fronterizo. A lo lejos, señalando, aseguraban ver bajar inmigrantes por la ladera. Del otro lado, se apreciaban también las luces de los vehículos marroquíes, en plena actuación de contención en esos momentos.
“Al espigón, al espigón”, gritaban los concentrados en ese punto, una combinación de afectados por la interrupción del tráfico fronterizo y curiosos llegados de la barriada Príncipe Alfonso. Pero en la playa, vigilada por los focos de la patrullera de la Guardia Civil y de embarcaciones marroquíes, no se divisaban movimientos. La estrategia, opuesta a la del 6-F, apuntaba hacia otros flancos. “Por aquí nada”, comentaba uno de los presentes, casi con decepción por no poder ser testigo directo de la avalancha. A la derecha, el bloque de pisos –el conocido popularmente como ‘de los maestros’– contiguo al Colegio ‘Príncipe Felipe’ comenzaba a iluminarse con las luces encendidas de los vecinos alertados por el tránsito de vehículos policiales, refuerzos y, por último, la particular banda sonora de los patrulleros marroquíes.
Antes de las 6:00 la primera avalancha había sido repelida, sin rastro de inmigrantes en el espigón que fuera epicentro de la tragedia del 6-F. Tan calmado estaba, aparentemente, el campo de batalla que de pronto se abrió la verja de la frontera y un policía, para sorpresa de algunos, apareció del otro lado y preguntó quién podía acercarle al puerto porque perdía el primer barco. “Yo le llevo. Total, aquí no hago nada”, se prestó un comerciante.

 

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