Categorías: Opinión

Acabar con titán

La política, contaminada por años de propaganda marxista asumida como verdades axiomáticas, se ha convertido, en el mejor de los casos, en un medio para realizar lo que ahora se denomina ingeniería social, con el objetivo de perpetuarse en el poder. Los gobiernos, en lugar de dedicarse a gestionar de un modo eficiente y eficaz los recursos, se dedican a crear unas poblaciones a imagen de lo que el mandamás de turno considera oportuno. Incluso, en la legislatura anterior, se llegó a instaurar un modelo de ciudadano que debía ser aprendido y evaluado en las aulas. Adoctrinamiento que ha sido modificado, pero hoy día no se ha desmantelado.
En una sociedad en la que la vergüenza es denostada y ridiculizada, la vida despreciada, y la solidaridad exigible a modo de impuestos ha sustituido a la caridad, es fácil no llegar a la adquisición de valores de dignidad humana. “Papá estado” ocupa todo ámbito existencial, desde la forma o el derecho a nacer, hasta cómo morir, pasando por la educación pública entremetida y sustituyente de los padres por dejación voluntaria, o contra voluntad.
“Papá estado” es el responsable de todo, es quien dicta lo que está bien y lo que está mal, aturdiendo a los ciudadanos que no queremos ser responsables de nada. Así nos luce el pelo. Así nos gobiernan.
Si quiere conocer cuánto de dictador, de inmoral, de limitaciones intelectuales tiene un político, basta con contarle las veces que demanda límites a los medios de expresión que no le son propicios (prensa, internet, manifestaciones…).
Su objetivo: imponer, construir una sociedad de pensamiento único que no cause problemas al Gobierno. Controlarnos para que ni siquiera se nos pase por la cabeza el cambiar de intención de voto. Esto es de tal manera que, en el estudio electoral del progresismo se habla de “ansiogénesis de voto”. O dicho de otra manera, a un militante de izquierda le repulsa hasta crearle ansiedad, el pensar que podría votar a la derecha. George Orwell solo se adelantó unos años.
Existen sociedades occidentales en las que la imposición de un simple carnet de identidad, como nuestro DNI, es considerado un atentado contra la libertad. Y sin embargo, aquí, según las últimas encuestas, demandamos más presencia del omnipresente Estado al que también culpabilizamos de todos los males sociales.
Mantengo la esperanza en la obligatoriedad económica de reducir las dimensiones del titánico Estado. Cuanto menos Estado, más libertad, más nación, más individuo, más solidaridad, más ojos abiertos. Aunque no temo al Estado, temo al uso partidario que el Gobierno hace de él.
Para vivir, para poder comer, necesitamos acabar con Titán y que este adquiera dimensiones más razonables, pero Titán no son solo dimensiones, también son los poderes que se arroga bajo el nombre de un Gobierno felón.

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