Hace seis meses, cuando me levantaba y abría la ventana, podía ver el puerto. A lo lejos, si tenía suerte y el poniente hacía acto de presencia, vislumbraba la costa de Algeciras y Gibraltar. El peñón se alzaba siempre orgulloso, casi como desafiando a aquellos que reclaman su nacionalidad española.
El olor a mar entraba en mi casa o el dulce aroma que produce la fábrica Borrás. Si miraba hacia la derecha, me encontraba con el Hacho y su fortaleza. De pequeña me gustaba imaginar historias de caballeros andantes y valerosos, buscando fortín por fortín a una princesa que los portugueses habían dejado olvidada. A mi izquierda tenía a la Mujer Muerta; me gustaba pensar que dormía, que esperaba, que tal vez fuese esa princesa portuguesa que, cansada de tantos caballeros, decidió un día dormir. Dormir hasta que no necesitase de un caballero de blanca armadura y de blanco corcel para ser feliz.
Ahora, cuando abro la ventana al despertarme, me encuentro con un precioso patio andaluz, en cuyo centro se levanta una esbelta palmera que me recuerda lejanamente al paseo de mi ciudad. Tengo la suerte de vivir en una de las ciudades más bonitas del mundo durante, la que dicen, es la etapa más bonita de la vida. A día de hoy vivo y estudio en Granada y si subo a la biblioteca de mi colegio mayor puedo ver la Alhambra, en lo que es una imagen digna de postal. Las calles de la ciudad invitan a perderse en ellas. Y la Universidad le da una esencia mágica y juvenil a la vez a esta ciudad. Pero no se ve el Mediterráneo ni el Atlántico. Ni el Hacho, ni la Mujer Muerta, ni tiene el olor a mar, ni el aroma de la fábrica Borrás... Ni tiene corazones de pollo, ni chocolate Maruja. Ni... Podría seguir enumerando las cosas que echo de menos de mi ciudad. Pero me basta con decir que no entiendo a esas personas, que habiéndose criado en Ceuta, habiendo recorrido sus calles y conocido a su gente, tienen el valor de afirmar que no merece la pena. Pues queridos amigos, la merece. Aunque sea por el simple hecho de poder mirar por la buhardilla de mi antigua habitación y decir, como le gustaba a mi abuelo Juan, “¡Todavía se ve el Hacho!”.





