En esto de las inauguraciones hemos perdido el norte. No solo la clase política sino todos en general. No hay acto inaugural que se precie en el que no aparezca el alcalde seguido de buena parte de sus miembros de gobierno, concejales de la oposición, el vicario y el comandante general. Ya no hablo de los actos de relevancia, sino de todos. Hasta para inaugurar una tienda privada se cuenta con el alcalde, su séquito y con todos los demás. Lo peor no es solo eso sino que además publicitan hasta la extenuación el tradicional corte de cinta.
Así, hemos llegado a convertir en un auténtico circo cualquier acto que se precie. Si las inauguraciones oficiales deberían estar reducidas a unos eventos muy concretos, representativos de la identidad cultural de Ceuta, han terminado por extenderse a todo. Normal que dichos actos se conviertan en mofa y normal que se pierda el norte hasta el punto de convertirse en parte de la agenda global.
Llegará un momento en que hasta para mostrar los nuevos contenedores que sustituyan a los quemados se montarán inauguraciones en las que ni cabrán todos los rostros agenciados a dicho acto. Y entonces al resto nos tocará pensar qué pinta un comandante general viendo las dimensiones de un contenedor o un vicario bendiciendo el espacio para que no lo vuelvan a quemar.
Sí, hemos perdido el norte hasta el punto de que en esta feria de paseíllos ante los medios se permite de todo. Lo grave es que además los protagonistas parecen no verlo. Mucho más grave es que tampoco lo vean sus asesores, que deben estar para advertir de que el ridículo se debe guardar en frasco pequeño y sacarlo a pasear únicamente en ocasiones.
Vivimos una pantomima tan permanente y constante que nos hace convertirnos en un pueblo sin capacidad de evolución, entregado a montar estos circos para difundir desde una iniciativa privada hasta la ridiculez más absoluta con tal de salir en la foto.
Llevamos años en el mismo sendero, sin cambios, sin hacer otra cosa que asomarnos al balcón de los ridículos.
En fin, aún no hemos llegado al límite de la vergüenza pública pero quizá lo hagamos, sí.






