El debate de presupuestos celebrado ayer bien podría haberse rebautizado como el pleno de la convivencia. Más del 50% de la discusión política se centró en eso, viéndose marcada por un chorreo de reproches que viene a significar que algo no funciona bien. El nivel de representación política que tenemos es el que hemos votado, no nos engañemos. Porque aquí hay quienes parece que se rasgan las vestiduras cuando ven las cosas que pasan y no analizan que hubo una votación, que hubo una jornada en la que los caballas que quisieron ejercer su derecho al voto fueron consecuentes con las ideas que tienen y así depositaron la papeleta en la que creen. ¿Engañados? Somos mayorcitos, ni engañaron a la ciudadanía cuando desembarcó el GIL ni se ha hecho ahora.
Pasan los años y continuamos sin superar determinados discursos que chocan con la visión del mundo actual, siendo más propios de la época de los estamentos sociales en los que unos servían para pisotear y otros nacían ya con la marca de pisoteados. No, eso hace tiempo que pasó, pero todavía hay quienes se empeñan en apropiarse de una superioridad que la propia realidad se encarga de tornar vergonzosa.
El pleno de la convivencia sirvió para arreglar bien poco el triste panorama que algunos se empeñan en dejar a nuestros hijos, buscando mantener una ciudad en donde los enfrentamientos deben ser políticos, no de otro calado ni fundamentados en otras cuestiones como la religión de cada cual. Mal vamos si ese es el camino que algunos gustan de explotar y mal vamos si no se madura lo suficiente como sociedad entregándonos a ese seguir moviéndonos como peonzas en torno al mismo círculo sin superar prejuicios, complejos, traumas o maldades.
Quizá entre todos hayamos tenido cierta parte de culpa porque entre todos hemos permitido que se llegue a la situación actual, en la que la convivencia se debate no se vive. La degeneración social avanza sin frenos y las voces de los llamados a parar esa tragedia o desaparecieron bajo el signo del fracaso o callaron cansados de pegarse durante tanto tiempo contra el mismo muro sin apreciar siquiera grietas. No es tiempo de agachar la cabeza, ni tampoco de discursos cambiantes según salga el sol. Solo cuando seamos conscientes de que debates así nos hunden como personas, habremos aprendido algo, habremos hecho algo por nuestros hijos, por fin, algo digno.






