Cada vez que muere una persona afectada por el Covid, toda una familia queda rota sin esperarlo. Además lo hace de la forma más cruel, en muchos casos sin poder despedir a su familiar como quisiera o, simplemente, sin despedirlo. Así, sin más. Desgraciadamente, como a casi todo, también nos hemos acostumbrado a las muertes por Covid.Y lo hemos hecho hasta el punto de perder el miedo, de arrinconar el respeto, de seguir nuestra vida como si nada de esto estuviera ocurriendo. El mismo día que dos personas mueren, una parte importante de la sociedad sigue su fiesta. No va con ellos. El día previo, en el que los fallecimientos se elevan a 3, las reuniones sociales ofrecen una visión al público, sin sonrojo, del incumplimiento masivo de las normas. Da igual. No es que no crean en esas muertes, sino que las han normalizado, dando pie al crecimiento de una irresponsabilidad que asusta y que es peligrosa. Lo es por sus consecuencias inmediatas.
Cada vez que leo un recuerdo a una de las personas fallecidas, aunque no la conociera, siento el mismo dolor como si la tuviera cerca. Sobre todo cuando conoces el lamento de quienes no han podido siquiera dar el último adiós porque están confinados en sus casas o quienes no han podido despedirse de sus seres queridos porque no podían abrazarles o besarles. Así se están enterrando a las familias, así se está colocando el punto y final a historias vitales cortadas demasiado pronto.
Por eso es difícil de entender cómo la mayor de las preocupaciones de muchos se centra en cuándo se levantará el toque de queda o cuándo llegará la recuperación de una vida social coartada. Pensar en eso cuando están muriendo personas no solo refleja un egoísmo sin igual, sino que da un paso más ya que supone un nivel de borreguismo social que asusta. Un borreguismo social incapaz de ir más allá, de reflexionar, de valorar lo que importa y lo que no. Un borreguismo social manipulado, controlado, que protesta solo cuando se invade su parcela de libertad, importándole un carajo lo que sufra el resto.
Así estamos. Siguen muriendo padres, madres, abuelas y abuelos. Sigue habiendo familias rotas, sigue habiendo injusticias... pero lo que importa no es más que la recuperación de intereses mermados. Nada más allá.






