Sábado trágico: tres muertes más. Y desgraciadamente parece que nos acostumbramos ya a escribir de ellas como si nada. Tres muertes que solo afectan a quienes tienen respeto por la situación que vivimos y cumplen a rajatabla las normas. ¿El resto? Hay a quienes les da igual todo lo que ocurra: siguen organizando fiestas, continúan haciendo vida social como si nada pasara, incumplen el toque de queda, en cuanto pueden evitan el uso de mascarillas o la distancia social. No va con ellos, pensarán. Pero sí va, porque de esa mala actitud pueden derivarse más contagios, y de nuevos contagios haber más muertes. No es lógico que hayan pasado las diez de la noche, y que se siga viendo a grupos por la calle; que las autoridades aconsejen reducir los encuentros sociales y haya quienes son capaces de estar horas y horas sentados a la misma mesa, por supuesto sin mascarilla, como si esto no fuera con ellos. No es lógico que haya una parte de la población cuya máxima preocupación y enfado no están vinculados a que sigan falleciendo personas sino a que las autoridades les hayan fastidiado el puente en la Península. No, no nos damos cuenta de lo que pasa, de que el riesgo sigue siendo extremo. Y no, la autoridad, quien tiene el mando que es la Ciudad, no está siendo lo rápida que debiera a la hora de reaccionar de manera efectiva ante los incumplimientos claros que todos vemos menos quienes deben hacerlo.






