Se llamaba Mohamed El Khalid. Tenía 64 años y su historia fue una de tantas que se ha contado en este periódico durante todo este tiempo en el que llevamos sometidos a la dictadura del coronavirus. Mohamed tenía cáncer pero el cierre de fronteras le sorprendió en Marruecos. No pudo volver a España para darse la quimioterapia hasta que ya fue demasiado tarde. Cuando casi por caridad le permitieron embarcar en uno de los ferry habilitados por la Embajada, su salud había empeorado demasiado. Mohamed murió el 7 de julio, el deseo de su familia era enterrarlo en Marruecos, aspiración imposible para este súbdito de Mohamed VI como lo ha sido para los miles de marroquíes que han muerto fuera de su tierra. Él encarna un drama más entre las historias de atrapados que les hemos ido contando y que van creciendo conforme pasan los meses porque son más las que salen a la luz.
Llegará un día en el que alguien se avergonzará de lo que ha pasado y de lo que se ha permitido. Quizás es una aspiración que muchos tenemos, después de asistir a la negación de los derechos más básicos por parte de un país al que le da igual dejar literalmente tirados a sus propios nacionales, sin recursos, separados de sus familias, sin poder salir adelante.
Si Mohamed hubiera marchado antes a España, su lugar de residencia, podría haber recibido el tratamiento a su debido tiempo. Como él han sido muchos los que han muerto sin saberlo, otros se han salvado de milagro pero son demasiados los que sufren en silencio sin poder salir adelante y sin encontrar recursos para subsistir.
Se podría hacer un libro con las historias que se han publicado desde el cierre de fronteras en este periódico. Un libro de muertes, nacimientos, familias separadas, enfermedades, injusticias... pero sobre todo de responsabilidades y de exigencias. Por eso, cuando se habla de estas personas en términos económicos, cuando se usan mensajes teñidos de connotaciones radicales y despreciativas, hay que leer dramas como el vivido por un padre de familia cuyo único delito fue viajar a su país del que esperaba salir en días y terminó abandonando meses después, con una vida ya agotada y un punto y final que se adelantó a su tiempo.






