Las diez líneas que casi llenaron una página entera del libro, con letra redonda, márgenes generosos y líneas ascendentes. Aún no había comenzado el acto central de la tarde y ambos políticos mostraron su buena sintonía con obsequios mutuos. Para el isleño un escudo de la Ciudad, y para el ceutí una placa con el himno canario.
Mientras tanto, los preparativos se afanaban por tenerlo todo a punto. La Cruz Roja, por ejemplo, había traído incluso una silla de ruedas por si era necesario trasladar a personas de movilidad reducida. Precisamente, esta organización era una de las premiadas con la medalla. Los músicos en sus puestos afinaban los instrumentos esperando la actuación que no llegaron a dar, pero que a buen seguro hubieran interpretado a la perfección. Como a la perfección recogieron sus instrumentos de manera discreta cuando llegó el momento.
En el patio de las Murallas Reales se respiraba el ambiente de lo que quería ser una celebración con todas sus fuerzas. Ataviadas con sus mejores galas, las personalidades de la ciudad se fueron presentando en el lugar indicado y charlaban entre ellos. Políticos de diferentes colores se abrazaban o besaban, y el comandante general departía con los coroneles de los diferentes regimientos. Otras personalidades del mundo empresarial tampoco se querían perder la ocasión, como el presidente de la Asociación de Estaciones Náuticas de España, acompañado por su homólogo local. Y llegó el presidente ceutí con el vicepresidente canario momento en el que los periodistas fueron hacia ellos. Uno a uno, fueron saludando a los representantes políticos civiles y militares; cada saludo recogido por, al menos, cuatro cámaras de foto y otras tantas de video, por si quedaba duda. Peculiaridades del protocolo y la buena presencia, ellos ponían la seriedad de los trajes y ellas los conjuntos.
Todo ello bajo la atenta mirada del dispositivo desplegado por la Policía Local, el mismo que poco después permitiría a la ambulancia salir escoltada, ganando unos minutos cruciales en la carretera.
En el público, los ceutíes de ‘a pie’ también se habían preparado para celebrar un día tan importante como el 2 de septiembre. En las sillas provisionales de plástico, llamaba la atención la estampa de Juan Vivas y José Manuel Soria: a cada uno un macero, una silla forrada en terciopelo rojo y un bigote, cada cual a su estilo.
Un público que también había acudido a la cita con la ilusión de disfrutar del día dedicado a la propia tierra, y por ello habían sacado del armario la ropa de los mejores domingos.
Los aplausos eran entusiasmados ante cada uno de los discursos, que se realizaban con un ánimo positivo. Un espíritu que, después de la preocupación, se convirtió en sereno. Cuando el micrófono anunció el fin del evento, cada cual recogió su parte y la alegría dejó paso al silencio, que esperaba un desenlace feliz.
Como es costumbre en estos actos, la Ciudad se esforzó también por que las personas con algún tipo de dificultad auditiva pudieran disfrutar del acto central del Día de Ceuta. Dos intérpretes se turnaron, durante los pocos minutos que duró la celebración en las Murallas Reales, en la traducción e interpretación de las palabras habladas, transformando las expresiones en lengua de signos. De este modo, todas las personas con algún tipo de sordera que quisieron entender qué sucedía pudieron hacerlo.
Para ello se les reservó, como en otras ocasiones, la primera fila de asientos en uno de los laterales de la grada. ¿La única diferencia? Los aplausos en LSE (Lengua de Signos Española) consisten en agitar las palmas extendidas, en vez de chocarlas. Así fue como aplaudieron los discursos que se pudieron oír en lo poco que duró el acto. Una celebración que, además, comenzó con un leve retraso debido a la pereza de muchos por escoger un asiento en el patio, prefiriendo aprovechar la tarde para departir con sus conocidos y amigos.








