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Tópicos y estereotipos: la Ceuta fragmentada en los 60/70

Por Maribel Lázaro
21/10/2018 - 00:05

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Pienso en Ceuta, reflexiono sobre ella, sobre su pasado, su presente, su futuro siempre incierto… Escapo hacia los años 60 y 70, en los que nos vino a mi generación la conciencia de ser y de estar. Atravieso el Estrecho y desembarco en la Universidad de Granada, en el curso académico 70/71, y en la Facultad de Filosofía y Letras en plena efervescencia política: la lucha contra el franquismo y por la democratización del Estado. Años de huelgas generales, de paralización de las actividades académicas, de represión policial, de encarcelamientos de amigos y compañeros…, en una ciudad, Granada, cuya Universidad, unida al movimiento obrero, fue una de las que encabezaron la batalla contra la dictadura y a favor de un tiempo nuevo.

Cinco años, del 70 al 75 que nos transformaron a muchos de nosotros, observando, a partir de entonces, nuestra realidad con otra mirada, con otros ojos. Y en medio del estrés político y académico, los estudiantes ceutíes, y me consta que también los melillenses, fuimos foco de curiosidad entre el resto del estudiantado, asomando curiosos tópicos y estereotipos que nuestra identidad provocaba y que no dejaron de sorprendernos nunca. El primero en aparecer fue el calificativo de “moro” o “mora”, que se nos hizo habitual desde el primer momento. Pero esto, que sería impensable hoy día, a pesar de que algunos impresentables lo sigan utilizando con connotaciones racistas y de desprecio, no nos afectaba entonces en modo alguno, incluso me atrevería a decir que nos enorgullecía, porque nos hacia un tanto diferentes entre aquella población estudiantil procedentes de tantos lugares de España. Cuando alguien nos presentaba, se decía, por ejemplo: “Este es de Jaén, este de Alicante, y esta es mora…”, sin tener que precisar el nombre de la ciudad a la que pertenecíamos, si Ceuta o Melilla. En el epíteto no existía ninguna connotación religiosa ni racismo, no se quería distinguir entre cristianos o musulmanes, nada de esto. Solo se hacía referencia a nuestra identidad ceutí, la ciudad de Ceuta, por entonces “Plaza de Soberanía” (hasta 1995). Aunque, fuera de la Universidad, hubo quien comentó en su día: “Pues para ser de Ceuta, habla usted muy bien el español…”. Esto, que ocurría hace más de cuarenta años, sigue funcionando en el imaginario de mucha población peninsular. Hace tres días, sin ir más lejos, una señora de un pueblo cordobés, me comentaba: “Mi hija estaba muy a gusto en Ceuta, pero como tenía que escolarizar al niño, se ha venido para acá, porque allí se enseña en otro dialecto…”.

También la geografía de Ceuta, ha formado parte de estos tópicos y estereotipos habituales, normalmente solapada por la ciudad de Melilla, que parecía ser más habitual a los oídos peninsulares que la ciudad de Ceuta. Toda vez que he dicho que soy norteafricana, la respuesta ha sido rápida:

-De Melilla, ¿no?

-No, de Ceuta.

-¿Al lado de Melilla?

- No, a 500 kms.

-Vaya…

O el habitual donde los haya: el imaginario del desierto nada más atravesar el Estrecho. Y no digamos, el repertorio de la soldadesca destinada a “África” para el antiguo servicio militar (la mili), con el rosario de lamentos de las madres por haberles tocado a sus hijos Ceuta o Melilla. A la respuesta de “soy de Ceuta”, nunca faltó una señora que respondiera: “Uy, de Ceuta, allí tuvo la desgracia mi hijo de hacer la mili…”, lo que creaba un desconcierto en la conversación, que rápidamente se terminaba.

Otro de los estereotipos que teníamos que afrontar en aquel entonces era el de asimilarnos a los militares: “Tu padre es militar, ¿no?...”. Y se repetía una y mil veces: “No, no. Yo pertenezco a la población civil”. Respuesta que tantas veces se subrayaba sacando a la superficie la población civil de Ceuta tan olvidada en la plaza militar de ese tiempo.

El estigma de “matuteros” tampoco lo perdimos nunca. A la mínima de cambio y tras conocerse que eras de Ceuta, abundaban los que te encargaban que le trajeras un cartón de Malboro o una figurita china. Mil historias podrían contarse sobre lo que cada uno de nosotros hemos experimentado al salir de Ceuta en aquellos años, rellenar con ellas muchas páginas.

Decía que aquellos años universitarios de los 70 y siguientes nos transformaron a muchos de nosotros, que regresábamos con frecuencia a la ciudad con una nueva mirada crítica aprendida en las aulas universitarias. El acostumbrado paisaje habitual de Ceuta y su especial idiosincrasia, nos mostraban ahora una ciudad fragmentada en poblaciones, dogmas y clases sociales diferentes, que han ido evolucionando extraordinariamente hasta el día de hoy.

En los años 60 y 70, en los que básicamente vivimos nuestra adolescencia y primera juventud, Ceuta se veía fraccionada en dos poblaciones muy diferentes: la militar y la civil, con una profunda separación entre una y otra. Si bien ambas poblaciones se encontraban estratificadas a su vez por diferentes categorías. En la militar, oficiales y suboficiales obedecían a una estricta línea divisoria respetada por unos y otros. No todos gozaban de los llamados “asistentes”, aquellos soldaditos que servían en las casas de los oficiales como apoyo doméstico a las familias. La población civil también estaba dividida en dos clases sociales de muy escasa permeabilidad entre ellas: una burguesía (cristiana, judía e hindú) de comerciantes adinerados y profesionales de rango superior, médicos, abogados…, y una clase media baja (cristianos fundamentalmente) que iniciaba su andadura hacia una mejor posición social, favorecida por un cierto desarrollo de la ciudad. A esta clase media baja se añadía otro estamento social (cristianos y musulmanes) precario y con dificultades para prosperar, y habitantes de los barrios marginales de la ciudad, Pasaje de Recreo, El Príncipe…

Las instituciones escolares, educativas, se resolvían en el Instituto público de Enseñanza Media (mixto hasta 1969), y los colegios religiosos: la Inmaculada (femenino) y los Agustinos (masculino). En cada uno de estas instituciones se acoplaba el alumnado en función de su pertenencia social y religiosa. El curso de nocturno del INEM apenas veía asomar a los estudiantes arabófonos (musulmanes). Pero haberlos, los había. Y una línea divisoria vestida de uniforme nos hacía diferentes a los adolescentes: los niños y niñas del instituto y los niños y niñas de los Agustinos y de la Inmaculada.

Aquella Ceuta de los 60 y 70, militar y civil, de comunidades y dogmas religiosos diversos, de distintas clases sociales, de puerto franco y matute, de frontera, de “moros”, judíos, hindúes y cristianos, Comunidad de comunidades, de tantas cosas distintas a las demás provincias españolas, nos hizo cargar a muchas generaciones con aquellos tópicos y estereotipos que dibujaban una identidad segmentada, fragmentada, que siempre nos acompañó y nos sigue acompañando aún hoy con otras etiquetas y con mayor complejidad que antaño. Solo quienes habitan en este tiempo el espinoso paisaje de nuestra hermosa Ceuta, lo saben.

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