Era lunes y el día seguía siendo maravilloso, a pesar de que estábamos en la primera semana de febrero. Parecía una primavera próxima al verano. Yo tenía sumo interés en que Myriam se sintiera muy feliz en esos días juntas.
Sabía bien el problema que suponía vernos de nuevo, pues sólo pasar de España y atravesar la frontera israelita era un auténtico sacrificio: muchos controles, muchas preguntas.... Cuando nos levantamos, la abracé y le di besitos, para que supiese que no estaba sola, que conmigo iba a contar siempre. Le dije, pues quería confortarla, que allí no estaba por estar. Su misión, a mi parecer, era importante, se avecinaban tiempos muy complejos e inesperados.
Nada sucede por casualidad, y ella, con su esfuerzo, ya tenía la recompensa. Se sentía feliz, muy valorada y querida por los suyos. Se respetaban mucho sus opiniones sobre cualquier tema que fuese importante para sus hijos. Myriam y yo teníamos el día entero para disfrutar, visitando lo que más nos interesaba de La Ciudad Santa, Pues Jerusalem es muy grande y se debe elegir el distrito por donde piensas moverte. Así que decidimos ir bajando por las intrincadas calles del barrio judío, hasta llegar al Cotel, el Muro de las lamentaciones, llamado así por los cristianos. Ella había visitado el Lugar Santo con frecuencia, después de salir de su trabajo en Petaj Tikwa, para pedir insistentemente por su nieta Cheer, una artista de niña en varios campos del arte, porque alguna dificultad le impedía hablar. ¡Hasta que lo consiguió después de varios años de espera. "Abuela, tú me has salvado, después de haber rezado tanto por mí en el muro", le dice la pequeña. ¿Y qué significado tiene el Muro para los judíos, ya que tanto respeto les inspira? El Templo se construyó en el cuarto reinado de Salomón, sobre el año novecientos sesenta y ocho antes de Cristo, con gran magnificencia. Se tomó como modelo el Tabernáculo. Durante siete años de trabajo, y fue muy costoso, con oro, plata , mármol y maderas preciosas del Líbano. Allí se trasladó el Arca de la Alianza con gran fasto, pretendían agradar a Dios hasta que viniese el Redentor.
Se amuralló la Ciudad, y como dice la Torá:"Todos y cada uno vivían dichosos a la sombra de su parra y de su higuera". Pero después de la muerte de Jesús, (y Resurrección), Jerusalem iba a la ruina. En el año sesenta y seis después de Cristo, los judíos se rebelaron. Vino el general Vespasiano, que invadió toda Judea. Más tarde fue proclamado emperador, y su hijo Tito quedó al mando del ejército, que dio los últimos golpes, rodeando las trincheras de la Ciudad de Jerusalem, como así lo predijo el Salvador. Era la Pascua. Muchos peregrinos quedaron encerrados en la Ciudad y los víveres se acabaron. Fueron asolados por el hambre, la peste y la guerra. En cuatro meses ganó Tito y atacó el Templo donde se parapetaron los últimos defensores de Jerusalem. Los obligaron a rendirse incendiando las puertas, e indicando que respetasen el edificio. Nos cuenta Flavio Josefo, historiador judío, un soldado romano, ¿por inspiración divina?, tomó un leño ardiendo y lo echó por una ventana. La consecuencia fue que el edificio se consumió entre las llamas. Murieron, según las fuentes, un millón cien mil judíos; más de cien mil judíos; más de cien mil fueron vendidos como esclavos. Josefo fue testigo ocular del suceso. Y escribe: "No ha habido pueblo alguno que haya presenciado tantos crímenes, ni ciudad que haya pasado por tantos sufrimientos semejantes".
Es por ello que los judíos rezan insistentemente y lloran por lo que allí pasó. Y los cristianos vamos también a rezar en aquel Lugar Sagrado. Debemos constatar en el plano histórico, que los primeros cristianos de Jerusalem sabían las predicciones del Maestro, se retiraron con su obispo san Simeón, al pueblo de Pella, en la montaña, al este del Jordán. En otra ocasión comentaremos que luego vino otra matanza espantosa, y el país quedó convertido en un desierto. Los últimos habitantes fueron vendidos como esclavos... Por eso, tanto respeto y veneración ante los restos del Templo, el Muro... Íbamos bajando las empinadas calles hasta llegar al Cotel, sin peregrinos, pero lleno de judíos orando en pequeños grupos, con niños acompañados de sus padres y familiares haciendo la bármisbac, en un día arrollador, radiante y hermoso.
Una vez allí, tomamos por error la rampa que conducía a la parte de los hombres. Los que nos vieron, pararon sus oraciones y nos indicaron el camino hacia el lugar de las mujeres. He de decir que cuando te encuentras en aquel lugar, sientes de improviso una alegría sin límites, una se figura que está en el sitio más importante de la tierra. Fuimos directamente a orar ante él de pie, como lo hacían tantas mujeres religiosas judías. Hicimos nuestras peticiones, las dejamos escritas entre las rendijas de la enorme Pared, y nos sentamos a meditar sobre la tensa situación que se vive en aquella parte del mundo. Veíamos llegar a jóvenes muy arregladas, bien maquilladas, bastante desinhibidas, que más bien parecían chicas neoyorquinas. Eran las acompañantes que iban a celebrar las bármisbac con los jovencitos del otro lado del Cotel. Ellas se subieron a un pequeño escalón que daba a la parte masculina y comenzaron a participar en las canciones y los salmos que cantaban ellos. Y todos parecían encontrarse con una felicidad grande. De repente, se oyeron unos por el aire unos sonidos característicos de avisos de próximos bombardeos. Myriam se agitó mucho, mientras yo inconsciente, permanecía expectante en mi silla. Preguntó a los que andaban por allí y les informaron que eran maniobras aéreas, y se tranquilizó. Luego rezamos el Ángelus y a continuación, decidimos subir a la Ática por un camino distinto al que habíamos bajado. Preguntó en un puesto de policía por dónde sería mejor la subida, y nos indicaron el camino más bonito, donde se veía todo Jerusalem en su esplendor y riqueza arqueológica. Los policías preguntaron si éramos judías; ella dijo que sí, porque Jesús también era judío.





