Es amplio y vario, séxtuple al menos, el hecho diferencial del devenir español.
Y es una y primigenia, su quiebra histórica: la falta de unicidad de su civilización, su déficit unitario en el interior y hacia el exterior, tanto a pesar de la gesta singular de América en el segundo caso, como del hecho privativo de la Reconquista en el primero, ya que el concepto resultante de cultura española no llega a la condición de unívoco ante la pujante realidad y riqueza de las demás culturas coexistentes.
La propia historia demuestra que España no se unió de manera natural, de que a pesar, como tantas veces se ha dicho, de unos límites facilitadores en el plano macropolítico, con gran parte de frontera marítima y de los Pirineos, configurando una piel de toro de medio millón de kms., el ensamblaje, la configuración del mapa nacional, de un estado siempre soldado en difícil equilibrio y sometido a tensiones nacionalistas, continúa obscureciendo la unidad, la unicidad, la univocacidad del concepto España, en el que esa España de las Autonomías, que recoge la constitución, responde a una concepción coyuntural más que a una creación elogiable desde la técnica del derecho político.
El siglo XX, tras el desastre del 98, arranca con el interés nacional bajo mínimos y sobre pretendidas regeneraciones morales y políticas, por lo demás impracticables a plazo razonable, se agiganta el espectro de las necesidades inmediatas a las que se dará una salida exterior. La otrora potencia imperial y luego colonial se verá constreñida a intensificar su política de exportación de capital humano con escasa preparación a Sudamérica, en una práctica ya iniciada un cuarto de siglo antes. Comienza el factor exterior en la política nacional, lo que es normal y deseable aunque desde el prisma contrario, mientras que sigue figurando la variable militarista. Y así, simultáneamente, el ejército volverá a las andadas, no permaneciendo mucho tiempo en los cuarteles y después de un sexenio republicano de desgobierno, conjuras e ingenuidades en asuntos exteriores, el franquismo, aplicando una técnica interior primaria, conseguirá diluir el interés nacional dentro del interés del régimen y tras un cerco internacional de tres lustros, abordará con realismo y con éxito la única política exterior a su alcance, la que le permitirá ante todo sobrevivir y luego estabilizarse. Parece claro que el general alcanzó innegables logros respecto del interés nacional interior e incluso, un juicio cabal sobre su dictadura, obligaría a reseñar que si la industria masiva del turismo hubiera comenzado a desplegarse a nivel europeo algo antes, difícilmente se cuestionaría la muy fundada probabilidad de un desarrollo suficiente del país.
Durante el franquismo, los políticos fueron administradores, en general eficientes, vistas las limitaciones que les hipotecaban. La técnica del poder también les era en gran medida ajena, correspondiendo casi en exclusiva al dictador y a su fiel Carrero, que sólo permitía derivas menores y desde luego controladas o al menos controlables.
Con la Transición comienza la política en la España contemporánea y los gestores de la res publica, pasan de administradores a políticos, aplicando las distintas técnicas del poder correspondientes al bipartidismo, que a la postre, lastrados por el mismo objetivo de mantener el poder a ultranza y con una desatada corrupción como factor denominador, tendrán similares efectos: se avanza, como corresponde a todo país europeo, pero menos de lo que corresponde, amén de pavimentar el iter con no demasiada altura en cuanto a la calidad democrática.
Nada menos que la audacia va a caracterizar la delicada y osada operación de ingeniería política o incluso, hasta de artesanía, que llevó al cambio de régimen, en la que Torcuato se movió con una especial habilidad por su dominio de los resortes del aparato franquista, como se ha reconocido nemine discrepante. De todas formas, su ejecutoria también pareció contar con la suerte de los audaces. Quizá se refiriera a eso, a la fortuna, cuando se proclamaba discípulo de Maquiavelo. Parecería oportuno precisar aquí un punto: En mi opinión, en toda la obra del escritor, político y diplomático florentino, no hay prácticamente ni una sola idea notable ni siquiera anotable para la toma del poder, lo que es muy diferente de los innumerables consejos y tácticas que el autor de las Décadas de Tito Livio ofrece por primera vez en El Príncipe para defenderlo. Por ello quizá pudiera concluirse que Torcuato, siguiendo al Rey, que siempre se ha caracterizado por jugar fuerte, y secundado y luego sobrepasado por Suárez, se lanzó a una operación para conquistar el poder, la defensa de la corona y la implantación del principio democrático, cuyo pronóstico daba un porcentual de éxito bajo sobre el papel y que terminaría funcionando en buena medida por aquella fortuna a la que invocaba Maquiavelo antes que a cualquier técnica consistente, al menos visible. Ello influiría en que el cuadro de situación resultante, si bien positivo en líneas generales y que ha facultado a un país que salía de una dictadura de cuatro décadas a normalizarse y desarrollarse, y a durar el plazo casi coincidente de cuarenta años, ofreciera una constitución viciada por la ausencia de resolución democrática de la forma política del estado más la indefinición sobre las competencias de la elevada cifra de las Autonomías, que constituye su principio vertebrador y en cuanto norma operativa excede en importancia a la otra variable programática citada.
Tras una primera etapa de escasamente un lustro con la previsible inestabilidad y un breve capítulo pretoriano dados los protagonistas y las circunstancias, el socialismo renovado toma el poder y con una técnica decidida consigue la entrada en Europa, lo que significa la clave mayor e imprescindible, e impulsa sobremanera la evolución del país, manteniéndose en el gobierno trece años, de donde será desalojado por la inocultable corrupción. Con los populares, a continuación, se instaura el bipartidismo y el desarrollismo prosigue a ritmo notable, con los políticos cediendo una cuota bastante de poder a los administradores públicos. España se proyecta próxima al grupo director europeo e incluso intenta aunque sin el necesario acierto, una especie de política exterior de prestigio, en la que figurará en consonancia el poco brillante episodio de Perejil.
Consagrado el bipartidismo, ninguno de los dos partidos, fuertes en la nueva concepción política española, que favorece su turno y mantenimiento en cierta medida de sus prerrogativas, parece capaz de resolver los problemas estructurales en grado suficiente, donde los económicos y su correlato del tercermundista paro, más la corrupción crónica y desbocada, vieja y nunca extirpada herencia hispánica, llevan al desconcertado más que conformista, que también, pueblo español a atribuir mayorías absolutas que naturalmente, en cuanto expresión directa de la heterodoxia política, no terminan de resolver una situación que en una panorámica de urgencia asimismo requiere cimentar las bases desarrollistas por encima de la turísticas sin nivel; suprimir organismos y funcionarios (e incrementar su número por necesario en determinados cuerpos como el diplomático, ya con españoles y correlativos intereses y necesidades proyectándose urbi et orbi, la judicatura o hacienda), en particular del hiperaparato autonómico, hasta donde demanda el sentido común administrativo; abolir ya el maltrato animal; ofrecer una imagen clásica europea, reduciendo el número de uniformados, especialmente de los policiales; implementar un sistema impositivo progresista y adecuado; perseguir la razonable igualdad entre los ciudadanos; solventar el contencioso del Sáhara –pero con qué derecho los políticos, el estamento más denostado a nivel nacional, se arrogan la facultad de violar la responsabilidad histórica de España, que yo mismo he tenido el honor de sentir in situ- y tantos más, empezando como es obvio por la trilogía sanidad, educación y justicia, cuyo largo y profundo memorial excede de estas pobres líneas.
Los efectos negativos han terminado engendrando en cuanto revulsivo las pronosticables cuotas de un pararadicalismo, adaptable para sobrevivir, de izquierdas con Podemos cuyo verdadero alcance no se apreciará hasta las inminentes elecciones pero que en cualquier caso alterará el turno bipartidista, previsiblemente al alinearse con los socialistas, produciendo un nuevo escenario que por lo pronto exigirá a los políticos, con todo el posibilismo que se quiera, considerando que también como elemento corrector ha surgido una segunda fuerza emergente, Ciudadanos, ésta más centrada, a bajar con superior frecuencia a ras de tierra al tener que responder ante los gobernados en instancias más directas.
La nueva constitución tiene que abordar perentoriamente el federalismo, con un difícil juego de equilibrios, complicado todavía más por los partidos nacionalistas, hasta donde permita una técnica básica del poder, del reparto del poder, que encauce las afuncionalidades, las duplicidades y el número de las autonomías. Y asimismo, el principio de libre disposición, que ya en el XIX Renan y Bergson delineaban con nitidez: ¨La nación es un alma, un principio espiritual¨; ¨la nación es una misión¨. De ahí y más en el XXI, que toda colectividad, con especificidades reconocibles y suficientes, pudiera tener derecho a constituirse en nación, en la que su alma singular faculte para embarcarse en la misión histórica de llevar adelante su propio destino. En el caso español, en el difícil caso español como se ha subrayado en el párrafo inicial, habría que buscar al mismo tiempo, la afirmación de la compatibilidad que permitiera, más allá de las diferencias y a la búsqueda de la armonía política que parece resultar tan posible como deseable, seguir todos integrados en la misión común española.





