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Dolorosa despedida

Por Redacción
16/08/2015 - 07:43

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Cuando hablamos de los dolores de la Virgen María, no recordamos el infinito dolor que sufrió ante la separación definitiva al marcharse Jesús, para comenzar Sus tres años de vida pública. Nuestra Madre estaba viuda, Su esposo hacía unos años que había muerto.
 Nos vamos a sumergir en aquel atardecer  en que se despedían Madre e Hijo. Tenían encendidas las lamparitas de aceite en la pequeña sala de la casa que daba al huerto, en donde, según las costumbres judías, tenían cultivadas verduras y frutas para uso familiar, además de algunas plantas medicinales para ciertas enfermedades. A ninguno de los dos le salen las palabras. Ella arrastra Su pena de la cocina al comedor, trayendo el caldo de verduras molidas, los peces fritos, el queso blando y los panecillos oscuros; todo lo mejor acumulado para celebrar un adiós tan triste. Prepara además la Virgen una alforja de tela con manzanas secas para el camino, que las tenía guardadas en la alhacenilla del huerto. Ambos están sentados uno frente al otro y se miran en silencio, pálidos, con gran amor. Ella parece envejecida por el llanto implacable, que desearía contener y no puede, y que Jesús respeta bajando la cabeza, pensativo. Nadie de entre ambos tiene más hambre. Jesús acaricia la cabeza de Su Mamá, le enjuga el rostro con la orilla de Su manga, la atrae sobre Su corazón, la abraza en medio del silencio absoluto. Y la conforta.
“Mamá, debo empezar con la misión encomendada desde el Cielo. Vendré a verte siempre que pueda. Cuando esté en Galilea te mandaré llamar para que vengas conmigo. Los familiares te acompañarán, no estarás sola, y así Yo estaré más tranquilo. Cuando haya vencido la Prueba, llegará la paz y la alegría a los hombres”._ Ella asiente con la cabeza, pero Su llanto continuo e imparable le impide hablar y tiembla de emoción. Entonces Jesús, con total delicadeza, levanta de la silla a Su Madre y rezan juntos el Padre Nuestro, una oración que más tarde enseñaría a Sus discípulos. Son dos trocitos de Cielo brillando en la oscuridad, con los brazos abiertos mirando a la Inmensidad, desde el huerto de Nazaret.
Son muchas las caricias de despedida entre Madre e hijo, y sin consuelo entre tanto sufrimiento. Jesús se envuelve en Su manto azul, que la Mamá le recoloca por detrás. Se marcha ya, pero aún hace tiempo para volverse y bendecir la estancia. Ella, apoyada contra la puerta y llorando sin parar, se queda hasta que deja de ver a Su hijo. En soledad, cierra la puerta de la casa y comienza Su “Camino al Gólgota”.
El primer dolor de María había sido en la presentación con el Niño en Templo, cuando el anciano Simeón pronunció sus palabras proféticas sobre lo que padecería el Mesías. El segundo dolor fue en la huida a Egipto entre fatiguitas y penurias hasta atravesar el desierto. El tercero ocurrió con la muerte de José, Su amadísimo esposo. Y el cuarto lo estaba viviendo en esos momentos, a pesar de que ambos sabían que un día iba a llegar ese momento. También los padres de hoy sufren este desconsuelo en semejantes situaciones, cuando se separan para hacer la voluntad de Dios. ¡Cuántas veces nos encontramos con el dolor, que como espinas, nos atraviesan el corazón! En realidad, esto lo referían las Escrituras por medio de los Profetas. No podían oponerse a la Voluntad del Padre, ni rebelarse, ni blasfemar contra Dios, Que Dios no nos arrebata nada, es que nosotros no sabemos aceptar Sus designios.
Jesús sólo tenía en la tierra el cariño de Su Madre y María el de Su Hijo. En Ella se concentraban todas las gracias Celestiales que la hacían perfecta. Sin embargo, de cara a la sociedad circundante, ni parientes, ni vecinos, comprendían la actitud permisiva de una Madre sola, que dejaba marchar a Su Hijo, Su sustento, pues era un misterio aún sin desvelar el designio, según el Padre, del Hijo Celestial.
Desde la Sinagoga, la historia hebrea y el conocimiento de los Profetas eran bien conocidos por el pueblo. No era misión fácil ser Profeta, solían darle muerte y a los parientes los cargaban con molestias. Sorprendía que María estuviese en continua adoración ante Su Hijo. Nadie lo podía comprender. La única familia que lo intuía y respetaba a la Madre era María de Cleofás y su marido Tadeo, hermano de José, y sus hijos Santiago, Judas y Simón. La de Cleofás lloró después junto a la Virgen la muerte de Jesús.
La Virgen María lloró porque era Corredentora y Madre de género humano, y Su llanto serviría de consuelo a los misioneros que sufriesen el martirio por Dios, en las regiones más inhóspitas del mundo. Ella derramaba Sus lágrimas porque tenía además un corazón caritativo, que esparcía amor futuro en los desiertos del alma humana. En María observamos el “Santo llorar”, que vigoriza el espíritu e infunde valor a los débiles.
Como ejemplo, Jesús y María piden perdón al Padre, sin haber cometido pecado alguno, pero sí para solicitar fortaleza ante la Misión tan difícil que se avecinaba. Y piden el “Pan nuestro”, el pan diario, pan que amasó María y coció en Su horno casero y al que Jesús acarreó tantas veces un haz de leña para la cocción, y que formó parte de la Gran Misión que debería cumplir antes de marchar junto al Padre. Y oraron juntos. De este modo, cuando oremos a Jesús, sabremos que Él elevará nuestras peticiones al Padre, que subirán al Cielo convertidas en hostias de valor infinito. En efecto, Jesús se separa de María con inmenso dolor, necesario para poder alcanzar la gracia del Calvario, su meditación y los arrepentimientos. Esto era lo que buscaba Jesús para nosotros, aunque nos cueste comprenderlo. Él buscaba nuestra entrega generosa.

(Inspirado en “Poema del Hombre Dios”, tomo 1ª, maría Valtorta)

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