La entrada en vigor de la reforma del Código Penal ha dejado la puerta abierta a unos delitos sangrantes que encuentran en las fronteras de Ceuta y Melilla su escenario de máximo desarrollo.
Son los delitos de favorecimiento de la inmigración ilegal, aquellos que más anulan a las personas, aquellos que no hacen sino recordar los tiempos de la esclavitud en los que los inmigrantes son sometidos a todo tipo de prácticas a cambio de conseguir su libertad (o creer haberla conseguido). Traficar con las personas, aprovecharse de la desidia de un continente machacado por Europa, jugar con las vidas del resto debería estar castigado con penas máximas. Muy al contrario, con la reforma del Código Penal va a resultar complicado que las fuerzas de seguridad presenten ante un tribunal las pruebas suficientes como para conseguir que los detenidos terminen encarcelados.
Lo hemos visto esta misma semana. El pasador de esa mujer subsahariana, cuya imagen oculta dentro de un saco todavía guardamos en la memoria quienes aún nos sorprendemos con estas situaciones, ha sido condenado al pago de una multa. Punto y final. ¿Acaso con este tipo de reformas se penaliza el aprovechamiento que se hace de la pobreza, el lucro de quienes están detrás de los meros pasadores alimentando el negocio de la inmigración?
Pareciera como si a ojos de los ‘padres’ de esta reforma el tráfico de personas fuera algo trivial, algo que no debe castigarse con duras penas... Los hechos nos lo están demostrando, ¿acaso esa fotografía de una mujer sometida a un tipo de pase inhumano, cosificada dentro de un saco, expuesta a un futuro explotador... no merece mayor castigo que una multa de poco más de 800 euros para su pasador?, ¿a qué estamos jugando?, ¿qué papel les espera a Ceuta y Melilla?, ¿se lo estamos poniendo difícil a los pasadores o colocándoles una pasarela?
La historia nos demuestra que la única manera de acabar con algunos delitos (o cuando menos aminorarlos) es con sentencias contundentes. Lo vimos con la Operación Marinas y la eliminación de las semirrígidas que se habían adueñado de un puerto deportivo que era una auténtica vergüenza. Lo vimos con los motores humanos, después de años en los que los fallecimientos de subsaharianos enfundados en trajes de neopreno y abandonados en el mar rompieron todas las estadísticas mortuorias. El trabajo de la Audiencia Provincial en su Sección VI fue brillante y los resultados se vieron. ¿Qué nos espera ahora? La torpeza se ha adueñado del único poder que puede hacer cambiar las cosas.





