Si descartamos Australia, Madagascar con sus 587041Km2, es la cuarta isla en extensión de nuestro planeta. Inicialmente estaba unida a África, India y la Antártida, pero la deriva continental la separó, quedando aislada en el Océano Índico sobre la placa africana, en el hemisferio sur. Los animales que allí vivían siguieron un proceso evolutivo propio, por lo que son muy frecuentes los endemismos, más del 90% de su fauna y flora, destacando 101 especies de lémures y unas 80 de camaleones.
Los primeros seres humanos llegaron después del primer siglo y procedían de Indonesia, más tarde de África, Asia y Europa. Sus habitantes se denominan malgaches, nombre de origen portugués. Actualmente se reconocen 18 grupos tribales, los más numerosos Merinas y Betsileos. La llegada del hombre a la isla supuso la desaparición de algunas especies y la introducción de otras, tal es el caso del cebú, animal emblemático en la ganadería malgache. Portugueses, españoles, holandeses, ingleses y franceses intentaron instalarse en la isla, pero sólo los últimos lo consiguieron, dejando su impronta cultural, sobre todo el idioma. Madagascar se independizó de Francia en 1960, convirtiéndose en una república.
Actualmente está dividida en 22 regiones y la capital es Antananarivo, Tana, para los locales, donde viven unos 3 millones de personas, la décima parte del país.
Las carreteras son malas y mal señalizadas. La N7, que va de norte a sur, está llena de socavones y es un infierno circular por ella.
La alimentación se basa en el arroz, mandioca y maíz. En los campos muy pocos tienen agua corriente y sanitarios. Sólo un 30% tienen acceso a la electricidad y al gas, la fuente de energía habitual es el carbón. El salario mínimo está en 71.000 ariarys al mes (22,2 euros) y el medio es de 270 eurps.
En Madagascar hay 21 parques naturales representativos de 7 ecosistemas diferentes. Para tener una visión de ellos, en agosto de este año nos metimos en un viaje largo y duro. La parte más dificultosa ha sido el Parque Nacional Tsingy de Bemaraha, ubicado en la región Melaky, en el centro oeste de la isla. Aunque sobre el mapa dista de la capital 280 km, la llegada no se puede hacer por el camino más corto, tuvimos que volar a Morondava, ciudad costera frente al Estrecho de Mozambique, donde destacan los campos de arroz y la pesca de una gamba llamada “rosa”. Al día siguiente, en un todoterreno, acompañados por un conductor local, Ala, tomamos rumbo norte hacia Belo Tsiribihina por un “camino infernal” donde batimos nuestros cuerpos en todos los ejes. Esta zona es dominio de los Sakalavas. A uno y otro lado se ven termiteros, casas muy modestas de caña y barro, techos de paja y aleros para la protección del sol. Determinados tramos son muy estrechos y las ramas golpean sobre el coche cómo látigos. Tenemos que llevar los cristales cerrados para que el polvo no nos entierre. Hay niños de piel oscura por todos lados que, aunque mal vestidos, generalmente sucios y descalzos, tienen un semblante bastante agraciado, sobre todo las niñas. Al ver pasar nuestro coche nos persiguen durante un tramo llamándonos Vazaha (extranjero, hombre blanco), pidiendo un caramelo, un pastel, agua o el recipiente de esta para venderlo, algunos van con su hermano sobre la espalda.
A medio camino, antes de llegar al río Tsiribihina, ya se ven los primeros baobads de la especie Andasonia grandidieri, ese extraño árbol de tronco grueso, ramas horizontales, como si tuviera las raíces en lo alto; por estas fechas apenas tienen hojas y sus frutos ovalados de unos 15 cm muestran un color pardo-rojizo. La corteza se usa para fabricar cuerdas, cubiertas de casas y cestos. Con el contenido de los frutos se fabrica la leche de boabad, rica en fibras, aminoácidos, sales y ácido ascórbico. En los troncos de algunos de ellos se pueden ver agujeros escalonados que los locales utilizan para subir a las ramas. Son árboles milenarios capaces de almacenar ingentes cantidades de agua. En Madagascar hay 6 especies diferentes. Afortunadamente aquí se considera de poca utilidad, de otra forma sería pacto de la tala y el fuego.
A eso de las diez pasamos por Le Allée des Baobads, un tramo de 300 m bordeados de unos 27 renalas, así llaman aquí a estos árboles, algunos con más de 30 metros de altura, fue un momento mágico que no olvidaremos, más tarde vimos los baobads enamorados y el sagrado.
Después de 3 horas y recorrer sólo 100 Km llegamos al río Tsiribihina, de aguas barrosas, donde en unas barcazas a motor pasamos al otro lado en 45 minutos, el ambiente en ambas orillas es modesto pero muy animado, allí se comercia con productos de necesidad diaria, comidas y bebidas. Cómo el sol era muy intenso algunas mujeres llevaban una especie de máscara de barro para protegerse. Las piraguas iban de un lado a otro, por el aire volaban milanos y en las orillas había aves acuáticas y cebús.
La segunda parte del recorrido fue aún peor, tardamos 4 horas en hacer la misma distancia hasta llegar al río Manambolo. Hicimos cola para atravesarlo en una barcaza manejada por indígenas con palos que apoyaban en el fondo. Al otro lado están los pequeños poblados de Andadoani y Bekopaka. Tras recorrer 200 Km en 9 horas estábamos derrotados. Al día siguiente veíamos todo de otro color, desde la terraza donde desayunamos al amanecer se nos presentaba una enorme superficie cubierta de vegetación que se perdía en el horizonte.
En este lugar está uno de los límites del Parque Nacional de Bemaraha de 1520 Km2, patrimonio de la humanidad desde 1990, ubicado sobre una meseta homónima que se extiende hacia el norte a una altura entre 150 y 934 m sobre el nivel del mar. La parte visitable, el Parque Nacional de los Tsingys, abierto al turismo desde el 16 de octubre de 1998, ocupa 656 Km2, la superficie restante es Reserva Natural, no accesible al público. Es un entorno geológico, forestal y faunístico donde lo más llamativo son unas formaciones rocosas de 8 km de anchura. Estos macizos calcáreos de color gris antaño estuvieron bajo el mar como lo reflejan los fósiles de conchas y corales visibles en sus piedras, muy posiblemente formaron parte de un antiguo arrecife que se elevó sobre las aguas. La erosión de la lluvia hizo el resto, lo moldearon caprichosamente en forma de agujas, crestas estriadas, pasadizos, gargantas y cuevas, un laberinto por el que es difícil y duro caminar: Los Tsingys, palabra malgache que puede significar pináculos, donde no se puede andar descalzo o andando de puntillas sobre las piedras.
El río Manambolo recorre estas formaciones por el sur, de este a oeste y ha dado origen a dos paredes verticales de más de 40 m llamadas las “Gargantas”, parecen formadas por grandes placas apiladas de color amarillento, en tramos oscuros, donde crece la vegetación en el mínimo resquicio y las aves se posan o anidan en sus ramas. Acompañados de Biru, guía del Parque, navegamos en piragua durante dos horas hacia el este, visitamos dos cuevas con estalactitas y estalagmitas, la segunda semejaba una boca gigantesca. Por el aire las rapaces oteaban el terreno y en las zonas menos profundas del río las acuáticas se daban un festín de peces, caracoles y gusanos.
En este parque hay dos recorridos para los Tsingys, ambos son circulares; el pequeño es de unos 2 Km, nosotros lo visitamos después de navegar por el Manambolo, nada más entrar un lémur Sifaca, encaramado en lo alto de un árbol, nos miraba con desconfianza, se rascaba la cabeza con las patas, como diciendo que hacíamos nosotros allí. Poco a poco entramos en un laberinto de bloques por el que teníamos que andar de costado, con cuidado para no golpear las cámaras, pasadizos y cuevas donde nos iluminábamos con linternas y por todos lados raíces y troncos de plantas que afloran por encima de las piedras, estábamos viendo su parte subterránea. Más tarde salimos de nuevo a la luz, encontrándonos superficies de formas inverosímiles: agujas, pináculos, crestas con filos en sierra y superficies estriadas, muy cortantes; aquí no hay nada liso, apenas hay sitio donde poner los pies con comodidad, lo que dificulta la marcha, para los inexpertos, como nosotros, se necesita calzado de suelas adecuadas y vigilar donde se ponen las manos; sin embargo, Biru, iba despreocupado, en chanclas y se desenvolvía como un lémur. La salida la hicimos dos horas más tarde por una zona feraz con fauna variada de lagartos, mariposas, insectos palo y libélulas, nuestras cámaras se volvieron locas disparando, mientras los ojillos de dos lémures rojizos nos escrutaban desde lo alto, escondidos entre las hojas.
Al día siguiente nos levantamos muy temprano, hicimos 17 km infernales en el Nissan, hasta llegar al inicio del circuito Andamozavky del Gran Tsingy, entramos por una arboleda de jujubes en los que comimos algunos frutos, las piedras dejaban a las claras la presencia de fósiles marinos. El guía nos dio unos arneses y mosquetones que utilizaríamos en algunos tramos. Apenas sin darnos cuenta nos metimos en un recorrido bastante más duro que el del día anterior, durante 4 horas hicimos un recorrido de 3 km en círculo, atravesamos pasadizos, nos introducimos en cuevas, gateamos por oquedades, subimos y bajamos paredes con desnivel de más de 40 metros y caminamos por un puente colgante entre dos paredes cuya visión era vertiginosa, de gran belleza. En algunas zonas fijas el mosquetón del arnés a un cabo de acero colocado como pasamano en las piedras por si se produce una caída. Desde lo alto de un pequeño mirador la visión de estos Tsingys es impresionante y justifica las penalidades para ver este lugar. Hay superficies que semejan capirotes de penitentes, otras agujas góticas, también se ven enormes rocas coronadas de infinidad de crestas y pequeños pináculos sostenidas en el aire por dos o tres puntos, como patas, a la inferior. Cuando se golpean algunas piedras se obtiene un sonido musical. En las zonas más profunda las rocas adoptan forma de grandes arcos ojivales, dando la impresión que estás dentro de una catedral gótica. La vegetación aprovechando el mínimo espacio crece entre las piedras al punto que hay 430 especies de plantas, también viven por aquí 11 especies de lémures, 13 de anfibios y 50 variedades de reptiles. La dureza del recorrido se acentúa por el calor que se refleja en las paredes y el peso en material fotográfico, nosotros llevábamos unos 10 kg; teníamos que beber agua constantemente, a pesar de todas las precauciones tuvimos dos “pájaras” que por poco dan al traste con nuestros propósitos, pero supimos superarlas con dignidad. Al final estábamos con ese cansancio sano que te hace dormir bien, contentos por haber visto algo excepcional, pero con unas agujetas de espanto en los cuádriceps.
De vuelta a Morondava vimos el amanecer sobre el Manambolo, de una belleza tranquilizadora, a las 6 de la mañana la gente comienza la actividad, se lavan la cara, los dientes y los pies en la orilla, las piraguas cruzan en uno u otro sentido y con las primeras luces se ven los campos de arroz y los cebúes pastando.
Cuando llegamos a la zona de los Baobads, íbamos parando de tramo en tramo para satisfacer la voracidad de nuestras cámaras, todos nos parecían magníficos, creo que no nos saltamos ni uno. La traca final fue cuando llegamos a la Avenida de los Baobads, cómo era domingo estaba lleno de gente paseando, pasaron algunas carretas tiradas por cebúes y en una laguna cercana unos chiquillos desnudos jugaban a pescar. Allí estuvimos hasta el atardecer.
Madagascar es un país desconocido para los españoles, el nivel de vida de los más bajos que hemos visto, la infraestructura en carreteras es ínfima. La electricidad, la gasolina y el gas son muy caros, la energía necesaria para la vida diaria es a base de carbón, que obtienen de la tala de los árboles, lo que junto a la costumbre de quemar parcelas para que brote la hierba fresca que tanto gusta al cebú, está desertizando al país y esto se ve desde el avión. Su industria turística está años luz de la nuestra, no pasan de los 500.000 visitantes al año. Sin embargo aún conservan una fauna, flora y estructuras geológicas únicas y la población es muy joven con ganas de salir adelante, esperemos que sus políticos con las ayudas externas sean capaces de aumentar el nivel de vida de sus habitantes.
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