Es radicalmente imposible articular un espacio de convivencia sin dotarse de una ética pública ahormada por principios asumidos por todos previamente.
Esta es la clave que explica la putrefacción que carcome la vida pública de nuestra Ciudad, desde tiempo inmemorial. Me temo que sin enmienda posible. Nadie inspira su conducta en principios, sino en intereses. Los valores éticos son considerados, por la inmensa mayoría, como fruslerías prescindibles sólo aplicables coyunturalmente cuando reportan alguna ventaja inmediata. La famosa frase de Groucho Marx: “Aquí tiene mis principios, señora, pero si no le gustan, tengo otros” Es una definición perfecta del modo en que nos conducimos en Ceuta. Los principios, para que tengan tal condición, deben ser atemporales, universales e inmutables. No admiten excepciones. En tal caso, se convierten en intereses. Más o menos legítimos. Más o menos benignos. Más o menos provechosos. Pero intereses al fin y al cabo.
Esta es la gran tragedia de Ceuta. Nadie se atreve a defender los principios sin evaluar previamente sus consecuencias. Nadie es capaza de arriesgar nada por una idea. Siempre hay un “pero”, impuesto por el sentido práctico de de la vida, que desaconseja apartarse de la rectitud moral y arrugarse ante un temor esotérico que adquiere una gran variedad de expresiones y matices. Es una forma de licuar nuestra existencia en la inanición espiritual. Deambulamos por vida como unos peculiares zombis, muy lustrosos en el aspecto externo, pero huecos por dentro, apostando la vida a la vacua vanidad y a la insana codicia provocada por el espejismo del disfrute material. Ni una brizna de grandeza.
Ceuta es un gigantesco jeroglífico de intereses que chocan entre sí de manera endiablada y vertiginosa, destruyendo cualquier posibilidad de construir un proyecto colectivo. El interés particular, directo e inmediato de cada persona, generalmente traducido a dinero, es el epicentro inamovible del comportamiento público.
Este es el terreno ideal para que germinen los sentimientos más repugnantes. Todas las patologías del alma encuentran en este ambiente su mejor caldo de cultivo. El odio, el racismo, la indiferencia ante el mal ajeno, la envidia y el egoísmo, impregnan de manera dominante nuestra vida en común. En muchos casos, inconscientemente. La habituación hace perder la perspectiva y no identificar la perversión. Hemos convertido en normal la aberración. Así, hemos terminado haciendo de Ceuta un esperpento. Una azarosa congregación de personas, con un elevado concepto de sí mismas, que dan como resultado un conjunto horripilante.
No es fácil revertir esta situación. Estamos ante una dinámica forjada ancestralmente hasta constituirse en una seña de identidad. Su fuerza es de tal magnitud que engulle con la voracidad de un torbellino cualquier intento de rebelión. La utilización de una versión actualizada y más sofisticada del ostracismo practicado en la antigua Grecia, termina por sepultar, aburrir o desesperar a quienes se afanan (ilusos) en defender los principios éticos como pauta de comportamiento público.
Lo que ocurre es que éste no es un problema menor. Tiene unas consecuencias inevitables que nadie quiere reconocer. Una comunidad de esta naturaleza, disgregada y descreída, es extremadamente vulnerable. Carecemos de capacidad de reacción ante cualquier eventualidad. No tenemos fuerza para hacer frente a los formidables retos a los que nos enfrentamos. Somos como una pequeña cáscara de nuez en medio de un maremoto. Zarandeados. Sin más aspiración que esperar. Pero, eso sí, muy contentos y orgullosos de nuestra propia imbecilidad.





