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El PP está desquiciado

Por Juan Luis Aróstegui
08/05/2014 - 08:33

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Definitivamente, el PP está desquiciado. Desde hace algún tiempo se viene observando en sus cargos públicos un comportamiento extraño,  impropio de la gran responsabilidad que ostentan en la Ciudad.

La vacuidad de su discurso, la incoherencia de sus decisiones, la desidia convertida en categoría, el anacronismo como inspiración última, la impericia impenitente y la indisimulable descomposición interna; han ido desdibujando paulatinamente el liderazgo político que ejercían hasta su absoluto desvanecimiento. Hoy es un partido sin una identidad clara, que manda pero no gobierna, entre otros motivos, porque no sabe lo que quiere (más allá de ganar las elecciones como único principio y fin de su razón de ser). La última hazaña ha terminado de despejar cualquier duda. Es uno de esos hechos dotados de una fuerza explicativa intrínseca que ahorra más comentarios.
El pasado día veintinueve de abril, los sindicatos representativos del profesorado, convocaron una concentración en la Plaza de los Reyes para exigir un cambio en la política educativa. Allí se dieron cita dos centenares de profesores, a los que sumaron representantes de las asociaciones de padres y algunos ciudadanos a título individual. El desproporcionado dispositivo policial habitual, vigilaba estrechamente los movimientos de los manifestantes. En una esquina de la Plaza, aguardaba un pié de micrófono, escoltado por dos pequeños altavoces, contratados para dar lectura a un breve manifiesto.
De repente, la Policía se dirige al técnico de sonido obligándole a desmontar el equipo de megafonía, amenazándolo de sanción por “ocupación ilegal de la vía pública”. El trabajador, nervioso y azorado, pone en conocimiento de los convocantes tan insólita intervención policial. De nada sirvieron las explicaciones. Ni el documento acreditativo de la autorización administrativa para la celebración del acto. Impasible y soberbia, la policía impidió la utilización del micrófono. Y el trabajador fue denunciado. El manifiesto se leyó a viva voz. Ninguno de los presentes era capaz de entender lo que allí sucedía. ¿Qué puede pasar por la cabeza de ese Gobierno para obrar de este modo? ¿Qué pretenden demostrar?
El PP está librando en su seno (sociológico, porque orgánicamente no existe) una esquizofrénica batalla ideológica. El problema es que no es un debate interno. El hecho de que ocupe todas las instituciones, lo trasciende a la vida ciudadana hasta convertirlo en una cuestión de interés general.
La extrema derecha está crecida y reclama furibundamente la aplicación de su añeja receta, que no es otra que la “mano dura”, para todo el que no encaje en el perfil que ellos denominan “personas de orden”. En Ceuta, además, con una significativa connotación racista. La versión más moderada de la derecha  entiende que, aunque sólo sea por un elemental sentido de la supervivencia, esta forma de ejercer el poder, en un contexto como el de Ceuta, sólo puede conducir a un conflicto social de enormes proporciones. Nuestra Ciudad presenta una realidad social extremadamente compleja, en la que es preciso actuar con prudencia, inteligencia y flexibilidad, para reconducir las situaciones indeseables sin que salten las costuras. Para cualquier persona medianamente decente, inteligente y que sienta algún apego a esta tierra; la disyuntiva se resuelve con suma facilidad. Sin embargo el fanatismo es una enfermedad del alma de difícil corrección porque nubla la visión. Por eso el bando de los incondicionales de la intransigencia sigue abundantemente nutrido.
El PP no resuelve sus dudas porque su Presidente, Vivas, de manera ingenua se cree capaz de encontrar la síntesis entre las tendencias  en discordia. Piensa que su liderazgo (la fuerza de los votos) es suficiente para satisfacer a todos, en su particular cuadratura del círculo. Así, desde que los franquistas redivivos aprietan el acelerador, se afana en practicar un doble juego basado en concesiones medidas, en uno u otro sentido, hilvanadas con su rostro amable y su halago multidireccional permanente. No quiere renunciar a ningún voto. Pero lo que está consiguiendo es crear un monstruo desquiciado, que se está convirtiendo en una auténtica amenaza para la convivencia.

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