Sin duda, uno de los momentos claves en nuestras vidas tiene lugar cuando la infancia se nos va diluyendo y entramos, casi sin darnos cuenta, en la edad adulta, esa página desmesurada donde está todo aun por escribir.
El paso de la niñez a la adolescencia, como momento vital, en el que se accede al mundo de los adultos y se comienza así a definir una identidad propia, siempre ha sido un asunto recurrente en la literatura: desde “En busca del tiempo perdido” de Marcel Proust, pasando por la célebre novela “El guardián entre el centeno” de J.D. Salinger, hasta la contemporánea “La sombra del viento” de Carlos Ruiz Zafón. Es una etapa en la que comenzamos a ver el mundo de un modo diferente, en la que se va impregnando nuestro pensamiento con esa angustia vital que significa, a menudo, alejarse definitivamente de la infancia. Y en esa desconcertante época es en la que se encuentra inmerso el protagonista de la novela “El palomo cojo” de Eduardo Mendicutti (Ed. Tusquets).
Para charlar sobre su obra, el escritor sanluqueño se desplazó hasta nuestra ciudad el pasado día 21 y con él, los miembros del CLUB DE LECTURA de la Biblioteca Pública del Estado, pudimos pasar una tarde tan amena como inolvidable.
En “El palomo cojo” el autor nos cuenta la historia de un niño de diez años que, aquejado de una extraña enfermedad, es enviado por su madre a la casona de sus abuelos maternos, familia acomodada y venida a menos, que evidencia ser toda una alusión crítica a una determinada clase de burguesía andaluza. Durante los tres meses del verano de 1958, sin salir de aquella casa, el niño va descubriendo la vida y el mundo que lo rodea de la mano de una serie de personajes misteriosos, extravagantes e incomprendidos que conforman un universo fascinante. Estos lo conducirán, en un verdadero viaje iniciático, por los recodos de la edad adulta, en el transcurso del cual, el protagonista irá intuyendo su propia identidad sexual.
Una de las citas con que se abre el libro es de Yorgos Seferis : “ Allí donde toques la memoria duele”. Lo que ya nos pone en alerta y nos advierte que esta novela se presenta como un ejercicio de memoria, en el que el protagonista se retrotrae a ese verano en busca de alguna claves personales y familiares que descifren su infancia.
A pesar que desde que se publicó la novela en el año 1991, algunos críticos y entendidos han decidido que se trata de una novela autobiográfica, Eduardo Mendicutti nos aclaró que todo el entramado de la historia ha brotado de su imaginación; precisando que lo que otros ven como notas tangibles de su propia vida no se debe sino a la pura ficción novelesca (¿pero acaso no son todas las obras de un autor, en un sentido amplio, autobiográficas?). Eso sí, confesó tener la necesidad de utilizar escenarios conocidos en sus novelas , ya que por ejemplo, la casa donde se desarrolla la acción es en realidad la casa de sus abuelos, al igual que los personajes, algunos de los cuales están basados en personas reales y que el autor conoció en su infancia. Es en efecto ésta pátina autobiográfica la que dota a la obra de una tremenda verosimilitud, a lo que contribuye también notablemente que haya escogido la voz narradora de la primera persona; el narrador comienza teniendo la voz de adulto, ya que es el propio adulto el que evoca su pasado, pero poco a poco y de forma magistral, se va destilando la voz del niño, que es el que nos cuenta la historia según lo que ven sus ojos y alcanzan a oír sus oídos.
Y es ahí donde irrumpe con fuerza un protagonista más de la historia: el lenguaje. El lenguaje en esta novela es primordial para la construcción de los personajes y para poder entender sus motivaciones más íntimas. En este aspecto es donde el enorme talento del autor se hace más visible, inundando de localismos y expresiones gaditanas la narración, dotando a cada personaje de una voz propia, y según admitió el propio escritor, con el propósito manifiesto de dar lucimiento al lenguaje coloquial andaluz (“ que solo ha sido literario en los sainetes y chascarrillos de los hermanos Alvarez Quintero” [sic]). Nuestra manera de hablar nos define como individuos, hablamos según nuestra biografía, cultura o procedencia, de ahí que cuando hable la Mary , la tata Caridad o el Cigala, podamos intuir también sus aspectos vitales, su idiosincrasia. Ese lenguaje sirve también a un doble propósito: el de mostrarnos un fiel retrato sociológico de la época y de una geografía concreta. En esta obra la esencia y la fragancia de Sanlucar es un hecho tangible, que impregna la agilidad dialéctica de los personajes y las propias palabras.
La única traba que, sin duda, supone un alarde tan exuberante de las peculiaridades fonéticas andaluzas que incluye el libro, es el reto que supone su traducción a otros idiomas, ya que según supimos por el propio Eduardo Mendicutti, esta novela ha sido traducida a idiomas tan distintos como el francés, inglés, italiano e incluso el turco, griego o polaco, entre otros ( aunque yo tengo curiosidad por saber si existe algún término equivalente a “jartible” en polaco).
“El palomo cojo” es, asimismo, una novela con muchas capas, y en las que el humor rebosa por los cuatro costados. Pero esa gracia e ingenio que despliega al autor, ofrece, en realidad, una coartada para enmascarar la gran crudeza de lo que a menudo se cuenta. La gran ventaja que ofrece el humor es que a través de su filtro se pueden abarcar cualquier tipo de asuntos, sin tener que por ello pontificar o ponerse solemne. El sentido del humor hace que resulte todo más llevadero. Pero desde el punto de vista literario, es un atributo difícil de manejar, ya que se corre el riesgo de caer en la parodia. Este inconveniente Eduardo Mendicutti lo resuelve con acierto y de una manera intuitiva e ingeniosa, cosa habitual en él por otra parte, ya que el humor está siempre presente en la inmensa mayoría de sus obras.
Son muchísimos más los aspectos que hacen que esta novela sea una obra luminosa y saludable, desde la reivindicación que hace acerca de lo diferente, lo singular y de los incomprendidos (esos bichos raros), hasta el modo en que el autor desmenuza esa memoria de postguerra, alejada de los marcados tintes sociales y políticos con que actualmente se acostumbra a abordar esa época.
Con “El Palomo Cojo”, Mendicutti hace realidad ese dicho que asegura que el único lugar de donde no podemos ser expulsados es de nuestros propios recuerdos.





