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Horror

Por Juan Luis Aróstegui
13/02/2014 - 09:47

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La decadencia deviene del debilitamiento de los principios. La laxitud moral prolongada nos ha llevado a vivir en la más nauseabunda decadencia. Esta sociedad, esclava de la fútil opulencia, está irreversiblemente enferma. Sólo una revolución ética de ambiciosa profundidad podrá refundar la civilización moderna sobre los valores humanos universales que hemos  minimizado hasta su práctica extinción. La muerte violenta de catorce hombres y una mujer ante la indiferencia de nuestros propios ojos, traza un límite insoportable que nos impele a subvertir una conciencia fatalmente desordenada. Es inaplazable. Ineludible.
La muerte de un ser humano desvalido es intrínsecamente horrible. Cuando su multiplicación sólo despierta una efímera tristeza y un remoto lamento, es que nosotros mismos nos hemos convertido en horror. Los principios lo son en tanto que son universales, intemporales e incondicionales; en caso contrario, son intereses; de mayor o menos amplitud e intensidad, pero intereses al fin y al cabo. El primer y único principio sobre el que se asienta la sociedad, del que emanan todos los demás, es el amor al prójimo. Todos los códigos morales, incluidas por supuesto todas las religiones, encuentran en esta idea su razón de ser. No puede haber nada, ni hecho ni circunstancia alguna que pueda pervertir esta prioridad sin riesgo de regresar a la barbarie.
En la playa de El Tarajal han muerto quince personas. Y nuestra dignidad. La reacción de la sociedad (con el Delegado del Gobierno como estandarte más visible) es tan horrible como la propia muerte. En lugar de dolor, fastidio. En lugar de solidaridad, distancia. En lugar de amor, displicencia. Infunde pavor constatar la abundancia de la corriente de opinión que se ha concentrado en culpabilizar a las víctimas. Los han desnaturalizado convirtiéndolos en ilegales, invasores y violentos. Una vez cosificados, su muerte se digiere con la conciencia tranquila como una consecuencia de sus propios actos. Es muy difícil convivir con tanta repugnancia.
Es cierto que el contexto en el que se produce la tragedia admite múltiples valoraciones en diversos ámbitos de la vida pública y política. El inconcluso debate de la inmigración y su tratamiento a corto y largo plazo. El control de las fronteras. La suficiencia, o no, de recursos para lograr este objetivo. Las responsabilidades directas e indirectas de cada agente implicado. El complicado concepto de “uso proporcionado” de los medios represivos. El cumplimiento de las leyes. La política internacional y la relación entre países soberanos. Todos estos son elementos necesarios para un interesante debate público que es preciso mantener y resolver desde la insoslayable perspectiva de los valores democráticos. También se deberán exigir y depurar responsabilidades, si las hubiera. Pero ante la pérdida de una vida humana, todo esto  se empequeñece hasta la nimiedad. La vida, valor supremo. Ése es el límite infranqueable. Todo es discutible y objetable hasta la barrera que establecen los derechos humanos para distinguirnos de otras especies animales. No puede existir ningún razonamiento que nos mueva en otra dirección  sin hacernos  cómplices de la muerte.
Por eso es preciso descender a la verdad desnuda. Es una trampa intelectual preguntarse quién es el culpable de las muertes de El Tarajal, buscando una fraudulenta exoneración. La pregunta correcta es otra. ¿Se hizo todo lo posible y lo imposible para evitar la muerte de quince seres humanos inocentes e indefensos? La respuesta es, no. Ése es el horror.

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