El ministro de Asuntos Exteriores, García-Margallo, habla mucho y no hace nada. Y lo que es peor: nos tememos que practica, en el caso de Gibraltar, una política de mucho ruido y pocas nueces para no tener que dar los pasos que hay que dar. Porque lo de pedir a la UE que investigue el blanqueo de capitales en la Roca sin aportar pruebas, documentos y testimonios al respecto es sólo una cortina de humo para aparentar que el Gobierno hace algo y no da marcha atrás frente a los continuos desafíos y desprecios de Inglaterra. Si hay blanqueo de capitales en la Roca España a quien se debe dirigir no es a la Comisión de la UE sino a la Interpol.
Sin embargo, lo cierto es que España ha aceptado que atraque en Rota el buque insignia de la Royal Navy mientras otras fragatas hacían una exhibición de fuerza en el Peñón, y eso es escandaloso por más que ello estuviera previsto de antemano. Porque lo que no estaba previsto era el hundimiento de bloques de hormigón en las aguas españolas de la bahía por parte del Gobierno británico. Por ello España debió prohibir la escala en Rota del buque inglés, a título de advertencia a la OTAN, una organización obsoleta en la que España nunca debió ingresar sin garantía de defensa para las plazas de Ceuta y Melilla y la recuperación de Gibraltar.
Una OTAN de la que España se tiene que marchar cuando antes porque no puede participar en una alianza militar –y combatiendo junto a los ingleses en la absurda guerra de Afganistán, por la que han muerto cien soldados españoles– cuando uno, Inglaterra, de los más destacados aliados agrede a España, hace uso indebido y amenazante de su armada, y se niega a negociar con España la salida de una crisis que ha sido creada por Londres. ¿Para qué estamos en la OTAN además de para gastar dinero y ofrecer las vidas de nuestros soldados en guerras en las que España no pinta nada ni tiene intereses estratégicos, económicos o de seguridad? Además ¿no es cierto que la OTAN –cosa que los gobiernos del PSOE y del PP siempre ocultan a los españoles– no garantiza la defensa de Ceuta y Melilla?
España debe abandonar la Alianza, empezando por una retirada urgente y ordenada de las tropas de Afganistán, y siguiendo por una advertencia clara y directa a otro aliado –como lo recordaba en estas páginas el general Juan Chicharro– los Estados Unidos, que apoya a Gran Bretaña en todo y que no ha hecho nada para solucionar este anacronismo colonial. Bastante tenemos con que Merkel, imponiendo la hegemonía de Alemania en la UE, nos dicte las políticas de ajuste en España -y otros países del sur europeo- de las que Alemania ha obtenido sus beneficios, como para que Cameron nos maltrate desde la OTAN con una exhibición de fuerza militar. Además no tiene sentido mantener con USA una relación bilateral –el Tratado– y a la vez otra multilateral en la OTAN sin quien ninguna de las dos ofrezca a España una garantía de defensa de todo su territorio. Como no tiene sentido el escudo antimisiles de Rota –un regalito de Zapatero a Obama en su despedida–, ni puede que las bases USA, ahora que la Alianza Atlántica no sabe ni lo que es, ni para lo que sirve, y cuando los EEUU están desplegando su poderío militar y estratégico en los mares asiáticos, que es el lugar donde hoy se juega, con China, la partida de la hegemonía mundial.
Insistimos, ¿acaso no sabe García-Margallo que Portugal, y por lo tanto el presidente Barroso de la Comisión, son firmes aliados de Gran Bretaña desde hace ya muchos años? Hay que pasar de las musas al teatro, para empezar en la OTAN. Porque si hay contrabando de tabaco, se roba la arena de Tarifa para ampliar ilegalmente el perímetro del Peñón, y en Gibraltar se practica el blanqueo de capitales, lo que tiene que hacer España es aplicar el Tratado de Utrecht y cerrar la famosa ‘verja’ de una vez, hasta que se aclare todo esto y hasta que Gran Bretaña retire del agua los bloques de hormigón que lazó, y que tanto parecen importarle al ministro García-Margallo, que es incapaz de pasar a la acción.
Porque, claro, para pasar a la acción haría falta un presidente del Gobierno con firmeza, capacidad de decisión y liderazgo. Pero si Mariano Rajoy es incapaz de poner orden en su propio partido –véase la rebelión de Cospedal– ¿cómo se va a atrever con todo lo demás? El ministro Margallo hace ruido, a veces demasiado, pero no hay nueces en el canasto español. Más bien y como en casi en todo una creciente indignación del ciudadano español, jaleada por las falaces soflamas de su ministro de Exteriores que siempre se quedan en nada.






