Ayer, mientras leía un texto que los alumnos han de trabajar en clase de Filosofía, de cuyo nombre quiero acordarme mas me avergüenza y me apena por la situación que me suscitó (¿Cómo podía Kant hace tres siglos hacer un llamamiento a algo que hoy aún no se lleva a la práctica con total transparencia?). El susodicho data del Siglo de las Luces y su título no era otro sino ¿Qué es Ilustración? Defendía su autor el uso público de la razón que vendría a ser la hoy denominada, libertad de expresión. Allí nuestro filósofo hace una llamada a la autonomía de la razón, a la salida de la minoría de edad, es decir, a la liberación de falsos tutores que nos adiestran con o sin nuestro consentimiento. A veces consentimos por cobardía, otras por pereza y otras muchas por falta de voluntad y disposición del pensamiento propio, por enajenación o anulación del raciocinio. Así, tragamos y tragamos. La digestión con frecuencia es tan dura que nos produce ardores un buen tiempo. Ante esos síntomas no hay mejor terapia que vomitar. Lo peor es que el vómito es más fruto de la pasión que de la razón. Yo prefiero, una buena digestión. Así me encargo de masticar escrupulosamente lo que escucho, veo y vivo. Es, por decirlo de alguna manera, una obligación del filósofo o al menos del que someramente ha asomado sus narices por clases de Filosofía.
Pues bien, eso fue lo que me propuse. No entendía cómo Kant hacía una llamada a que el sacerdote, el pagador de impuestos o el militar, entre otros, se atuvieran a sus oficios, a sus contabilidades y a sus maniobras en el respeto de las leyes a la vez que los increpaba a que razonaran en su vida pública y yo, ¿me iba a aplicar en el cuento solo en lo concerniente a lo primero? Y que conste, no es desobediencia civil lo que aquí se propone, como tampoco la defiende Kant, sino cuestionamiento político. De este modo, como profesora considero que me atengo a mi oficio, a lo que me prescribe la ley, al horario y a los contenidos, a las reuniones y a los documentos, por ejemplo. Ahora bien, como ciudadana, no me contento con el modo en que los políticos están tratando nuestra profesión. He aquí que les desvelo mi indignación. Acompáñenme.
Es tradición en mi centro de trabajo la celebración del patrón de los estudiantes, Santo Tomás, que por saber más de lo que aparentaba fue apodado el buey mudo. Este filósofo y santo no tiene la culpa de que este año se quede sin su día en mi centro de trabajo. Personalmente, apenas si dedico más de cinco o seis tardes para preparar mi colaboración minúscula en ese todo. Sé y conozco que otros compañeros invierten cinco veces más que yo. Esto significa que dedican su tiempo libre, el que usted ahora está utilizando en leerme o va a usar en ir de paseo por el Hacho, a plantear, organizar y disponer de materiales y personal para que todo quede exquisito ese día. Así los profesores forman activamente a los alumnos y cooperan en unas jornadas que tienen detrás un montón de horas del tiempo libre que dejó de ser libre por amor al arte y a los alumnos, ya que ellos son los primeros interesados y los más favorecidos.
Este curso rompe la tradición transitoriamente. Se fractura, y hablo a título propio pero con plural mayestático por pura educación, porque estamos indignados con la situación laboral a la que nos hemos visto sometidos en el último curso. Que no sustituyan una baja por enfermedad en los primeros quince días con el consiguiente abandono de los alumnos, inquieta; que nos castiguen económicamente si acaso presentas una baja por gripe u otra enfermedad, trastorna; que nos quiten la paga extraordinaria, molesta; que nos suban las horas de docencia, se nota; que nos embutan más alumnos en las aulas, estruja; que nos recorten en presupuesto para educación, asfixia… ¡Ya está bien! Si acaso estos políticos no se sientan a razonar sus decretos antes de hacerlos efectivos, nosotros deberíamos razonar sobre el cuestionamiento de nuestros derechos.
Ahora quizás piense usted, madre o padre, que le hubiera gustado que su hijo hubiera redactado una disertación filosófica y más le hubiera encantado que se hubiera llevado de premio el ordenador portátil que su instituto otorgó en la festividad de Santo Tomás. Ahora, podrá entender que el único modo de hacer pública la molestia de parte del colectivo, es limitándose a obedecer su horario sin dedicar su tiempo libre a este tipo de celebraciones porque, tal vez sea el único modo en que los políticos que no se sientan a razonar, lo hagan y acaben dándose cuenta de que las empresas, sean públicas o no, trabajan mejor y más ante mejores condiciones laborales. Esto conllevaría menos alumnado en el aula, colocar de las listas de parados al profesorado cuyo alumnado está dejado de la mano en horas vacías, permitir el pleno derecho a presentar baja por enfermedad sin penas, menos horas de docencia directa y pagas extraordinarias sin necesidad de improvisar leyes para ajustar presupuestos con el fin de que la clase política siga teniendo la manga ancha para cobrar sus honorables honorarios, anotados al margen de las páginas si es preciso.
Desde luego, entendamos que del carro tiran cada uno de los elementos y que el trabajo de nuestro colectivo lo constituye cada uno de sus docentes implicados en un todo. Es de razón suficiente no celebrar un acto conmemorativo si algunos de los elementos, como la que opina en este escrito, no coopera al engranaje perfecto. El ingente trabajo no visto y fruto de la voluntad puesta en esta celebración que arranca un motor, no podrá hacerse efectivo si parte de la totalidad implicada decimos no por indignación popular.
Supongo que ahora entendemos mejor a Kant: “razonad cuanto queráis y sobre lo que gustéis, mas no dejéis de obedecer”. Seguiré en la obediencia pero, como han podido comprobar, no encuentro razones que justifiquen un esfuerzo más allá de la obediencia a mi trabajo. Ahora, por favor, razonad, razonad y haced uso público de la razón. Esto no es atentar contra mi función civil de profesora, yo seguiré cumpliendo con mis deberes pero hago público que por el trato que recibo como profesora en cuestión de derechos asociados al colectivo de la educación, lo mínimo que puedo hacer es mostrar mi indignación ciudadana negándome a dedicar mi tiempo libre a un trabajo que es fruto del esfuerzo personal y voluntario, más allá del compromiso laboral. El día que deberíamos dedicar a la celebración yo permaneceré en mi aula impartiendo mis clases.





