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La dimensión humana que no puede quedar sepultada tras el Desastre de Annual

Por Alfonso José Jiménez Maroto
01/07/2026 - 04:25
Imágenes cedidas

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El Imperio Jerifiano instaurado en el noroeste de África desde el siglo XVI, transmitía signos de debilidad al empezar el siglo XX, sacudido por las atracciones en discordia de las potencias coloniales europeas que entreveían claramente una zona de importantes desafíos geopolíticos. Con el fallecimiento en el año 1900 del gran visir Ba Ahmed, el sultán Abd el-Aziz, contrajo el timón del Gobierno y se ocasionó en la corte marroquí un patinazo en favor del influjo británico en menoscabo del francés.

Por aquel entonces, Francia todavía no había acometido un reconocimiento profundo y optaba por la conservación del statu quo que le beneficiaba sobre el resto de actores. Si bien, desde 1901, el giro probritánico de Abd el-Aziz reportó al Gobierno francés a plantear al español la repartición del Imperio, mediante un acuerdo por el que España adquiría la zona norte, englobando la estratégica depresión de Taza y la capital política y religiosa de Fez. Obviamente, los recelos a que el Reino Unido se cruzara en sus propósitos marroquíes, empujó a Francia a desenvolverse sutilmente con España, atendiéndola ingeniosamente en una distribución en el que le correspondería las migajas y la consiguiente reaparición de su bestia negra, a pesar de su ostensible fatiga.

Como es sabido, le tocó el inclemente norte de Marruecos con una orografía abrupta e insuficientes conexiones y sobre el que procuraría asentar su autoridad, partiendo de sus enclaves principales: Ceuta, al oeste y Melilla, al este. Y entre ambos se localizaba la Bahía de Alhucemas, ubicación determinante en el epicentro de la oposición armada rifeña que hacía las veces de vanguardia del avance español, en su empeño de custodiar el litoral y posibilitar la inserción hacia el interior.

Como quiera que sea, cualquier intromisión perceptible para la población indígena causaría un pronunciamiento enardecido, motivo por el que dicho Protectorado parecía estar condenado a una catarsis incesante a modo de sublevación o algunos de otros términos que retratan la desobediencia o resistencia como la insurrección o alzamiento, avivando en el territorio un estado de guerra crónico que habría de dilatarse en el tiempo a lo largo de dieciséis años.

Lo cierto es que transcurridos los primeros intervalos del Protectorado asignado en el Tratado de Algeciras (1906), el Ejército de África aún resentido y apesadumbrado por la culpabilidad volcada tras la pérdida de sus principales posesiones ultramarinas (1898), hacía lo posible por restaurar su reputación de cara a la galería internacional, a pesar de la insuficiencia de los fondos recibidos.

Digo esto, porque este era el escenario arduo y complejo cuando el Gobierno dispuso rebelarse ante las refriegas in crescendo que acaecían con los rifeños, hasta que optó por trasladar al otro lado del Estrecho soldados de leva que al menos contuviesen las asiduas incursiones.

Con el paso del tiempo, la historiografía ha puesto de relieve que aquella decisión sería un error que conllevaría consecuencias calamitosas. O lo que es igual: un sistema de conscripción controvertido e injusto, propenso a ocasionar la turbación social de la época, hicieron que un instinto de alboroto se diseminara por algunos lugares de España, ya que la mayor parte del conjunto poblacional objetaba drásticamente el servicio de las armas de sus hijos, aun existiendo vías de impugnación, como corruptelas y triquiñuelas de toda clase para que fuera como fuese, escabullirse del deber militar.

Aquellos que no accedían o no podían acceder por unas u otras causas, se veían abocados a marcharse del país y convertirse en desertores. Algo así, como proscritos, que jamás volverían a contemplar a sus familias.

Es más, en las comarcas interiores se acostumbraba a migrar por tierra, estribando de los enlaces más próximos y por mar, en las zonas ribereñas, preferiblemente a América Ibérica. Pero el Levante ofreció en el Magreb una vía de escape para numerosos de estos mozos, algunos de los cuales terminarían enrolándose en el Ejército Expedicionario para finalmente luchar en la campaña de Melilla.

“El ansia desmedida de escarmiento tras la hecatombe de Annual, fue el terreno fértil para fundamentar los peores excesos y desmanes que quedarían documentados para la posteridad”

De hecho, diversas formaciones políticas venidas de las filas socialistas, anarquistas, republicanos radicales e incluso liberales, se contrapusieron al Gobierno conservador de Antonio Maura y Montaner (1853-1925). Tal es así, que algunos emprendiendo un paro laboral, otros libraron una protesta que se desbocó y confluyó en la Semana Trágica de Barcelona (26-VII/2-VIII/1909), saldándose con más de un centenar de civiles muertos y una represión sangrienta.

Y es que como crítica inmediata a la activación de reservistas articulada por el Gobierno, para de algún u otro modo, atajar la agitación rifeña en el incipiente Protectorado de Marruecos, la hostilidad era profundamente desprestigiada, ya que la clase alta se excusaba de ir al frente de batalla solventando una cuota, por lo que el peso reincidía únicamente en el proletariado.

Como ya he citado, el rechazo masivo se convirtió en un cese de actividad general en Barcelona, que condujo atropelladamente a una rebelión laboral y anticlerical, tras estar al corriente del Desastre del Barranco del Lobo (27/VII/1909), donde cientos de soldados perecieron.

Se tiende a señalar que las desdichas nunca llegan solas: a la jornada siguiente de saberse de buena tinta los deslices militares que instaron esta carnicería, un número cuantioso de los soldados muertos y heridos por las harcas rifeñas, eran parte de aquellos reservistas movilizados, esparciendo la consternación en una sociedad que súbitamente, creía verse en un nuevo Desastre del 98. El alcance de estos episodios aciagos pueden resumirse en tres esferas fundamentales.

Primero, la subversión además de resultar en la cuantificación de defunciones antes aludidas, causó miles de capturas, el cerrojazo de colegios laicos y el cese total de sindicatos. Entre los represaliados, resalta la eliminación del anarquista Francisco Ferrer Guardia (1859-1909), lo que impulsó a un enjambre de reproches y acusaciones internacionales que exigieron el declive del Gobierno de Maura.

Segundo, ante la visible discriminación del sistema de reclutamiento que imprimió las protestas, las autoridades hubieron de reformar la Ley de Reclutamiento llevado a término dos años más tarde. A la postre, en 1912, se decretó el Servicio Militar Obligatorio, descartando la prerrogativa de la cuota y consiguiendo que la incorporación se realizara teóricamente. Y subrayo el adverbio, teóricamente, usado para señalar que existe una regla lógica o matemática sobre un tema, la cual no siempre se cumple debido a los factores externos o imprevistos. Creo que me explico perfectamente.

Y tercero, el manejo de la crisis en el Protectorado y la reprobación interna, vigorizaron el entredicho y la susceptibilidad hacia la monarquía de Alfonso XIII (1886-1941) y la clase dirigente. Los progresivos obstáculos al predominio de las instituciones armadas de la sociedad catalana se vio proyectado en la creación de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT). Mientras que en la facción militar se tonificó la porción de los llamados ‘africanistas’, oficiales con un enfoque intervencionista extremo sobre la pacificación marroquí, que queramos o no queramos, con el devenir de los trances haría caer la balanza en los argumentos vertebradores del pensamiento africanista para digerir y desentrañar los claroscuros del Desastre de Annual.

En base al título de esta disertación, quien mejor puede retratar de primerísima mano la dimensión humana de quienes sirvieron en el Ejército de Marruecos, es el periodista y político español, Francisco Gómez-Hidalgo y Álvarez (1886-1947), en el fragmento de uno de sus artículos correspondiente al Heraldo de Madrid y en sus páginas 47 y 48, respectivamente, que lleva por título: “Marruecos, la tragedia prevista”,.

El texto referido comenta al pie de la letra: “He visto de cerca al pobre soldado, suciamente vestido, sin agua para lavarse ni pan apenas para comer, abrigado al calor de su propia juventud, agobiado por una multiplicidad de menesteres y trabajos, de los que el derecho, la libertad, la responsabilidad humana, la alegría, la dicha, la vida misma, se enojan y protestan…”.

El mismo autor continúa desmenuzando: “He convivido con el oficial, y a veces con el jefe, que partió conmigo su pan y su abrigo, y en que en jornadas de intimidad y expansión, en el largo dialogar de las noches en vela, en el rápido cambio de cien ideas sugestivas, en el esbozo de cien cuestiones importantes, me ha hecho saber cómo sin esperanza de que la patria le recompense, porque las recompensas de la patria se las repartían, cuando se daban, los paniaguados de los generales manipuladores, que en rara ocasión se expusieron, por su amor a la tierra nativa, mucho más que por el aumento de una mitad en el sueldo como le es debido, que el desorden de vida se lleva con creces, han de tener un vivir semi salvaje, sin lavarse, sin comer apenas, comunicando intermitentemente con los seres amados, sin un periódico que leer, que sea entretenimiento para los ojos y expansión para los espíritus…

Más que oírselo, he visto cómo cuando suena el tiro emboscado del moro, ellos, los oficiales, con un arrojo temerario, en otro tiempo innecesario, han echado delante el pecho y la vida al enemigo, ofreciendo ejemplo al soldado…

Y luego, al fin, sometidos a una serie de órdenes, siempre verbales, que agravian a la propia prudencia y ponen en duda la personal inteligencia, la incertidumbre ante el ultraje y la retirada sin gloria…

Todo esto he visto, con el mismo sincero dolor que he presenciado cómo la alta Dirección de nuestro Protectorado en África, limitase a gastar pólvora y plomo para cazar moros rebeldes a razón de más de 100.000 duros por moro herido o muerto, inspirada no en la morbidez de la vida, sino en el sombrío dolor de la muerte…

Espacio de terreno que se toma no es tierra virgen que se rotura y somete a los experimentos de la moderna agricultura… ¡Qué ha de serlo, si la misma tierra inmediata a las puertas de Ceuta, ciudad de nuestro dominio ha doscientos años, aún espera la labor que la haga fecundar!

Espacio de tierra que se toma es un blocao más, una posición nueva, prisión y a veces cementerio de ocho, doce o veinte soldados y un oficial, todos ellos españoles, españolísimos, en lo que no se dice…

En lo que airea el Alto Comisario, con las manos vacías de soluciones como si se considerase en serio fuera de toda obligación con la victoria y con la esperanza, siempre es lo mismo: una óptima consecuencia de sus planes, un producto de sus estudios, fruto de su talento y de su arrojo; algo que cotizar en vanidad, si no en provecho, para su encumbrada persona…”.

Es así, en la persona de Gómez-Hidalgo, elegido diputado en las Cortes de España durante el período de la Segunda República (1931-1939), quien relata en sentido preciso, la ambivalencia en la potencial dualidad, contradicción o conflicto afectivo de las Fuerzas Coloniales de España en Marruecos.

Ahora bien, soslayando tanto la génesis, como los hechos y las consecuencias yuxtapuestas del Desastre de Annual, llovía sobre mojado en la misma jugada perpetrada sobre la posición de Igueriben (17-21/VII/1921), que apenas a seis kilómetros de trayecto sería acorralada y engullida literalmente por los grupos irregulares de combatientes rifeños, ante la visual estupefacta de las avanzadillas más cercanas.

Consabidos los muchos inconvenientes y trastornos que entrañaba una resistencia alargada en Annual, la huida pareció la elección súbita. Al menos, así se estableció en una doble Junta de Jefes dirigida por el Comandante General de Melilla, Manuel Fernández Silvestre (1871-1921). No obstante, era inadmisible no comunicar a los oficiales sobre cómo habrían de operar en una situación tan escabrosa.

En este aspecto, sobran las palabras: la evacuación resultó al hilo de lo imposible por una estampida impuesta por el desconcierto. Lo que sembraría el estupor mortal de necesidad para efectuar un repliegue ingrato y sin plan de desalojo. Aquellos que no sucumbieron exhaustos en la desbandada o hechos prisioneros, alcanzaron Ben Tieb, seguidamente atravesaron Drius, Batel, Tistutín y por último, se cobijaron en Monte Arruit. Ni que decir tiene que allí aguantaron cuando la sequedad, capaz de grillarse, así como la escasez de abastos y municiones, les forzó a claudicar mediante la rendición.

En definitiva, en un abrir y cerrar de ojos se esfumaban los avances conseguidos a sangre y fuego. Y por si fuera poco, el Gobierno incrustó la censura como herramienta militar y gubernamental férrea, en una tentativa baldía de colocar la venda antes de que apareciera la lesión, pero el impasse político reflejó lo inapelable.

Además, el ejecutivo sobrepasado tras la masacre de Monte Arruit (24-VII/9-VIII/1921), no le quedó otra que resignarse a su suerte y ser sustituido por otro consejo bajo la supervisión de Maura. Un revés sufrido en el campo de combate a manos de las huestes rifeñas con tal letalidad, que el honor de España quedó por los suelos.

Ahora, el espejismo colonial que había provocado tanto frenesí, de pronto se hizo ciscos al objetarse que llevó a un estado indeciso y sin recursos a formar un Protectorado, castigado por tratados que conllevaron una batalla de defensa a ultranza en un territorio espinoso y belicoso a merced de tribus indomables.

Sea como fuere, en una maraña de plena convulsión imperialista, España no podía quedar impasible ante la apremiante tarea de escudar Melilla y reforzar su percepción global. Poniéndose manos a la obra, el espíritu de vindicación zarandeó al Ejército Colonial. Ipso facto, se dejó la táctica tradicional de control territorial mediante blocaos, promoviendo en todo caso las unidades móviles apuntaladas por medio del pillaje y la extorsión. Con ello, llegó encadenado el restablecimiento de Nador, Zeluán, Monte Arruit, las cabilas de Ulad Settut, Quebdana y Dar Drius.

Digamos, que en falsas apariencias ante el Viejo Continente, daba la sensación de resarcirse el estropicio desencadenado, aunque de manera irresuelta y con un alto precio de coste humano. Aunque no eran pocos los que empezaban a cuestionarse hasta cuándo era legítimo ese impetuoso apetito de desagravio.

En su punto más álgido, los clamores de desquite eran más frecuentes para prender a la población, que cualquier demanda a los imperativos territoriales e históricos, o las muestras de añoranza imperial. Por supuesto, más usuales que los llamamientos al plante. Annual, no solo denotó la derrota abrumadora del Ejército de África, sino que las muertes trágicas de aquellos soldados instaló a España en la cuerda floja. De ahí, que la parálisis del veredicto no era un señal de aceptación, sino de pavor.

“Annual, descompuso y trituró por completo la confianza hasta entonces puesta en los activos indígenas como fuerza de choque por su traición”

Pero, ¿cuál era la dimensión humana de quiénes servían por convicción? ¿O quizás, por obligación? Según sus consideraciones emanadas de los desabrimientos por la pésima gestión del Protectorado; o la actuación entre bambalinas del hermetismo diplomático y el oportunismo de los políticos; o la escasa diligencia mostrada en la depuración de responsabilidades, al margen de los partidismos, hubieron de vivir lo inenarrable en aquellas inhóspitas tierras africanas revestido por la supresión de información.

En este corpus de crónicas de historias de vida, difícilmente podían puntearse divisorias. Porque a fin de cuentas, todos serían víctimas de la ferocidad rifeña y acarreados a secuelas cicatrizales difíciles de curar. Sin ir más lejos, la desmoralización agolpada y llevada al límite con su tolerancia al esfuerzo dilatado en la fortaleza y estoicismo.

Ejemplo de ello es la subsistencia en los blocaos, a modo de pequeñas fortificaciones hechas con maderos, muretes de mampostería y sacos terreros, rodeadas en ocasiones con alambre de espino. En este estrecho recinto debían persistir atestados, sin inhalar aire más puro del que allí se concentra y con el peligro inminente de ser alcanzado por los pacos o francotiradores ocultos en el desfiladero o cumbre más próxima. Allí, día tras día, permanecían el oficial y los soldados horas eternas.

Y cómo calificar el ardiente sol africano, que abrasa lo que se encuentra a su camino y lo aprisiona a una sofocación infernal. Porque, atenuados por el hambre y la deshidratación, ni tan siquiera poseían el conforte del mínimo descanso. A ello hay que añadir el desaseo que no eran las únicas mortificaciones insoportables en su supervivencia.

En esa abnegación bajo el amparo de la oscuridad, habría de dirimirse el ser o no ser de la artimaña en este tipo de reductos defensivos, para en el último de los extremos, engarzarlo en la argumentación del conflicto asimétrico, aguardando hasta la extenuación el agotamiento y la fatiga cognitiva al quedar despojados del sueño.

Evidentemente, estos hombres pendían en exclusiva de sus propios recursos de subsistencia como tabla de salvación, pues la penuria socavaba su moral y la disposición desfavorable de los caminos, empantanaba contra todo pronóstico, tanto el envío expeditivo de provisiones como la evacuación.

En sí, mientras se efectuaban las aguadas entre las primeras luces en total mutismo, se pulsaba el tormento entre los componentes de la columna. Y de ante mano, estaban sumidos en la lección aprendida de un suplicio violento, vigilantes a cualquier ruido que revelase a un rifeño emboscado atacando con fiereza.

Irónicamente, la desaprobación incurable del pesar de la guerra en el septentrión marroquí y los sablazos de alimentar el ardor vengativo, ese artificio del más irracional aborrecimiento contra el moro, pasó a ser la pesadilla dominante de las Fuerzas Militares de Marruecos y por extensión, de España, cuando el colapso ante la sangría de bajas producidas entre los soldados de reemplazo peninsulares en combate y la inquietud suscitada por la rendición de cuentas, más el retorno de las cuotas y la pretendida liberación de los cautivos, espolearon a las gentes a ocupar con determinación los espacios públicos colmados de carácter, para rebelarse por la amplificación de una contienda improductiva.

En entornos tan severos para quienes habrían de luchar lejos de sus casas y plantando cara en la medida de lo más virulento ante un rival duro de vencer, además de inexpugnable e insaciable en inferioridad numérica, pero amo y acreedor de la iniciativa guerrera, la camaradería halló su sitio entre la milicia española y acabó contagiándose como medicina terapéutica.

Esta especie de sociabilidad libertina por momentos, entre unos y otros, se erigió en una garantía de superación en el teatro de operaciones, al igual que la hegemonía tecnológica o la instrucción incontrastable de la descripción del terreno mediante la topografía, para nivelar en la balanza el sostén del espíritu de lucha imprescindible con la patente de la templanza y el atrevimiento, en la que la tropa alardeaba de su cumplimiento y disposición a darlo todo por una causa.

Desde esta visión se encauza el afán por acaparar la atención de la oficialidad en los instantes más peliagudos. Aquí radica la fe impertérrita de un ejército intrépido. O séase, la instantánea espontánea de ese jefe firme y confiado en sí mismo, osado y épico, donde sus soldados lo admiran. Se trata más bien de una hechura susceptible de ser discutida, un patrón con notable carga propagandística en su sesgo divulgativo y predicamento. Mayormente, entre el sentir ultranacionalista.

Sin embargo, en Marruecos se perpetraron abusos de poder, maltratos y violación de derechos. Y ello ayudó a justificar los abandonos y renuncias en los efectivos incorporados localmente entre las cabilas rifeñas y yebalas.

Annual, descompuso y trituró por completo la confianza hasta entonces puesta en los activos indígenas como fuerza de choque. Pues su traición sería uno de los multiplicadores exponenciales en la descomposición que se impuso en las operaciones de retirada. Toda vez, que lo que más tarde quedaría enquistado iba a ser la irracionalidad y el resarcimiento, coligadas en la política de la reparación. Un ejército colonial violentado y desenfrenado, e incluso irrestricto.

La tenacidad bereber envalentonada y excedida en mordacidad frente a una masa de combatientes menos fogueados, hicieron de la guerra un delirio inverosímil: violaciones, mutilaciones y otras barbaries inadmisibles, sin observar lo más mínimo las fórmulas de respeto con el derrotado que enfunda la lucha, para que terminantemente no se acataran los acuerdos implícitos que las potencias decimonónicas concebían dentro de la generosidad entre los contendientes.

En otras palabras: el ansia desmedida de escarmiento tras la hecatombe de Annual, fue el terreno fértil para fundamentar con pelos y señales los peores excesos y desmanes que quedarían documentados para la posteridad.

Con lo cual, tanto el enardecimiento como la agresividad en la batalla, producto de la ilusoria moral elevada, se convirtió en la base principal para que cada hombre ejerciese pertinentemente sus funciones. Gracias a este precedente, la censura hizo de las suyas con la negación de las deserciones y la efervescencia puesta en la disciplina, hasta conquistar el espíritu de lucha envenenado como apelación explícita a la guerra.

Hoy, más de un siglo después, Annual, nos denuncia el deplorable desenlace del dislate que presenció: la defensa a ultranza de un acometimiento cuyas motivaciones pocos descifraban, sin lograr amordazar y aquietar el dolor de quienes para siempre perdieron a sus hijos.

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