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Como el Titanic

Por Rafael Torres
11/04/2012 - 08:12

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Las disposiciones del actual Gobierno se parecen mucho a las que, dictadas por el Ministerio de Comercio británico, regían para la navegación de los buques del Reino Unido en 1912: no se requería que en los mismos hubiera lanchas de salvamento para todos. Así, cuando se hundió el Titanic, hace ahora un siglo, el número de plazas en los botes de evacuación cubrían solo el de los pasajeros de primera y segunda clase, y solo para ellos, al parecer, estaban destinadas. A los de tercera, trabajadores emigrantes que viajaban bajo la línea de flotación del barco en pos de las oportunidades del Nuevo Mundo, les estaba vedada toda posibilidad de salvación: una reja les impedía acceder a la cubierta, donde la orquesta interpretaba valses para tranquilizar a los pasajeros... de primera y segunda. Los escasísimos viajeros de tercera clase que salvaron la vida lo consiguieron arrojándose al mar sarpullido de hielos gigantescos, de donde les recogió, agonizantes de frío, el "Carpathia".
Del mismo modo, ante el actual naufragio de la economía nacional, pero sobre todo de la decencia democrática, el Gobierno del Partido Popular parece decir, con sus recortes y sus "reformas", que no hay botes para todos. Los, tras la reja, que es el miedo, sienten cómo se les anega la vida, cómo menguan sus ingresos, cómo se quedan sin empleo, cómo suben vertiginosamente los precios de todo y los impuestos, cómo el banco les arrebata la casa o los ahorros, son esos pasajeros de tercera que, pese a representar el mayor número y la mayor fuerza productiva de los que viajan en la nave de la nación, son condenados a padecer los peores efectos de la catástrofe. Entre tanto, los pasajeros de primera se alejan en lanchas medio vacías del remolino succionador que deja el barco al hundirse.
Ahora le toca a la Sanidad y a la Educación de los de tercera clase, que ya eran malas y cutres antes de la infausta travesía. No queda, en puridad, apenas nada que recortar de ellas, salvo lo poco que se precisa para convertirlas definitivamente en apaños de Beneficencia. Sálvese, pues, quien pueda, quien tenga medicina y colegio privados, bienes de fortuna, rentas, sinecuras y plaza reservada en el bote salvavidas.

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