La tradicional ceremonia simboliza la conclusión de una de las fiestas más emblemáticas, alegres y coloridas de nuestra ciudad
Como cada vez que se termina una fiesta, una alegría, una tradición, y al igual que ocurre en la canción, algo se muere en el alma. Se fue la caballa, consumida por el fuego que iluminó por momentos el cielo de la Playa de La Ribera, y con su marcha, se puso punto y final al Carnaval 2015 de nuestra ciudad.
El simbólico acto sucedió después de que la comitiva que iba a estar junto a la caballa, alzada en una tarima de madera, se congregara en la propia playa. Así, poco a poco y a cada minuto que se iba ganando al reloj, más personas se acercaban para acompañar a la Caballa en su fatal destino y delicado trance. El número aumentaba, pues. De modo que directamente y a diferencia de otros años, que hubo una ruta, en esta ocasión la Caballa ‘apareció’ directamente sobre la arena mortuoria, donde no sólo tiene cabida la lucha y la muerte gozosa del toro de lidia, sino también la expiración de la Caballa ceutí.
Las personas se iban agolpando sobre una multitud encabezada por las autoridades civiles (la consejera de Educación, Cultura y Mujer, Mabel Deu al frente), e inmersas en los costados, atrás o adelante de la poltrona, iban gozando con las piezas que interpretaban la Banda de Música Ciudad de Ceuta. También en la ceremonia hizo acto de presencia la comparsa vencedora en el COAC, ‘Los que se vienen p’arriba’, cuyos miembros, ataviados claro está de topos, seguían con atención el entierro de la Caballa con una mirada algo melancólica, pues tal vez fueran los ojos de quienes a punto están de regresar a la húmeda oscuridad del subsuelo pero, eso sí, con la satisfacción de haber iluminado la tierra (y sus circunstancias) durante estos días de júbilo.
Niños y mayores, hombres y mujeres, ceutíes y foráneos, se movían de un lado a otro siguiendo con atención el cuerpo de la querida Caballa, fijada sobre la madera, a punto de entrar en el túnel de salida de su vida, una muerte que, ya de antemano, presagiaban las (muy pocas) mujeres ataviadas en riguroso luto. Pero antes de la tristeza, estuvo la alegría, el jolgorio por haber disfrutado de nuestro Carnaval, una fiesta que, acaso por algunas horas, hace imaginar y vivir otras vidas y olvidar las penurias de la real.
La Caballa aparecía ya a punto de ser prendida, algo que acaeció ante la concurrencia, ubicada a pie de playa, acodados sobre la barandilla de la Calle de Independencia, o rozando con los pies la orilla, una multitud de caballas que veían cómo el Carnaval, tan querido y festejado, echaba el telón hasta nuevo aviso, que se oirá allá por el invierno de 2016.








