La desvergüenza del Reino Unido en el caso de la venida de barcos rusos al puerto de Ceuta para avituallamiento y para que sus tripulaciones tengan unos días de descanso raya lo insólito, a pesar de las manifestaciones del primer ministro británico, David Cameron y algunos parlamentarios ingleses. Hablar a los ceutíes de una especie de traición
a la OTAN, desde luego, en esta tierra es para echarse a reír, por no llorar, ya que para nosotros la Organización del Tratado del Atlántico Norte es tan lejana como para los pigmeos la aurora boreal. Cuando esta ciudad y su hermana de Melilla llevan treinta y dos años fuera del paraguas defensivo de la OTAN, a pesar de las explicaciones que hayan querido darnos nuestros políticos durante decenios, que no nos vengan a nosotros a hablar de traiciones, ni de que España tiene un doble lenguaje para abordar los temas con sus aliados. De ahí, que la propia información del periódico Daily Mail señale que el Ministerio de Asuntos Exteriores no ha hecho ninguna declaración a este respecto. Pero el como de esa desvergüenza es cuando intentan volver a comparar la situación de Ceuta y Melilla con la de Gibraltar. Cuando el Reino Unido es el primer consentidor de que la Roca se haya convertido en el paraíso fiscal para el mayor número de negocios negros de la delincuencia europea y mundial, nos van a venir a hablar a los ceutíes de traición. Porque ya que estamos hablando de puertos, más le valía al Reino Unido preocuparse porque en Gibraltar se cumplan las medidas medioambientales de abastecimiento de combustible a los barcos que suministran en bahía, porque ahí en Ceuta, la Autoridad Portuaria si que lleva una política ejemplar.





