“Me llamo Antonio y soy un enfermo alcohólico”. El nombre se puede borrar y sustituir por el de Camilo, o por cualquier otro de los cientos de afectados por los devastadores efectos de la bebida que se han acercado en estos últimos 27 años hasta el Grupo Renacer de Alcohólicos Anónimos en busca de consejo y, sobre todo, de respaldo emocional.
“Damos esperanzas, convencemos de que del túnel se puede salir”, coinciden dos de los miembros de la organización que acumulan décadas de vocación altruista.
El enemigo es fuerte y parece no respetar estratos sociales ni edades. Ambos ponen el dedo en la llaga al citar un caso reciente, el de un joven que con solo 22 años acaba de llamar a sus puertas porque se ha percatado de que el alcohol le estaba ganando la partida. “Verle pone la carne de gallina, porque son muy jóvenes y ya sufren el problema”, reconoce Camilo. Para constatar que es posible sacudirse la adicción e insuflar ánimos, los más de 20 miembros del grupo se reúnen dos veces por semana en el local de la calle Juan de Juanes que sustituyó en 2012 al antiguo de la Iglesia de Los Remedios.
Camilo recuerda el día en el que despertó de la pesadilla. Asumió que tenía un problema cuando sus compañeros y amigos le empujaron para que se colocara en manos de expertos. “Llegué a la reunión y me encontré con alguien que conocía, con quien había compartido bebida, pero yo desconocía que también era enfermo. Me dijo: ‘Te estábamos esperando”. Asume que “cuesta mucho salir”, pero desde aquel 13 de agosto –la fecha la lleva grabada en la mente– han transcurrido 33 años en los que asegura que tan solo ha brindado con agua.
La historia de Antonio acumula casi lo s mismos ingredientes. Rememora cómo con apenas un puñado de años ya frecuentaba bares y bebía, codo con codo, con personas que le doblaban la edad. Pensó que podría dejarlo cuando se echase novia, pero no fue así. “La dejaba en casa y me iba a ponerme a gusto”, reconoce. Y a partir de ahí, dos hijos de los que dice “no haber disfrutado su niñez” y un “toque de fondo” tras tres días de borrachera continua. Era un 8 de enero de 1991, y a sus 46 años dijo “basta”. “Nunca llegaré a pagar a mi familia tanto sufrimiento causado”, se autoinculpa.
Son solo dos historias de superación personal de entre tantas que se acumulan en Alcohólicos Anónimos. Con ayuda, dicen, pasaron un día “de piltrafa a hombre útil”. Y esa transformación personal es la que quieren para el resto de enfermos.






