Espero no ser tachado de fascista, racista o ser acusado de cometer delito de odio; confundir el culo con las témporas o la gimnasia con el magnesio no lleva a nada nuevo y provoca tipos de falacias por las que tenemos que pagar un alto precio.
Esta semana mi perra enfermó. Se me salían las lágrimas al contemplar su mirada triste, su demanda de protección y su complicidad.
Hace dos semanas Andrés, el gato de Pedro Toro, recorrió sus últimos pasos buscándolo después de haber sido agredido. El reguero de sangre fue visto por los vecinos y avisaron a Pedro; lo abrazó, lo llenó de ternura mientras el cuerpo de Andrés descansó en sus brazos.
Ignoro el porqué, en esta etapa de mi vida, he desarrollado tanta empatía y complicidad con los animales: su fidelidad, su lenguaje sin palabras, la capacidad de comunicación mutua que establecen con nosotros.
Cuanto más conozco a los hombres, más quiero a mi perro, le atribuye a Lord Byron. Pero esta historia no va de perros y gatos. Trata de un delfín desorientado que llegó a la playa de el Trampolín. En unas imágenes difundidas en redes sociales se observa a varios migrantes portando y manipulando una cría de delfín. Los testigos y las grabaciones denunciaron que el animal sufrió graves maltratos y golpes hasta causarle la muerte. Las imágenes muestran a los implicados jactándose de haber atrapado al pequeño cetáceo.
Es posible que los denunciantes tuvieran otra prioridad al publicar el hecho y que lo sucedido al delfín fuera secundario; lo fundamental era constatar el comportamiento de los migrantes.
Ante la impotencia e indignación de lo sucedido quiero pensar que “el hecho hubiera sido denunciado de la misma manera sin tener en cuenta de qué personas se trataba” (siempre es positivo el beneficio de la duda).
La asociación DAUBMA presentó una denuncia formal ante la Guardia Civil por la muerte violenta del delfín. ( No por la muerte violenta de un delfín a manos de los migrantes).
Sea quien sea y venga de donde venga el protagonista debe ser el delfín de nuestra historia. Conocer los derechos, deberes normas y costumbres de los pueblos nos compete a todos. Ni la raza, ni el color de piel, ni la situación legal en la que nos encontremos no deben suponer una patente de corso para nadie.
Denunciar el maltrato animal en sí mismo es de lo que se trata.
Ceuta vive momentos convulsos. La convivencia es el cayuco en el que nos podremos salvar.
Como diría Natalia Argüelles, la asturiana, “ en la mina no se queda nada”.
Lo mismo al delfín las sirenas lo llamaron Andrés. Que su muerte nos haga reflexionar sobre muchas cosas. Tal vez demasiadas cosas.






