Ceuta atraviesa uno de esos momentos en los que una sociedad se juega algo más que la seguridad de sus calles. Se juega la confianza entre sus propios vecinos y la capacidad de mantenerse unida cuando llegan tiempos difíciles.
Después de todo lo ocurrido durante esta crisis migratoria, es comprensible que exista cansancio, miedo, indignación y enfado. Los musulmanes españoles de Ceuta también lo vivimos. Tenemos familias, hijos, trabajos y preocupaciones como cualquier otro vecino. También queremos recuperar la normalidad, una frontera controlada y que quien cometa un delito responda ante la Justicia.
Quiero aclarar algo desde el principio. No represento a todos los musulmanes de Ceuta ni pretendo hablar en nombre de todo un colectivo. Hablo desde mi experiencia, desde lo que siento y desde lo que escucho cada día. Y percibo que muchas de estas preocupaciones son compartidas por numerosos musulmanes ceutíes.
Pero tampoco quiero señalar a ninguna comunidad. Durante estas semanas ha habido comportamientos reprobables de personas de distintos ámbitos. También ha habido ciudadanos musulmanes ceutíes que han entrado en provocaciones, han utilizado expresiones inapropiadas o han contribuido a aumentar la tensión.
Hay que decirlo: la intolerancia no tiene religión. La violencia no tiene apellido. No existen los musulmanes, los cristianos, los ceutíes o los inmigrantes como bloques donde todos piensan y actúan igual. Hay personas, y cada persona debe responder por sus actos.
También quiero hacer un inciso sobre una palabra que se utiliza mucho estos días: “invasión”. Muchos ceutíes emplean ese término por la dimensión de las entradas, por la sensación de desbordamiento o por la interpretación geopolítica de lo sucedido. Otros prefieren hablar de crisis migratoria, entrada masiva o presión fronteriza.
Podemos discutir el término y las responsabilidades políticas. Pero hay algo que no debería discutirse: llamar a lo ocurrido “invasión” no convierte a las personas que han entrado en seres humanos sin derechos.
Podemos considerar vulnerada nuestra frontera, exigir firmeza al Estado, reclamar devoluciones cuando legalmente correspondan y pedir garantías para que esto no vuelva a suceder. Pero nada justifica perseguir, humillar, golpear o insultar a alguien por ser inmigrante. Una cosa es defender una frontera y otra deshumanizar a quien la ha cruzado.
Los derechos humanos no desaparecen en una crisis. Precisamente en los momentos difíciles es cuando una sociedad demuestra si realmente cree en ellos.
Y esto nos lleva a una cuestión fundamental. No podemos indignarnos porque un musulmán español de Ceuta sea confundido con un inmigrante y agredido, pero guardar silencio si la persona agredida resulta ser realmente un inmigrante. Sería incoherente.
Una agresión es una agresión. Un insulto racista es un insulto racista. Una persecución es una persecución. El racismo no se vuelve aceptable dependiendo del DNI de la víctima.
Por eso rechazamos tanto las agresiones contra musulmanes ceutíes como las agresiones, persecuciones o humillaciones contra inmigrantes. Y lo mismo debe exigirse en sentido contrario. Ningún inmigrante tiene derecho a amenazar o agredir a un ceutí. Ningún musulmán ceutí. Ningún cristiano. Nadie. La misma ley para todos y la misma dignidad para todos.
Cuando normalizamos que alguien pueda ser señalado porque “parece inmigrante”, el odio termina afectando también a ciudadanos españoles. Hoy alguien puede gritar “vete a tu país” creyendo que habla con un inmigrante. Mañana puede decírselo a un ceutí nacido aquí: a nuestro hijo, a un periodista, a un funcionario, a un policía, a un médico o a cualquier vecino cuyo rostro o apellido no coincida con la imagen que alguien tenga de cómo debe parecer un español.
Pero tampoco debemos rechazar el racismo únicamente porque mañana pueda afectarnos a nosotros. Debemos rechazarlo porque está mal. Los derechos humanos son universales o dejan de tener sentido.
Durante esta crisis también se ha criticado a las barriadas periféricas por dar comida, agua, ropa o refugio a personas inmigrantes. Y aquí debemos hablar sin complejos.
Dar agua a quien tiene sed no significa defender una frontera abierta. Dar comida a un menor no significa apoyar la inmigración irregular. Entregar ropa no significa renunciar a defender Ceuta. Y proteger a niñas menores de edad en situación de vulnerabilidad frente a posibles abusos no debería necesitar explicación política. Eso se llama humanidad.
En distintas barriadas fueron los propios vecinos quienes tuvieron que organizar alimentos, ropa y lugares donde proteger especialmente a mujeres y menores. No porque quisieran sustituir al Estado. Todo lo contrario. Los barrios también están cansados y quieren recuperar su normalidad. Las administraciones deben asumir unas responsabilidades que nunca deberían haber recaído sobre los vecinos.
Pero mientras llegaban las soluciones, delante había seres humanos. Y muchos decidieron no mirar hacia otro lado. Eso no significa apoyar cómo llegaron. Significa saber distinguir entre la política migratoria y la dignidad humana.
También debemos hablar con claridad de los delitos. Entre quienes han entrado en Ceuta hay de todo, como ocurre en cualquier grupo humano. Hay personas vulnerables y también puede haber individuos que roben, amenacen o agredan. Quien delinque debe responder ante la Justicia. Sin excusas.
Pero responde quien delinque. No su nacionalidad. No su religión. No su barrio. Y exactamente igual debe aplicarse a los ceutíes. Si un musulmán amenaza o agrede, responde él, no todos los musulmanes. Si lo hace un cristiano, responde él, no toda una comunidad. Si delinque un inmigrante, responde esa persona, no todos los inmigrantes. Responsabilidad individual, no culpabilidad colectiva.
Por eso el próximo 2 de septiembre puede ser importante para Ceuta. Muchos musulmanes españoles queremos participar. Queremos defender nuestra ciudad, reclamar seguridad, exigir una frontera eficaz y pedir responsabilidades por todo lo ocurrido. Pero queremos hacerlo junto a nuestros vecinos, no enfrentados a ellos.
No queremos una movilización donde se normalicen insultos racistas. No queremos persecuciones ni agresiones contra inmigrantes. No queremos que alguien sea humillado por su aspecto. Tampoco queremos que un musulmán español tenga miedo de participar porque pueda ser confundido con una persona recién llegada. Y tampoco podemos justificar provocaciones procedentes de ciudadanos musulmanes que alimenten todavía más la tensión. Ni unos ni otros.
No se trata de proteger a una comunidad frente a otra. Se trata de proteger unas normas básicas de convivencia para todos.
Los musulmanes españoles de Ceuta tampoco tenemos que elegir entre nuestra religión y nuestro país. Podemos llamarnos Mohamed y sentirnos españoles. Podemos rezar en una mezquita y defender Ceuta. Podemos hablar dariya con nuestras familias y considerar esta tierra nuestra casa. Nuestra condición de musulmanes tampoco convierte a Marruecos en nuestro representante político. Somos ciudadanos españoles.
Y un musulmán ceutí respetado, integrado, comprometido con su ciudad y orgulloso de su ciudadanía española no debilita a Ceuta. La fortalece.
Pero defender nuestra dignidad no puede hacerse ignorando la dignidad de otros. No queremos que se agreda a un ceutí porque alguien lo confunda con un inmigrante. Pero tampoco queremos que se agreda al inmigrante. Y tampoco debemos justificar una agresión porque quien la protagonice sea musulmán, vecino de nuestro barrio o alguien con quien compartamos religión.
Ahí está la coherencia: no señalar comunidades, no justificar a “los nuestros”, no deshumanizar a “los otros”. La ley para quien la incumpla. Protección para quien la necesite. Respeto para todos.
Las crisis pasan. Las cámaras se marcharán. La situación migratoria cambiará. Pero los ceutíes seguiremos aquí. Seguiremos encontrándonos en los colegios, hospitales, comercios, trabajos y barrios.
Por eso la pregunta más importante no es solamente cómo salimos de esta crisis. Es qué Ceuta queremos encontrar cuando haya terminado.
Yo quiero una Ceuta firme, pero justa. Segura, pero humana. Capaz de proteger su frontera sin convertir sus calles en espacios de persecución. Capaz de condenar a quien delinque sin condenar a toda una comunidad.
No hablo en nombre de todos los musulmanes de Ceuta. Hablo en el mío. Pero sé, por lo que escucho cada día, que no soy el único que siente esta preocupación.
Y creo que hay una idea que debería unirnos por encima de religión, origen o ideología: no hay comunidades culpables. Hay conductas que deben condenarse.
No al racismo. No a las agresiones. No a las persecuciones. No a las provocaciones. Vengan de quien vengan.
Defendamos Ceuta, sí. Pero sin romper Ceuta.
Abdelkamil Mohamed Mohamed
Ceuta







Sí, es una invasión.
Que lleguen 100.000 a una ciudad tan pequeña como Ceuta no es una crisis migratoria. Es una invasión en toda regla.
No huyen del hambre, no huyen de la guerra.
Y muchos estáis alargando el problema dandoles de comer y cobijo.
Dejad de blanquear.